Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
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día 3
Hoy me levanté antes de que saliera el sol. No dormí nada, igual que ayer. En cuanto cerré los ojos, volvía a aparecer él: su sonrisa, la forma en que me miró aquel primer día, incluso el sabor de esa torta que me dio y que todavía parece quedarse en mi boca. Me repetí una y otra vez mientras me vestía: No pienses en él, Fabricio. No eres así, no tienes por qué estarlo. Es solo una confusión, pronto se te pasará. Pero por más que lo decía, algo en mi pecho no me creía.
Bajé a desayunar en silencio. Mi madre me sirvió el café y el pan, preguntó si me sentía bien, si en la nueva escuela todo seguía marchando mejor que en las anteriores. Asentí con la cabeza, no me atreví a decirle nada de lo que llevo dentro; si ya creen que soy el hijo que siempre les trae complicaciones, ¿qué pensarían si supieran lo que siento? Mi padre salía en ese momento para su turno en el hospital, con su uniforme desgastado y esa cara cansada que ya lleva grabada desde hace años. Me dio una palmada en el hombro, me dijo: “Esfuérzate, hijo, que aquí estamos saliendo adelante como podemos”. Y esas palabras me dolieron más de lo que esperaba: me hicieron recordar la mentira de Brayan, y sentí que estaba engañando también a ellos, sin quererlo.
Salí de casa y caminé más despacio de lo normal. Esperaba encontrarme con Brayan, como los días anteriores, pero no apareció de inmediato. Al llegar a la entrada de la escuela, vi un grupo de chicos reunidos y, entre todos ellos, lo reconocí al instante. Era Esteban.
El corazón me dio un vuelco que casi me deja sin aire. Por fin lo veía de nuevo. Iba con el otro uniforme, más elegante que el nuestro, y hablaba con voz tranquila, sin alzarla nunca, como si nada lo perturbara. Me quedé quieto, escondido detrás de un pilar, mirándolo sin poder apartar la vista. Quería acercarme, quería saludarle, quería saber si se acordaba de mí… pero justo en ese momento apareció ella.
Una chica de su misma edad, de cabello largo y una sonrisa muy alegre, se acercó por detrás, le abrazó el brazo y apoyó la cabeza en su hombro. Él se volvió hacia ella y le devolvió la sonrisa con tanta ternura que a mí se me encogió el estómago. Le tomó la mano entre las suyas y caminaron juntos hacia el patio, hablando bajito, como si no hubiera nadie más alrededor.
Ahí me quedé paralizado. No hacía falta que nadie me dijera nada. Esa forma de mirarse, de estar tan cerca, de que ella le perteneciera de esa manera… era evidente: era su novia.
Sentí que me faltaba el aire, como si alguien hubiera apretado mi pecho con fuerza. Una sensación amarga me subió por la garganta, mezcla de decepción, dolor y vergüenza. ¿Qué estaba esperando yo? ¿Que un chico como él, tan tranquilo, tan amable, se fijara en alguien como yo? Alguien que cambia de escuela cada rato, que siempre es el blanco de las burlas, que ni siquiera tiene la valentía de decir quién es en realidad.
—¿En qué te quedas parado ahí como estatua? —escuché de pronto la voz de Brayan detrás de mí.
Me sobresalté y traté de ocultar lo que acababa de ver, limpiándome rápido una lágrima que se me había escapado sin querer. Brayan siguió mi mirada y, al ver a Esteban y a la chica, soltó una risa burlona:
—Ah, ya lo viste. Es Esteban, del tercer año. La que está con él es Lucía, andan juntos desde el año pasado. Son de los más conocidos aquí, ¿no te dije que él no era de nuestro salón?
Sentí que cada palabra que decía me daba un golpe más. Quise preguntar algo más, saber si eran felices, si se querían, pero me quedé callado. ¿Para qué? Ya tenía la respuesta frente a mis ojos.
Entramos a clases y, durante toda la mañana, mi mente no pudo concentrarse en nada. En cada recreo, sin querer, mis ojos buscaban la misma escena: ellos dos caminando juntos, compartiendo algo de comer, riéndose de cualquier cosa pequeña. Y cada vez que los veía, sentía que una parte de mí se apagaba un poco más.
En el receso, Brayan me llevó otra vez a la cooperativa. Otra vez pidió esa misma torta, la que a mí me gustaba, la que me dio Esteban el primer día. Esta vez no quise probarla. Me daba la impresión de que, si la comía, estaría fingiendo algo que ya no tenía sentido.
Más tarde, llegaron los nuevos amigos que habíamos hecho ayer. Volvieron a preguntar por mi familia, y antes de que yo pudiera abrir la boca, Brayan volvió a hablar:
—Su papá está de viaje por negocios, su mamá está en la ciudad gestionando unos asuntos legales…
Y todos asintieron, interesados, mirándome con respeto. Yo bajé la vista hacia mis zapatos viejos y desgastados, hacia mis manos que no tenían nada de lujoso, y sentí asco de mí mismo. Estaba perdiéndome en una mentira solo para que no me dejaran solo, y al mismo tiempo, descubría que el único sentimiento que había logrado despertar en mucho tiempo no tenía ninguna posibilidad, ninguna salida, ninguna esperanza.
Caminé a casa con Brayan al final de la jornada, pero esta vez no hablamos casi nada. Yo iba pensando: ¿qué me queda ahora? Si ya no puedo soñar con que algo cambie respecto a Esteban, si ya sé que él tiene su vida y su amor, ¿qué me queda a mí? Solo esta sensación de estar vacío, de ser alguien que no encaja ni en su propia casa, ni en ninguna escuela, ni siquiera en su propio cuerpo.
Llegué a mi cuarto y me tiré sobre la cama, mirando al techo. Ya no me digo “no soy gay” con tanta convicción. Ahora me digo “¿y aunque lo fuera, qué importa? Nunca tendría lo que quiero, ni siquiera la libertad de ser quien soy”. Si me gustara una chica, tal vez también sería un problema, pero al menos sería algo que la sociedad, mi familia, todos podrían entender. Esto… esto es solo un peso que llevo yo solo, que nadie más puede cargar ni entender.
Saqué la torta que todavía estaba en mi mochila y la tiré al bote de basura. No quería tener nada que me recordara lo que no puede ser. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, mojando las sábanas, mojando este cuaderno donde escribo todo lo que no me atrevo a decir en voz alta.
Hoy no solo vi a Esteban; vi también la barrera enorme que nos separa: su vida tranquila, su novia, su lugar en el mundo… y yo, que sigo corriendo de un lado a otro, sin casa fija en las escuelas, sin verdad en lo que digo, sin esperanza en lo que siento.
¿Cuánto tiempo podré seguir así? ¿Hasta cuándo fingiré que todo está bien, que no me duele, que no me rompo por dentro cada día un poquito más?
No lo sé. Solo sé que la oscuridad de mi cuarto hoy me parece más acogedora que cualquier luz que pueda haber afuera.