Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 3: Tacones en la Pasarela
El sonido rítmico, firme y acompasado de unos tacones de aguja resonaba contra el suelo de madera pulida del taller de alta costura de Scarlett Sinclair. Era un eco que todo su equipo asociaba de inmediato con la perfección, la exigencia y un talento descomunal. Scarlett, con su escaso metro sesenta de estatura, jamás permitía que su presencia pasara desapercibida en ninguna habitación. Sus zapatos de diseñador no eran un simple accesorio de vanidad; eran su armadura diaria, los centímetros extra que la ponían al nivel de una industria feroz y competitiva, y la declaración absoluta de que pisaba con una fuerza imparable.
En ese momento, el taller era un caos controlado de telas de seda, encajes franceses y maniquíes de costura. El sol de la mañana entraba a raudales por los enormes ventanales de estilo industrial de la nave de diseño en el Soho, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Scarlett se encontraba de pie frente a su última creación, un vestido de noche en un tono azul medianoche que parecía absorber la luz. Tenía una cinta métrica colgada alrededor del cuello, un alfiletero de terciopelo ajustado a la muñeca y unos anteojos de lectura descansando sobre el puente de su nariz, los cuales no lograban restar un ápice de belleza a sus ojos claros. Su cabello rubio estaba recogido en un moño alto y ligeramente desenfadado, dejando libres unos pocos mechones que enmarcaban su rostro de facciones delicadas pero decididas.
—El corte de la caída todavía no es el correcto, tómalo un centímetro más arriba en la cadera —ordenó Scarlett, sin quitar la vista de la tela. Su voz era dulce, pero poseía una seguridad musical que no admitía réplicas.
—Si ajustamos más ese ángulo, Scarlett, el tejido podría tensarse demasiado al caminar —comentó con cautela una de sus costureras principales, sosteniendo las tijeras con respeto.
—No si usamos el sesgo natural de la seda —replicó ella, agachándose con agilidad sobre sus tacones altos para ajustar un alfiler con precisión milimétrica—. La moda no se trata de obligar al cuerpo a adaptarse a la tela, sino de hacer que la tela adore la silueta de quien la lleva. Quiero que este vestido se mueva como agua. Inténtalo de nuevo, por favor.
La empleada asintió y se puso a trabajar de inmediato. Scarlett se enderezó, retirándose los anteojos con una mano y frotándose el puente de la nariz con un ligero suspiro de cansancio. Sinclair Alta Costura era una marca codiciada, un sello de renombre que vestía a actrices en las alfombras rojas y a la alta sociedad neoyorquina. Sus diseños eran sinónimo de una elegancia pulcra, sofisticada y atemporal. Sin embargo, Scarlett no se conformaba con ser el secreto mejor guardado de una élite exclusiva.
Ella tenía una visión mucho más grande y ambiciosa. Quería democratizar su arte. Su sueño era expandir su marca a un nivel masivo, llegar a los escaparates de las principales avenidas comerciales del mundo y vestir a mujeres reales que caminaran por la calle a diario, pero sin perder jamás un solo gramo de la elegancia y la calidad que la caracterizaban. El problema de la producción a gran escala siempre había sido la pérdida de identidad y de control sobre los detalles, algo a lo que Scarlett se negaba rotundamente a ceder. Necesitaba el socio adecuado, la infraestructura perfecta que pudiera sostener su creatividad sin asfixiarla.
Caminó hacia su escritorio de cristal, donde descansaba una taza de café ya fría y una pila de bocetos listos para ser archivados. En ese instante, su asistente personal, una joven llamada de una eficiencia impecable, entró a la oficina sosteniendo una carpeta de cuero oscuro con el membrete grabado en letras doradas.
—Scarlett, acaba de llegar esto por mensajería privada. Es una propuesta formal y de carácter urgente —anunció la asistente, extendiéndole el documento con una expresión que mezclaba la sorpresa con la emoción—. Viene directamente de las oficinas centrales de Sterling Textiles.
Al escuchar ese nombre, Scarlett se congeló por una fracción de segundo. Sterling.
Tomó la carpeta de cuero y se sentó en su silla giratoria, cruzando una pierna con elegancia. Abrió el documento y sus ojos claros repasaron rápidamente las líneas impresas en papel de alto gramaje. La propuesta era clara, directa y asombrosamente ambiciosa: la prestigiosa firma Sterling deseaba asociarse con Sinclair para lanzar una línea exclusiva de alta costura inclusiva, combinando la masiva capacidad de distribución y manufactura de su imperio con el diseño vanguardista y sofisticado de Scarlett. Era la oportunidad exacta que había estado buscando para dar el salto definitivo al mercado global.
Sin embargo, el trato venía con una advertencia implícita en el nombre del remitente: Dominic Sterling.
Scarlett conocía perfectamente la reputación de ese hombre, a pesar de que sus caminos nunca se habían cruzado en persona. En los círculos empresariales de Nueva York, Dominic era descrito como un gigante de hielo, un tiburón de los negocios calculador, serio y respetado por igual, que manejaba su compañía con una mano de hierro despiadada. Se decía que no tenía piedad con las debilidades de los demás, que rara vez sonreía y que su mirada oscura era capaz de congelar las intenciones de cualquiera en una mesa de negociaciones. Trabajar con él significaba entrar en un terreno donde el control absoluto lo tenía él.
Cerró la carpeta de golpe, provocando un sonido seco que hizo que su asistente diera un paso atrás. Scarlett se quedó un momento en silencio, mirando la portada de cuero oscuro. Un destello de determinación y picardía cruzó por sus ojos claros. Muchos diseñadores se habrían sentido intimidados ante la idea de enfrentarse al temperamento del imponente Dominic Sterling, pero Scarlett Sinclair no era una mujer común. Ella se había abierto camino en esa industria a base de puro talento, carácter y esfuerzo. El miedo no formaba parte de su vocabulario, y mucho menos ante un hombre que se creía el dueño del mundo.
—¿Quieres que programe una llamada para rechazarla amablemente? —preguntó la asistente, asumiendo que la fama de Sterling habría sido suficiente para ahuyentarla.
—¿Rechazarla? —Scarlett soltó una pequeña risa, una melodía ligera que llenó el espacio mientras se ponía de pie, irguiéndose sobre sus tacones altos con toda la dignidad que poseía—. Absolutamente no. Llama a sus oficinas de inmediato y diles que acepto la reunión para presentar los bocetos preliminares.
Se caminó hacia el espejo de cuerpo entero que dominaba la esquina de su oficina, acomodándose un mechón rebelde de su cabello rubio. Sabía perfectamente que Dominic Sterling sería un hombre difícil de manejar, un hueso duro de roer que intentaría imponer sus reglas desde el primer segundo. Pero ella estaba más que lista para el reto. Si ese gigante de los negocios creía que podría doblegar su visión artística, estaba a punto de descubrir que las mejores esencias venían en frascos pequeños y que Scarlett Sinclair pisaba con demasiada fuerza como para dejarse pisar por nadie.
—Es hora de ver de qué está hecho realmente ese imperio —susurró para sí misma, con una sonrisa decidida reflejada en el cristal.