Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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Revuelo en el colegio
Esa mañana, el Colegio Joya del Mundo se alborotó con la llegada de Alexio, y detrás de él, sentada en la moto deportiva de la que tanto presumía, iba Sofía.
Todos los estudiantes se pusieron a cuchichear. Unos se burlaban, otros aplaudían y muchos, sobre todo chicas, sentían una envidia descarada. ¿Quién no querría estar cerca del heredero principal de los Santibáñez, la tercera familia más rica del país? Esa familia era dueña de la fundación que sostenía el colegio donde estudiaban, y además tenía hoteles y un montón de propiedades. Y por si fuera poco, Alexio era el capitán del equipo de básquet y el chico más codiciado de la escuela. Lo distante que era solo lo volvía un reto más tentador para las chicas.
A todo eso se sumaba la noticia de la ruptura de su compromiso con Jennifer, hija del mayor accionista del colegio, y el rumor de que la causa era Sofía. La noticia había explotado.
Sofía se bajó de la moto con elegancia, y Alexio la tomó de la mano con delicadeza. En ese momento se cruzaron con Amelia, que también iba hacia el salón.
Amelia apenas les echó una mirada fría y llena de asco a los dos tortolitos. Una pareja perfecta, pensó: una reina del drama, rebosante de envidia y rencor, y un cobarde sin corazón, capaz de arruinar la felicidad de otra persona justo el día en que ella más esperaba ser feliz. No dijo nada y se alejó de la pareja del momento. Lo mejor sería mantenerse lejos de esos dos para siempre.
Al verla marcharse, Sofía sonrió satisfecha por dentro, como si acabara de ganar algo.
—Seguro que Lia me odia todavía más, Alex... —dijo con voz triste.
—No te pongas mal, me tienes a mí para acompañarte —la consoló Alexio.
—Pero tengo miedo, Alex... ¿Y si Jenny y sus amigas vuelven a hacerme bullying? —insistió ella, con los ojos humedecidos.
Alexio le tomó las dos manos.
—No tienes por qué preocuparte. Los demás y yo seguro podremos protegerte de su acoso.
La promesa hizo sonreír de oreja a oreja a Sofía.
—Gracias, Alex. Cuento contigo —dijo, radiante.
Alexio solo asintió brevemente.
Perdóname, Sofi, por usar tu nombre como escudo para librarme de Jenny. Por mi egoísmo, ahora estás en peligro. Te lo prometo: te voy a proteger en serio. Eres una chica buena, de corazón tierno y sincero. No debería costarme mucho enamorarme de verdad de ti.
Amelia, en vez de entrar al salón, se escabulló a la enfermería para dormir un rato. Poco después, la puerta se abrió y entró Jenny, en el mismo estado que ella o peor: tenía los ojos todavía más hinchados. Jenny se tumbó en la camilla de al lado.
—Si quieres dormir, duerme en tu casa. ¿Qué haces aquí? —dijo Jenny con voz ronca.
—Me muero de sueño. ¿Puedes callarte? ¿Y tú qué haces aquí? —saltó Amelia, de mal humor.
—¿Y por qué tan brava? ¿Estás en tus días? No quería ir a clase, y menos con esa serpiente humana ahí.
—¿Y esos ojos? Parece que te picó una abeja —se burló Amelia.
—Cállate. Lloré toda la noche, por eso quedé así.
—¿Llorando por ese cretino? Qué pérdida de tiempo.
—No entiendes, Mel. No tienes idea de cuánto lo quiero. Alex siempre estuvo conmigo desde niños. Imagínate cuando me sentía sola, con mis papás siempre ocupados con sus negocios, él siempre estaba ahí. Hasta que, al empezar la preparatoria, cambió de repente. ¿Acaso hice mal en pedirles a mis papás que nos comprometieran? —se desahogó Jenny, entre sollozos.
—Ay, Jenny, estás obsesionada. Más te vale soltar a ese tipo. Si sigues detrás de él, la que va a salir lastimada eres tú —le aconsejó Amelia.
—No puedo, Mel, lo quiero demasiado. Si no puedo tener a Alex, que tampoco lo tenga nadie —dijo Jenny.
—No digas locuras. Cada día estás más descontrolada. Ser así es justo lo que aleja a Alex.
—Tú no entiendes, Mel, porque nunca te has enamorado a fondo.
—Ni ganas. Estamos en la preparatoria, todavía nos queda mucha vida. No tengo ganas de perder el tiempo en tonterías de amorcitos —respondió Amelia.
—Yo pensaba que te gustaba el bloque de hielo —soltó Jenny, curiosa.
—¿Qué bloque de hielo? ¿Adrián?
—¿Quién más tiene una cara como un témpano del Polo Norte?
—Físicamente es mi tipo, pero no me hace sentir nada. Y menos pienso fijarme en el perrito faldero de Sofía —respondió Amelia, tan campante.
—¿Es tu tipo pero no te gusta? ¿Cómo es eso? —preguntó Jenny, confundida.
—Pues que no siento nada por ese hielo andante, y es imposible que me guste alguien que le tiene el corazón candado a otra. Es buscarse problemas. La vida es corta; ¿para qué complicarla con un amor de una sola mano?