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La CEO y su joven a sueldo

La CEO y su joven a sueldo

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Mujer fuerte/hombre frágil / Completas
Popularitas:319
Nilai: 5
nombre de autor: Pratiwi Devyara

Amanda Louis lo tiene todo: una empresa que levantó desde cero, un ático con vista a toda la ciudad y la absoluta convicción de que el matrimonio es un negocio con pésimas condiciones. A punto de cumplir treinta, no quiere marido, ni suegra, ni cuñadas que le arruinen la vida. Lo único que le falta es un heredero.

Mateo Adrián tiene veintiún años, un físico que corta el aliento, una carrera de actor que no despega, un padrastro enfermo y un prestamista a la puerta. Cuando una poderosa empresaria le ofrece una fortuna para convertirse en el padre de su heredero —sin amor, sin compromisos y con un divorcio pactado después del nacimiento—, la respuesta es un no rotundo. Nadie va a comprarlo ni a utilizarlo como un simple medio para tener un hijo.

Pero las deudas no esperan, y Amanda no está acostumbrada a que le digan que no. Lo que propone es un acuerdo reproductivo disfrazado de matrimonio secreto, regido por cláusulas, fechas límite y una única misión: darle el heredero que necesita.

Sin embargo, ese contrato frío pronto se convierte en un juego peligroso de miradas, celos y noches que ninguno de los dos supo prever. Entre una jefa que jamás pide perdón y un chico que se niega a perder la dignidad, el corazón empieza a cobrar intereses imposibles de pagar.

Y mientras ellos intentan averiguar dónde termina el trato y dónde empieza el amor, el pasado llama a la puerta: un primer amor que regresa, una ex dispuesta a todo, un padre con demasiados secretos y una familia que podría separarlos antes de que se atrevan a decir la verdad.

¿Se puede contratar el amor? Amanda está a punto de descubrir cuánto cuesta.

NovelToon tiene autorización de Pratiwi Devyara para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Todavía tras los pasos de Mateo

—Mateo, ¿hasta cuándo vas a seguir debiendo?

La encargada de la oficina administrativa de la universidad volvió a llamar a Mateo Adrián para cobrarle lo que tenía pendiente. Esta vez no era la misma persona de la otra ocasión.

El muchacho, de veintidós años, no dijo nada. Desde el primer día de retraso ya había agotado todas las excusas posibles, y esta vez de verdad no sabía qué hacer.

—Te doy como máximo hasta el fin de esta semana. Ya no puedo darte más prórrogas —le advirtió la mujer.

—Pero, señora, de veras todavía no puedo pagar.

—Si te sigo dando permisos especiales, ¿cómo quedo con los demás estudiantes? A ver, dime qué otra universidad hace esto. Ninguna, ¿verdad?

Mateo se quedó callado.

—En otras universidades, si el alumno no paga, el sistema le cambia el estatus de activo a baja temporal de forma automática. Solo aquí te tenemos paciencia. Así que, por favor, haz el esfuerzo, ¿sí?

Mateo se limitó a asentir, aunque no tenía ninguna certeza de poder cumplir. Poco después recorría el pasillo dándole vueltas a cómo conseguir dinero cuanto antes.

A los ojos de la universidad, él pertenecía a la clase media: alguien con recursos suficientes, que no calificaba para una beca. La realidad era que la clase media también tenía que pelear por cada cosa que conseguía.

—Mateo.

Alguien se le acercó. Era Roberto, compañero de la misma agencia de talentos, el mismo del que había estado chismeando con Damián y Rodrigo días atrás.

—Hola, bro. ¿Qué pasó? —preguntó Mateo.

Intentó tratarlo con naturalidad, aunque Roberto fuera su rival.

—Hoy en la tarde nos quieren a todos en las oficinas de la agencia. Estela dice que les estuvo llamando a ti, a Damián y a Rodrigo, pero ninguno contestó. Hay un montón de proyectos nuevos y los clientes van a hacer audiciones ahí mismo, en la oficina.

—Ah, bueno. Gracias.

—Bueno, nada más era eso. No vayas a faltar, que es un casting en grande.

—De acuerdo.

Roberto se alejó. Al poco rato llegaron Damián y Rodrigo.

—¿Y ese qué quería? —le preguntó Damián a Mateo, sin quitarle la vista de encima a Roberto, que se iba alejando.

—Vino a pasarnos un recado de Estela: quieren que vayamos a la agencia esta tarde. Hay audiciones.

