Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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un abismo entre los dos
El ambiente en la habitación de Ji-hoon se había vuelto tan denso que parecía imposible de respirar. Con un movimiento brusco, él cruzó el espacio en dos zancadas y le arrebató la revista de las manos, dejando que el cartón chocara contra el escritorio con un ruido seco.
—¿Quién te dio permiso para entrar aquí? —bramó él, su voz era una mezcla de humillación y una ira que apenas podía contener—. ¡Sal de mi cuarto, ahora mismo, Hana!
Hana no esperó una segunda orden; sus manos temblaban y el rostro le ardía de pura vergüenza. Salió corriendo hacia su propia habitación, cerró la puerta con llave y se desplomó contra ella, dejando que las primeras lágrimas calientes comenzaran a surcar sus mejillas. Se sentía como una intrusa, una niña estúpida atrapada en un juego de adultos que no comprendía.
Pasó un tiempo indefinido, sumida en el silencio de su cuarto, hasta que unos golpes suaves y medidos resonaron en su puerta.
—Hana... ábreme —la voz de Ji-hoon era ahora un murmullo bajo, desprovisto de la agresividad de hace un momento.
Ella abrió la puerta con cautela. Ji-hoon estaba allí, luciendo ahora una camiseta limpia, pero con el rastro de la culpa grabada en su ceño. Al ver los ojos verdes de Hana, anegados en lágrimas y cargados de una confusión infantil, algo se quebró dentro de él. La ira que sentía por la invasión de su privacidad fue reemplazada instantáneamente por una punzada punzante de remordimiento.
—No debí gritarte así —admitió él, entrando en la habitación y acortando la distancia entre ambos hasta que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Hana lo miró fijamente, con la respiración entrecortada, y decidió ser directa, armándose de un valor que ni siquiera sabía que poseía.
—¿Te gustan esas mujeres? ¿Las de las revistas? —preguntó ella, con la voz apenas como un hilo, sin apartar la mirada de sus ojos azules que empezaban a tornarse oscuros bajo su escrutinio. —¿Qué haces con ellas? —insistió, esperando una respuesta que le explicara el vacío que sentía en el estómago.
Ji-hoon sintió cómo el calor le subía por el cuello, tiñéndole las orejas de un rojo intenso. Desvió la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la honestidad implícita en la pregunta de su hermanastra.
—Eso... no es algo de lo que debamos hablar, Hana. Son cosas de mi edad, de mi privacidad —respondió él, evitando deliberadamente el uso que le daba a aquel material. Tras un silencio incómodo, simplemente añadió un susurro de perdón y salió de la habitación, dejando a Hana sola con sus preguntas sin respuesta.
Necesitando calmar el incendio que sentía en su piel, Hana se dirigió al baño. El agua caliente caía sobre sus hombros, recorriendo su espalda y deshaciendo la tensión muscular de un día interminable. Mientras el vapor llenaba la estancia, su mente no podía dejar de proyectar las imágenes que había visto en la revista: la piel tersa, las posturas, la extraña mezcla de fascinación y repulsión que le generaban.
Sus manos, casi por instinto, recorrieron su propio cuerpo bajo la caricia del agua. Al rozar un punto sensible, su respiración se aceleró y un jadeo involuntario escapó de sus labios, sorprendiéndola tanto que se quedó paralizada por un instante. La vergüenza le recorrió el cuerpo, haciendo que terminara su baño precipitadamente.
Ya en su habitación, se metió entre las sábanas, pero el sueño le resultaba esquivo. Sus pensamientos estaban atrapados en el misterio de su hermano, en la extraña sensación que había descubierto en la ducha y en las imágenes prohibidas que ahora, más que nunca, se sentían como un secreto compartido que la perseguía en la oscuridad de la noche.