Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 3
Capítulo 3: Sé mi médica
A las nueve en punto, Renata abrió la puerta de su consultorio prestado en el Hospital Santa Elena y se encontró a Max sentado en su silla, detrás de su escritorio, como si el lugar entero le perteneciera. Otra vez esa pose.
—Llega tarde, doctora.
—Llego a tiempo. Está usted en mi silla.
Max no se movió. En cambio, giró el monitor de la computadora hacia ella con un dedo.
El protector de pantalla había cambiado. Ya no era el logotipo aburrido del hospital. Era la foto. Los dos, su boca contra la de él, en la penumbra de aquel salón. Ampliada, nítida, imposible de ignorar.
A Renata se le subió el calor a la cara.
—¿Cómo entró a mi equipo?
—Tengo gente para eso. —Por fin se levantó, rodeó el escritorio y se apoyó en el filo, tan cerca que ella tuvo que resistir el impulso de retroceder—. Te dije que averiguaría qué me escondes. Considera esto un anticipo. Cada vez que abras esta computadora, te vas a acordar de mí.
—Es una bajeza.
—Soy un hombre de negocios. —Se encogió de hombros—. Y vine a hacerte una oferta.
Renata cruzó los brazos.
—La condición.
—La condición. —Max la miró largamente, y por un instante la frialdad se le adelgazó, dejando ver algo más complicado debajo—. Quieres el caso de mi padre. Te lo doy. Tú diriges su tratamiento, con todos los recursos que pidas, sin límite de presupuesto. A cambio, serás mi médica de cabecera. Exclusiva. Disponible cuando yo te llame.
—Tiene un ejército de especialistas privados.
—Te quiero a ti. —Lo dijo sin pestañear, y los dos sintieron el doble filo de la frase colgando en el aire—. Como médica —agregó, demasiado tarde.
Renata debió haber dicho que no. Cualquier mujer con un mínimo de instinto de conservación habría dicho que no. Atarse a Maximiliano Montenegro era acercarse al fuego con la ropa empapada de gasolina.
Pero entonces pensó en don Genaro. En ese cuerpo inmóvil en la habitación 401, respirando por una máquina desde hacía seis años. Pensó en su padre, en lo que Rubén había hecho aquel invierno por separarlos, en la cadena de desgracias que había empezado el día en que un hombre fue a amenazar a otro y alguien terminó cayendo desde un piso alto. Pensó en la deuda que cargaba en el alma, mucho más pesada que la del banco.
Por eso había estudiado medicina. No por vocación. Por penitencia.
Y la deuda del banco era hija de la misma penitencia. Cuando todo se vino abajo, cuando su padre quedó en la ruina y a la abuela Lupe le dijeron que sin un trasplante de médula no pasaba del invierno, fue Renata la que puso el cuerpo. Se casó con Rodrigo Bracamonte porque los Bracamonte tenían dinero y ella tenía una abuela muriéndose. Un matrimonio por conveniencia, con separación de bienes, firmado entre lágrimas que nadie vio. El dinero salvó a la abuela. Y a cambio, Renata quedó amarrada por años a un hombre que la odiaba tanto como ella a él, arrastrando una deuda que él se encargaba de inflar a su antojo. Se había vendido para salvar a la única persona que la había querido sin pedirle nada. No se arrepentía. Pero pagaba por ello todos los días.
—Acepto —dijo en voz baja—. Pero el tratamiento de su padre lo decido yo. Sin que usted se meta. Si firmamos eso, tiene médica.
Algo en la cara de Max se aflojó, casi imperceptible, como si una parte de él hubiera apostado a que diría que no.
—Hecho.
Iba a agregar algo más cuando la tableta de Renata, sobre el escritorio, empezó a vibrar con una videollamada. El nombre en la pantalla le borró de golpe el poco color que le quedaba.
Rodrigo.
Pensó en rechazarla. Pero rechazarla solo lo empeoraba; lo había aprendido a fuerza de golpes. Contestó, girando la pantalla para que Max quedara fuera de cuadro.
El rostro de Rodrigo Bracamonte llenó la imagen, bronceado, sonriente, con esa sonrisa aceitosa que a ella le revolvía el estómago.
—Mi exesposa favorita. —Arrastró las palabras—. ¿Ya tienes mis cincuenta mil de este mes? Porque el día quince fue ayer, corazón, y tú sabes cómo me pongo cuando me hacen esperar.
—Te van a llegar —dijo Renata, con una calma que le costó toda su voluntad—. Como siempre.
—Eso espero. Porque mis abogados ya tienen lista una demanda preciosa con tu nombre. Sería una lástima que el hospital se enterara de que su brillante doctora arrastra una deuda de trescientos millones de pesos. ¿Qué pensarían tus pacientes?
Antes de que Renata pudiera contestar, una mano le arrebató la tableta. Fernanda, que acababa de entrar sin tocar, ya estaba frente a la cámara con los ojos echando chispas.
—¿Sabes qué, Bracamonte? —ladró—. La cuota de este mes la pago yo, ahora mismo, de mi cuenta, para que dejes de chillar como bebé. Y para que te quede grabado: vuelves a amenazar a mi comadre con una demanda y el que va a salir en las noticias eres tú, con todo y los negocitos sucios de tu mamá. ¿Estamos?
La sonrisa de Rodrigo se tensó.
—Esa boca, Fernanda. Algún día te va a meter en problemas.
—Ya estoy en problemas. Se llaman tú. Adiós.
Cortó la llamada y azotó la tableta sobre el escritorio.
—Te juro, comadre, que un día de estos a ese hombre se lo lleva el diablo y voy a hacer fiesta. —Entonces notó a Max, de pie en el rincón, observándolo todo en silencio, y se enderezó—. Ay. Disculpe. No sabía que… Soy Fernanda. La amiga.
Max inclinó apenas la cabeza, pero sus ojos no estaban en Fernanda. Estaban en Renata, y había en ellos algo nuevo, afilado, calculador. Trescientos millones. Cincuenta mil al mes. Un exmarido que la exprimía como a un trapo. Estaba armando un rompecabezas, y a Renata no le gustó nada la velocidad con que encajaban las piezas detrás de esa mirada.
—Gracias, Fer —murmuró—. Te lo regreso en cuanto pueda.
—Ni se te ocurra. Para eso estamos. —Fernanda le apretó el hombro y salió tan rápido como había entrado, no sin lanzarle a Max una última mirada de arriba abajo, mitad advertencia, mitad curiosidad.
El silencio que dejó fue espeso.
—Trescientos millones —dijo Max al fin, despacio.
—No es asunto suyo.
—Todo lo tuyo es asunto mío desde anoche. —Tomó su saco del respaldo de la silla—. Empezamos el lunes. Te mando un coche.
—Puedo llegar sola.
—No lo dudo. —Caminó hacia la puerta, y por un segundo Renata creyó que se iría sin más. Pero se detuvo en el umbral—. La foto se queda en tu computadora, doctora Salas. Hasta que me digas la verdad.
Salió.
Renata se dejó caer en su silla, todavía tibia por el cuerpo de él, y se cubrió la cara con las manos. Apenas tuvo un minuto de respiro.
La tableta volvió a vibrar. Un mensaje. De Rodrigo.
"Regreso al país el viernes. Vas por mí al aeropuerto, como la buena ex que eres. Si no apareces, la demanda entra el lunes. Tú decides, corazón."
Renata miró el mensaje hasta que las letras se le nublaron. Y supo que, pasara lo que pasara, el viernes su pasado y su presente iban a aterrizar en la misma ciudad.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