—Qué raro que nos avise —soltó Rodrigo.

—Bah, lo más seguro es que el tal Roberto quiera presumirnos algo. Ya verás que al final el consentido de Estela, del señor Felipe y del señor Germán va a ser él. Ya sabes cómo son los de arriba cuando se trata de repartir trabajo, tienen sus favoritos. Seguro el que se lo lleva otra vez es ese mocoso —se explayó Damián.

—Pues aunque sea, vamos —propuso Rodrigo—. A lo mejor a algún cliente le interesamos.

—Eso sí. Si no lo intentamos, nunca vamos a saber —añadió Mateo.

—Yo no voy —dijo Damián, sin muchas ganas.

—Anda, bro, vente —insistió Rodrigo—. A lo mejor ahí está nuestra suerte, ¿o no?

—Es cierto, bro. Así vamos todos juntos —lo secundó Mateo.

—No tiene caso. Seguro se lo vuelve a quedar Roberto —repuso Damián, pesimista.

—Tú inténtalo primero —trató de convencerlo Rodrigo.

Damián se quedó pensándolo.

—¡Vamos! —lo apuró Mateo.

—Bueno, ya.

Damián se rindió, y a Mateo y Rodrigo se les iluminó la cara.

—¡Así me gusta! —dijeron casi al mismo tiempo.

Esa tarde los tres se presentaron en las oficinas de Paz Producciones, la agencia que los representaba desde hacía tiempo. Roberto tenía razón: ese día varias productoras estaban haciendo audiciones ahí, y no solo para la gente de la agencia; la convocatoria estaba abierta al público.

—¡Mateo, Damián, Rodrigo!

Estela, de la división de talentos de Paz Producciones, los llamó mientras ellos buscaban a alguien conocido entre el hormiguero de aspirantes que iba y venía.

—¡Aquí estamos!

—¡Vengan!

Estela los llevó a una sala.

—Tengan, primero cámbiense de ropa.

Les entregó tres conjuntos, cada uno a la medida de su estatura y su peso. Al poco rato ya estaban cambiados.

—¿Ya ven? Qué guapos —dijo Estela, mirándolos con admiración. Los tres sonrieron de oreja a oreja.

—Qué raro que Estela se preocupe tanto por nosotros —murmuró Damián.

—Lo de siempre, algo quiere —contestó Rodrigo en voz baja—. Si nos escogen, ella es la que se queda con su tajada de nuestro pago.

—En este casting, todos los muchachos de la agencia tienen que quedar. Ya sea en un comercial, un papel protagónico o uno secundario. Que nadie falle, ¿eh? El evento es en nuestro edificio y tenemos que demostrar que no somos una agencia de pacotilla —les encargó Estela.

—Listo, Estela, cuente con eso —respondió Mateo con una sonrisa.

—Hecho —dijeron Damián y Rodrigo casi a la vez.

—Vayan directo a esas salas. Llévense esto, son sus fichas de datos. Allá se las entregan a quien les toque.

—¿Todavía en papel? —se extrañó Damián.

—Así lo pidieron ellos, ¿qué quieres que te diga? Mucha suerte.

—Gracias.

Estela le dio a cada uno de sus talentos una copia impresa de su ficha.

Poco después salieron y se dirigieron a las salas de audición. Había opciones de sobra: comerciales, telefilmes, películas y hasta concursantes para un reality show.

Mateo, Damián y Rodrigo se presentaron a una convocatoria tras otra. Era como ir de pesca: más valía echar el anzuelo en todas partes, porque así había más probabilidades de que algo picara. Al final pasaron ahí casi todo el día.

Tres días después, la agencia les llamó para avisarles que varios clientes los querían en la segunda ronda de selección.

Dos días más tarde volvieron a citarlos para una prueba de cámara antes de la decisión final. Los tres estaban felices y, por supuesto, no dijeron que no. En cuanto salieron de clases, se fueron corriendo para allá.

Ahí los separaron. A Mateo le pidieron repetir la audición para un comercial de champú, una película y un telefilme. A Damián y a Rodrigo los llamaron para otros comerciales y otra película. Cuando terminaron las pruebas, volvieron a casa a esperar los resultados.

—Mateo, ¿ya te avisaron de lo de las audiciones?

Su madre se lo preguntó una mañana fría. Había llovido desde la noche anterior y todavía caía una llovizna.

