Durante seis años, Renata amó en silencio a Dante Alcázar, el magnate más frío y codiciado de la ciudad… y durante seis años él la trató como a un mueble caro dentro de su mansión. La noche de su aniversario, Renata muere salvándolo de un auto que se lanzó contra él. Su último pensamiento es una promesa: "En otra vida, me apartaré para que seas feliz".
Entonces abre los ojos. Tiene veintidós años otra vez. Faltan seis años para esa boda que la destruyó, y el destino acaba de regalarle algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Esta vez, Renata no piensa perseguir a nadie. Va a dejar que Dante se quede con su amor de juventud. Va a salvar a las dos amigas que el futuro condenó a la tragedia. Va a levantar su propio imperio con secretos que solo ella conoce. Y va a cobrarles, una a una, cada humillación a la familia que la vendió como moneda de cambio.
Hay un solo problema en su plan perfecto: el hombre de hielo que la ignoró en su primera vida ahora no puede apartar los ojos de ella. Cuanto más se aleja Renata, más la persigue Dante… como si él también recordara algo que jamás debería recordar.
¿Y si la segunda oportunidad no era para huir del amor, sino para hacerlo bien?
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Capítulo 17
Al mediodía, a la hora del descanso, el ambiente en el corredor junto al jardín de la facultad estaba bastante tranquilo. Renata acababa de salir de su clase cuando la figura de Bianca apareció de pronto ante ella. Bianca caminaba con paso vacilante, menos altiva que de costumbre.
—Rena —la llamó en voz baja.
Renata detuvo el paso y volvió la cabeza, impasible.
—¿Sí? ¿Qué pasa?
Bianca se retorcía las manos, con los ojos fijos en la muñeca izquierda de Renata, todavía envuelta en una gruesa gasa.
—Yo... quería pedirte disculpas por lo que pasó ayer en la cafetería. Por mi pelea con esa del comité, tu mano terminó con una quemadura grave por el caldo hirviendo. Me siento muy culpable de verdad.
Al oír aquello, Renata se quedó un instante perpleja antes de que una sonrisa amarga se le dibujara en los labios. Contempló a Bianca con una expresión de extrañeza imposible de descifrar. En su vida anterior, Bianca ni siquiera la miraba de reojo, mucho menos le pedía perdón.
—¿Por qué justo ahora? —dijo Renata en voz baja, con un tono que sonaba muy sereno pero que escocía—. ¿Acaso apenas te das cuenta de que tu ego de ayer casi sacrifica a otra persona?
Bianca se sobresaltó, el rostro enrojecido de vergüenza y a la vez herido por la franqueza de Renata. Pero antes de que alcanzara a replicar, el sonido de unos pasos firmes se acercó por detrás.
—Bianca.
Era la voz de Dante. El hombre se aproximaba con su aura dominante y gélida. En cuanto vio a su amada, la tensión de su rostro se ablandó un poco. Bianca, al notar la presencia de Dante, se giró de inmediato y sin dudarlo se lanzó a sus brazos, enroscándole las manos en la cintura como si buscara refugio.
—Dante... —gimoteó Bianca, melosa.
Dante le devolvió el abrazo con suavidad y luego le acarició el hombro con dulzura. Al presenciar aquella escena tierna justo delante de sus ojos, el corazón de Renata volvió a desplomarse. Un dolor densísimo le golpeó el pecho, como si una herida vieja, aún sin cicatrizar, se viera obligada a abrirse de nuevo. Pero Renata cerró el puño derecho con fuerza y respiró hondo para contener aquella emoción. Aguanta, Rena. Ya no eres nadie en su vida, se susurró con entereza.
Fue entonces cuando Renata se dio cuenta de que Dante no había venido solo. Detrás de él estaba Iván, con su traje formal, la mirada clavada al frente y una expresión de lo más plana y fría.
Dante deshizo el abrazo con Bianca y volvió la cabeza hacia su hermano.
—Bianca, te presento: este es Iván. Mi hermano, que acaba de volver del extranjero anoche —dijo Dante con tono formal, presentando a su hermano.
Al oír las palabras de Dante, Renata frunció el ceño profundamente. Una extrañeza enorme le asaltó la mente.
—Hola, Iván. Soy Bianca, me alegra por fin conocerte en persona —dijo Bianca con una sonrisa dulce y cortés, tendiéndole la mano como si fuera la primera vez que veía a aquel hombre.
Iván aceptó la mano de Bianca con un asentimiento rígido de cabeza.
—Iván —respondió, breve y formal.
Renata quedó petrificada en su sitio. Sus ojos iban de Bianca a Iván con una expresión de incredulidad. La actuación de los dos era realmente perfecta, como si la escena del abrazo apasionado y lleno de añoranza en aquel rincón solitario del corredor por la mañana no hubiera ocurrido jamás. ¿Por qué tenían que fingir ser desconocidos delante de Dante?
La fuerte sospecha impidió a Renata quedarse callada. Se negaba a permitir que engañaran a Dante ante sus propios ojos.
—¿No estaban juntos esta mañana? —soltó Renata de repente, con una voz clara que rompió el silencio entre ellos.
¡Pum!
La pregunta franca de Renata congeló al instante la atmósfera a su alrededor. Bianca e Iván se quedaron mudos del susto. Los movimientos de sus manos, que acababan de soltarse, se veían rígidos, y el brillo de sus ojos delató un pánico enorme durante unos segundos, antes de que lograran recomponerse.
Dante, al oír las palabras de Renata, giró la cabeza de golpe y miró a Bianca y a Iván alternativamente, con el ceño profundamente fruncido.
—¿Juntos? ¿Qué quieres decir? —le preguntó a Renata, aunque sus ojos exigían una respuesta a su hermano.
Iván, con un control emocional más maduro, carraspeó por lo bajo para disolver la tensión. Su rostro frío volvió a serenarse mientras hilvanaba una excusa a toda velocidad.
—Ah, esta estudiante quizá se refiere a lo que pasó cerca del estacionamiento esta mañana —mintió Iván con una voz de lo más plana y convincente—. Al bajar del auto, me crucé por casualidad con Bianca, que iba con prisa. Como todavía no sabía el camino a la oficina del decanato, la detuve un momento para preguntarle la dirección. Tal vez ella nos vio entonces y creyó que ya nos conocíamos.
Bianca asintió rápidamente, poniendo cara de inocente para respaldar la mentira de Iván.
—Sí, es verdad, Dante. Esta mañana había un hombre de traje que me preguntó cómo llegar al decanato; no caí en que era el Iván del que me hablabas. Por eso, cuando ahora nos presentaste formalmente, recién me di cuenta —remató Bianca con una risita forzada.
Dante se quedó callado un momento, escrutando el rostro de su hermano y el de Bianca. Aunque la excusa de Iván sonaba lógica, su instinto percibía algo raro; sin embargo, prefirió no alargar el asunto en un lugar público.
Mientras tanto, Renata, al oír la excusa falsa de Iván, solo pudo sonreír con sarcasmo por dentro. Sabía muy bien que lo que había visto esa mañana no era un simple desconocido preguntando una dirección. Un abrazo tan estrecho como aquel era imposible entre dos personas que no se conocían. Renata observaba a Iván y a Bianca con una mirada afilada, consciente de que había un secreto enorme y peligroso que ambos ocultaban a Dante.