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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:385
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2 - OLVERA DE LA FRONTERA

El camión me dejó en la entrada de Olvera cuando todavía no había salido el sol.

Olvera de la Frontera era blanca. Toda blanca. De cal. Un pueblo colgado de un cerro en Andalucía, con una iglesia enorme arriba y un castillo que parecía vigilarlo todo. A esa hora las calles olían a pan y a humo. Se escuchaban las campanas. Eran las seis de la mañana y ya había mujeres caminando rápido a misa con velo negro en la cabeza. En 1957, en plena dictadura, si no ibas a misa te señalaban. Si ibas, también.

Yo venía descalza. Tenía los pies llenos de tierra y sangre seca. El vestido roto. El pelo suelto. Parecía una loca. Y en un pueblo como Olvera, una mujer sola, joven y sin hombre al lado, era lo peor que podía haber.

Caminé sin saber a dónde ir. No tenía a nadie allí. Pasé por la plaza. Dos guardias civiles me miraron. Bajé la cabeza y apreté el carnet que llevaba en el puño. Todavía decía Zeynep Kaya. Todavía decía de dónde era. Si me paraban, si preguntaban, me devolverían a mi pueblo. Me devolverían con él.

Vi el convento al final de la calle. Era el Convento de Santa Clara de la Cruz. No era grande. Tenía las paredes descascaradas, una puerta de madera vieja y un patio donde se veían limoneros. Se escuchaba a las monjas cantar adentro. Ese canto me hizo llorar por primera vez desde que me fui.

Toqué la puerta. Toqué bajito, con vergüenza.

Me abrió una monja mayor. Flaca, con la espalda un poco encorvada, pero con unos ojos claros que no me tuvieron asco. Era Sor Inés.

- ¿Qué quieres, hija? - me dijo.

No supe qué decir. Había ensayado mil mentiras en el camión. Que era viuda. Que me habían robado. Pero me salió la verdad a medias.

- Trabajo. Solo quiero trabajo. Sé lavar, sé cocinar, sé fregar. No pido dinero. Solo un sitio donde dormir.

Sor Inés me miró de arriba a abajo. Miró mis pies. Miró mis manos que temblaban.

- ¿Cómo te llamas?

Me quedé en silencio un segundo. Zeynep no podía existir más. Zeynep era la que había pegado con una piedra. Zeynep era la que Tomás iba a buscar.

- Ana. Ana Vidal.

Fue el primer nombre que se me vino a la cabeza. Vidal, como mi abuela.

Sor Inés no me creyó. Lo supe porque frunció un poco el ceño. Pero no me dijo nada. Abrió la puerta un poco más.

- Entra. Pero aquí dentro no hay señoritas. Aquí se trabaja. Y se reza.

El patio olía a limones y a ropa limpia colgada. Había una fuente pequeña en el medio y macetas con geranios rojos. Nunca había estado en un sitio tan tranquilo.

Me llevó a la cocina. Era enorme, con ollas de cobre colgadas y una mesa de madera gastada. Me dio un trozo de pan con aceite y agua. Comí como si no hubiera comido en días.

- ¿Tienes familia, Ana?

- No. Murieron en un accidente - mentí.

Sor Inés asintió. Se levantó y trajo unas tijeras viejas.

- Ese pelo te va a traer problemas. Aquí todas lo llevamos corto.

No me preguntó si quería. Me agarró el pelo, que me llegaba por la cintura, y me lo cortó a la altura de la nuca. Mechón por mechón. Caía al suelo de barro. Con cada mechón que caía, sentía que Zeynep se iba un poco más.

Después me dio un vestido gris de novicia, usado, con olor a jabón de lejía.

- Ese carnet que aprietas tanto, quémalo - me dijo de repente, sin mirarme -. Aquí no hace falta. Aquí eres Ana Vidal desde hoy. Si viene alguien preguntando por otra, aquí nunca estuvo.

Saqué mi carnet. El de Zeynep Kaya, con mi foto de hace dos años, cuando todavía sonreía. Lo miré por última vez. Lo doblé y lo tiré al fuego del brasero donde se calentaba el agua. Vi cómo el plástico se arrugaba y mi cara desaparecía.

Esa noche dormí en la bodega. No en una cama. En un colchón de paja entre sacos de patatas y botes de garbanzos. Olía a tierra. Pero tenía una puerta que podía cerrar por dentro. Y nadie podía entrar sin que yo escuchara.

Me acosté vestida de Ana Vidal y me toqué el vientre sin querer. Me dolía un poco. Pensé que era del hambre y del miedo del camino.

No sabía que era otra cosa. No sabía que ya no era solo yo.

Afuera, las campanas de Olvera tocaron a las nueve. En todo el pueblo, las mujeres rezaban el rosario. Yo, por primera vez, recé bajito también. Pero no le pedí perdón a Dios por haberle pegado a Tomás.

Le di gracias por haberme dejado llegar hasta allí.

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