Mateo lo entendió de inmediato: su madre necesitaba dinero extra, aunque no se atreviera a decírselo con todas sus letras.

—Todavía no, ma. Pídele a Dios por mí, ¿sí?

Ella esbozó una sonrisa leve, pero sincera.

—Claro que sí, hijo. Siempre lo hago. Anda, a comer.

Mateo sonrió y se puso a devorar su desayuno: arroz frito. Llevaba casi dos meses desayunando lo mismo todos los días, porque era lo único que su madre podía servirle.

El dinero no les alcanzaba y lo que ella ganaba era muy poco. Hacía mucho que a Mateo no le ofrecían trabajo, y su padrastro seguía postrado en una cama de hospital.

Esa mañana se fue a la universidad, y otra vez le preguntaron por el pago. Una vez más se quedó callado, porque no podía asegurar cuándo iba a pagar. Tampoco quería pedir la baja temporal; ya estaba demasiado cerca. Le faltaba muy poco para terminar la carrera.

—Por favor, Mateo. En ninguna otra universidad se usa un sistema tan anticuado como este. Los alumnos tienen la obligación de pagar antes de empezar el siguiente semestre; si no, se les da de baja automáticamente. Tú eres la excepción: se te dio una prórroga por la carta de solicitud que mandaste a finales de las vacaciones pasadas.

Eso fue lo que le dijo uno de los empleados de la oficina administrativa. Palabras que ya había oído antes, una y otra vez, como un disco rayado.

Ese día terminó sus clases de bastante mal humor. La verdad era que el asunto del pago lo tenía atormentado. Si tan solo tuviera dinero ahora mismo..., pensaba.

—Mateo.

De pronto, después de varios días sin dar señales de vida, Liliana volvió a aparecer frente a él. Si no hubiera sido mujer, Mateo ya le habría soltado un puñetazo. Así de harto estaba de los problemas que le llovían y de la gente que, como ella, no lo dejaba en paz.

—Su jefa no escarmienta, ¿eh? —le dijo, conteniendo el enojo a duras penas. Aun así, el fastidio se le notaba en toda la cara.

—Estos últimos días la señora Amanda sí andaba un poquito escarmentada. Pero hoy le volvieron los ánimos —respondió Liliana con toda inocencia—. Vengo a preguntarte por la oferta que te hice aquella vez.

Mateo resopló y echó a andar. Liliana se fue detrás de él.

—¿Entonces qué, Mateo? ¿Te casas sin papeles con mi jefa y la embarazas?

Esta vez Mateo volteó, porque Liliana lo había dicho bastante fuerte. Temía que alguien los oyera y se hiciera una idea equivocada.

—Dígale a su jefa que se busque a otro. No quiero. Todavía tengo dignidad.

—¿Pero por qué? Si el trabajo es de lo más sabroso. Nada más es meterla y sacarla.

—¿Sabroso? Sabrosa tu abuela.

—Mi abuela vive en el pueblo.

—Me da igual.

—Di que sí, Mateo.

—Ya le dije que no, y es no.

Esta vez casi le gritó.

—Piénsalo bien. Si estás con mi jefa, vas a tener dinero de sobra. Ya no tendrás que romperte la cabeza con la matrícula atrasada ni con las deudas de tus papás, que son un montón. Todo quedaría saldado en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora sí, Mateo perdió los estribos. Volvió a detenerse, se dio la vuelta y se acercó a Liliana.

—Escúcheme bien, Liliana. Usted y su jefa ya se metieron demasiado en mi vida privada. Así que le pido que pare. ¡Ya! Que dejen de perseguirme y de andar husmeando en mi vida. Mis estudios y las deudas de mis papás no son asunto de ella. ¿Entendió?

—Pero, Mateo, piensa en todo lo que ganarías.

—¡Aaargh!

—Podrías vivir como se debe.

En ese momento le sonó el celular. Era Estela.

—¿Mateo?

—Sí, Estela.

—Damián, Rodrigo y tú pasaron la prueba de cámara. Vente a la oficina en cuanto puedas, ¿sí?

—¿En serio, Estela? —Mateo no lo podía creer.

—En serio, Mateo. Tú prepárate. Te esperamos hasta las ocho de la noche. Y ponte algo elegante, ¿sí?

—Sí, Estela, claro. ¡Muchas gracias!

A Mateo se le iluminó la cara.

—De nada —contestó Estela, y colgó.

—¿Entonces, Mateo? —insistió Liliana.

