Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Interesante! Renata es Rena...
Con las pruebas de las jugadas sucias de Selena en la mano, Renata salió a toda prisa del bar nocturno. Haber estado tan cerca de Elías la inquietaba cada vez más.
Para colmo, Elías iba al mismo colegio que Joaquín y Leandro.
—Tengo que averiguar yo primero —murmuró, clavándole una mirada afilada al local.
Revisó su reloj. Debía volver a casa cuanto antes: al día siguiente tendría que ponerse otra vez la máscara de chica ingenua en el colegio.
Mañana faltarían justo dos días para la celebración del cumpleaños de la abuela. Tenía que lograr que Camilo y Andrés le pidieran que fuera, pasara lo que pasara.
Abrió su coche y se alejó de la zona.
En lo alto del bar nocturno...
Elías seguía con la vista clavada en el rumbo por donde ella se había ido, con una sonrisa apenas esbozada. Cuando las luces del coche se perdieron, por fin volvió a sentarse.
Sacó el celular que le había dado Camilo, lo encendió y empezó a teclear. Estaba por conectar los datos del teléfono a su laptop cuando entró un mensaje.
Selena: Reeena, ¿cuándo llega tu regalo al país? No es nada, es que me da miedo que se te olvide.
Elías arqueó una ceja. No contestó. Al contrario: desactivó la confirmación de lectura para que Selena no supiera que lo había visto.
—Rena... ¿será la hija de Arturo Salvatierra? —murmuró.
Sabía que los Salvatierra tenían dos hijas, pero no conocía el nombre de ninguna, salvo el de Selena, desde que se había cambiado a su colegio. Y ahora resultaba que andaba metido en los asuntos de esa familia.
Tecleó unas líneas de código y las lanzó hacia el teléfono. Esperó un momento a que los mensajes fueran apareciendo uno a uno.
—Tsk. Parece que tardará un día entero en recuperarse —chasqueó la lengua.
Volvió a mirar el celular hasta que un mensaje lo dejó helado. Apenas llevaba recuperadas dos semanas de conversaciones, y lo que leía le parecía increíble.
—Vaya, vaya... Así que Selena hizo que Rena se fuera del país para que ella pudiera acercarse a los Salvatierra —dijo, sin salir de su asombro.
Le reenvió a Camilo algunos de los mensajes recuperados. Quería ver qué cara ponía al enterarse de que su querida hermanita había sido engañada por Selena.
Selena da miedo de verdad, pensó, con una media sonrisa.
De pronto tenía curiosidad por conocer a Rena. ¿Era de verdad tan inocente, o tan tonta, como para no darse cuenta de que Selena la usaba?
Mientras los mensajes seguían cargándose, escribió el nombre de Rena en el sitio de los Salvatierra que intentaba reventar.
La protección de la familia lo retaba. Además, quería probar si ya era lo bastante bueno para vencer al primogénito de los Salvatierra, el experto en informática.
Apenas pulsó enter, la pantalla de la laptop se tiñó de líneas rojas. Elías sonrió de lado, metió un par de virus y los mandó al centro de datos.
Las manos, tranquilas hasta hacía un instante, ahora volaban sobre el teclado.
Mientras tanto, en otra parte...
Mauricio, que acababa de terminar con sus asuntos de la oficina, se acercó a su computadora, que no dejaba de pitar.
—¡Maldición! ¿Quién se atreve a meterse conmigo? —masculló.
Gruñó de rabia: lo que buscaba ese hacker de porquería eran los datos de su hermanita. Decidido a impedir que ese tipo se hiciera con la información de Renata, lanzó un virus desde su equipo.
Enseguida contraatacó, rastreando los datos y la ubicación de Elías.
Pero Elías se dio cuenta y reforzó la seguridad de sus archivos.
Los dos se defendían y se atacaban con virus a la vez. Mauricio, acostumbrado a ese tipo de ofensivas, mantenía la calma mientras iba trasladando de sitio algunos datos de Renata.
Elías, que ya sufría para aguantar el ritmo, cortó el ataque de golpe en cuanto logró arrancar una foto de lo que había robado.
Clic...
La conexión se cortó. Elías exhaló.
—El joven señor mayor es impresionante de verdad —dijo, admirado.
Aun así, estaba contento: había conseguido lo que quería. Volvió a abrir la laptop y buscó la copia de la foto para verla.
—Ella...
Se quedó callado un momento. Luego se tapó la cara con una mano y soltó una risita. No podía creer lo que estaba pasando.
—Renata es Rena... —se corrigió. Renata no era tan tonta como había pensado; la prueba era que ya estaba en el país.
Y además investigaba a Selena por su cuenta. La curiosidad de Elías llegó al límite.
¿Qué haría Camilo si descubriera que sus dos hermanas pequeñas tenían doble cara?, pensó.
Lo que más le admiraba era que Renata aguantara con tanta paciencia lo que hacía Selena. Ya no veía la hora de que llegara el cumpleaños que celebraría la familia.
Seguro que allí había un espectáculo buenísimo, y quería verlo con sus propios ojos.
—Tengo que terminar de recuperar estos mensajes antes de mañana —dijo con una sonrisa torcida.
En otro lugar...
Mauricio golpeó el escritorio con fuerza.
—¡Maldita sea! —gritó.
Había estado a punto de dar con la ubicación del hacker, pero el virus que le había mandado era tan molesto que terminó perdiéndola.
Y lo que más lo enfurecía era que le habían robado una foto de Renata. Había movido todos los datos con muchísimo cuidado, ¡y aun así se la habían colado!
Respiró hondo para calmarse. Hacía mucho que no libraba una pelea así, porque nadie se atrevía a atacar a la familia Salvatierra.
Pero algo no le cuadraba. El hacker solo buscaba datos de Renata, y bastó una foto para que detuviera el ataque.
¿Será un enemigo de Rena...?, pensó, cada vez más preocupado.
Tomó el celular y buscó el número de Renata. Pulsó el botón de llamada para intentar comunicarse con ella.
Sabía que en los últimos meses su hermana había dejado de contactarlos. Aun así, no podía dejar de preocuparse.
Toc, toc...
Resopló y abrió la puerta. Ver a Selena parada ahí le agrió otra vez el humor.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz plana.
Selena levantó las manos, que sostenían una bandeja de comida.
—Sé que acabas de volver del extranjero, Mauri. Por eso te preparé esto —dijo con una sonrisa.
Mauricio miró la comida de la bandeja.
—Déjala ahí —dijo, señalando la mesa de su cuarto.
Selena asintió y la dejó donde le indicaba.
—¿Todavía necesitas que te ayude en algo? —preguntó, sin rendirse en su intento de hablar con él.
—No. Puedes salir.
Selena salió del cuarto con cara de tristeza. Pero en cuanto la puerta se cerró, su expresión cambió por completo.
Clavó los ojos en la puerta, como si su mirada pudiera atravesar a Mauricio. Se había esforzado al máximo por imitar lo que solía hacer Renata, y aun así él seguía manteniendo las distancias.
Selena sabía mejor que nadie que, para estar segura en la familia Salvatierra, la primera persona a la que tenía que someter era Mauricio.
Por desgracia, casi nunca coincidían, porque él estaba ocupado con la empresa. Y encima se encargaba él solo de todos los asuntos del grupo.
Por eso ponía tanto empeño en acercarse a Mauricio. Pero aún tendría que ser paciente. Ya tenía trazado el plan para que él acabara poniéndose de su lado.
Solo un poco más...