—No —sentenció él.

—El premio no está nada mal, ¿eh? —Liliana no se rendía.

—En unos días voy a tener dinero otra vez y no necesito el de su jefa. Así que deje de molestarme, ¿quedó claro?

La dejó ahí plantada. Esta vez paró un taxi para que Liliana no pudiera seguirlo.

—Arranque, por favor.

—¿A dónde, joven?

—A la calle Perla, número tres.

Primero pasó a su casa a cambiarse y después se fue a las oficinas de Paz Producciones. Ahí lo presentaron con los clientes y firmó el contrato.

Durante los días siguientes hizo las lecturas de guion y las grabaciones. Lo eligieron para el papel coprotagónico de una película romántica. Al principio había creído que el protagónico sería suyo, pero al final se lo quedó Roberto.

A Mateo le dolió un poco, porque sentía que los dos tenían el mismo talento. La diferencia era que, tanto para la agencia como para los clientes, Roberto era más guapo por su piel clara y ese aire de galán coreano. Por eso la suerte siempre le sonreía más a él.

Mateo también era muy atractivo, pero para la agencia y los clientes Roberto lucía mejor frente a la cámara. Mateo tenía la piel algo bronceada, y el mercado andaba loco por los galanes coreanos. Siempre había odiado eso, pero en ese momento necesitaba mucho dinero.

No le parecía sensato desperdiciar la oportunidad, aunque no fuera el protagonista. Así que aceptó sin más. Además, había conseguido dos comerciales y un telefilme.

Lo que le pagarían por esos cuatro trabajos, sumado, le alcanzaba para cubrir la matrícula, ayudar a su madre a abonar a las deudas y costear el tratamiento de su padrastro.

Mateo negoció que le pagaran por adelantado y los clientes aceptaron. Grabó con el corazón tranquilo, porque ya tenía el dinero en la mano.

Terminadas las grabaciones, que le llevaron varios días, Mateo decidió ir a ver a su novia, Mireya. Hacía mucho que no la invitaba a salir, porque últimamente no le alcanzaba el dinero.

Además, no podía llevar a una muchacha tan bonita como Mireya a comer en un puesto callejero; seguro que ella no habría querido. Pero hoy tenía con qué darle un gusto.

Recorrió la Facultad de Ciencias de la Comunicación sin avisarle, porque quería darle una sorpresa. Llevaba en la mano un ramo de rosas rojas importadas, las favoritas de Mireya.

Sabía dónde solía sentarse con sus amigas, así que fue directo hacia allá. Al oír la voz de Mireya detrás de una pared, sonrió y apuró el paso.

Entonces fue como si un rayo le partiera el pecho. Su novia estaba colgada del hombro de otro hombre. Y lo que más le dolió fue que ese hombre no era otro que Roberto.

De golpe se le aflojó todo el cuerpo y el ramo se le resbaló de las manos. Con las pocas fuerzas que le quedaban, dio media vuelta y se alejó despacio de ahí.

Llamó a Damián y a Rodrigo para contarles. Sus amigos se pusieron furiosos con Roberto e intentaron calmarlo.

Poco después volvieron a llamarlo a la oficina administrativa: tenía tres días para liquidar el pago.

Mateo respondió que podía pagar ese mismo día. Fue de inmediato al cajero a sacar el dinero, pero apenas llegó frente a la máquina, recibió una llamada de su casa.

Se fue corriendo. Al llegar encontró a su madre acorralada por el prestamista, que la intimidaba a gritos. Furioso, Mateo terminó entregándole todo lo que le habían pagado para cubrir el capital de la deuda.

Y apenas se había resuelto eso, llamaron del hospital: su padrastro necesitaba con urgencia un tratamiento más serio, porque ya presentaba varias complicaciones.

Mateo no sabía cómo hacerle frente a todo aquello. Para colmo, solo le quedaban treinta dólares. ¿Qué iba a hacer con eso?

Ni siquiera tenía a quién pedirle prestado, porque ya no le quedaba nada que ofrecer como garantía. Lo único que tenían era la casa, y su padrastro se aferraba a ella: era lo último que les quedaba.

Mateo se quedó inmóvil junto a la sala de terapia intensiva, viendo cómo su padrastro empeoraba cada vez más. Se exprimía el cerebro pensando qué más podía hacer para conseguir dinero y pagar el tratamiento. Estaba completamente perdido. Era como si todas las salidas se le hubieran cerrado de golpe.

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