Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Capítulo 3
Bruno Alcázar no parecía un hombre dormido. Parecía alguien arrancado de su propia vida.
Sol se quedó frente a la cama con el portarretrato todavía en la cabeza. Ese hombre, el de la mirada fría y el saco con olor a cedro, estaba ahí, reducido a respiración y huesos.
No había podido agradecerle cuando correspondía.
Ahora tampoco podía escucharlo.
Alguien golpeó la puerta.
Don Ernesto entró con Ramiro detrás.
—Sol, sentate.
Ella obedeció, todavía con la garganta cerrada.
—Ya viste cómo está —dijo el viejo—. Bruno cayó hace dos meses. La versión pública habla de un accidente después de beber, pero el golpe fue grave. Los médicos dicen que no hay voluntad de despertar. Contraté cuidadores, enfermeros, de todo. No alcanza.
Sol miró la barba descuidada de Bruno, las uñas largas, la piel pegada a los huesos.
—Bajó muchísimo de peso —continuó Don Ernesto—. Y no ha mostrado signos de querer reaccionar. Un médico de los de antes me dijo que un paciente así necesita emoción, afecto, alguien que lo trate como persona. Entonces le empecé a nombrar chicas de familias conocidas. Cuando dije tu apellido, movió un dedo.
Sol levantó la mirada.
—¿Mi apellido?
—Sí. Por eso llamé a Ricardo. Justo tu padre tenía problemas de liquidez en la empresa y necesitaba una suma grande. Le transferimos quinientos millones. Él aceptó que vinieras a cuidar a Bruno.
El viejo no decoró nada.
—Sol, esto es un matrimonio de nombre. Vos cuidás a Bruno y nada más. Quinientos millones no los ganás en una vida. Además, vas a recibir una mensualidad. Un millón al año, depositado mes a mes. La operación de tu madre ya salió bien, pero la recuperación, los controles y la rehabilitación cuestan. La familia Alcázar va a cubrirle el mejor equipo médico. No vas a tener que preocuparte por eso.
Hizo una pausa y miró hacia la cama.
—Bruno así no puede tener una boda. Te toca perder en esa parte. Pero sos una buena chica. Te lo encargo.
Sol sintió frío.
Ricardo no sólo la había condicionado. Había cobrado una fortuna y la había mandado con una mochila.
El precio de su matrimonio ya estaba pago.
Miró a Bruno.
Esos ricos, pensó, podían resolverlo todo con plata. Se paraban arriba de la cadena alimenticia y miraban hacia abajo, prolijos, correctos, sin despeinarse, como si comprar un matrimonio no ensuciara a nadie.
Ricardo era su padre biológico. Valeria también tenía una hija, apenas un año menor que Sol. A Luna jamás la habrían mandado a casarse con un hombre que esperaba la muerte en una cama.
Quinientos millones.
Ése era su precio.
Y Bruno, el hombre del saco de cedro, tampoco se salvaba de esa mugre. Su matrimonio también había quedado manoseado por gente que hablaba bonito y pagaba rápido.
Sol sintió pena por ella.
Y también por él.
—Acepto —dijo—. Pero tengo una condición.
Don Ernesto la observó.
—Mientras él esté vivo, no me voy. Lo voy a cuidar.
La parte que no dijo quedó en el aire: si muere, me voy sin reclamar nada.
No dijo lo que venía después: cuando él ya no estuviera, ella se iría.
Don Ernesto la entendió. Sus hombros, duros hasta ese momento, cedieron apenas.
—Bien. Firmamos entonces.
Sol firmó otro papel.
Más tarde, Don Ernesto ordenó que la llevaran al sanatorio. No quiso perder tiempo en discutir. Ella tampoco. Mercedes seguía siendo su prioridad y, por ahora, su mentira.
Cuando Sol se fue, Ramiro miró a su patrón.
—¿No teme que la chica se arrepienta?
Don Ernesto resopló.
—Leí su informe. Buena alumna, cumple lo que promete. Esta vieja cabeza todavía sabe mirar a la gente.
En el tercer piso, Bruno seguía con los ojos cerrados.
Pero había escuchado todo.
Los médicos decían que, al caer, se había golpeado la nuca y le habían quedado pequeños coágulos repartidos por zonas delicadas del cerebro. No podían operarlos. Si el cuerpo los absorbía, despertaría. Si no, seguiría ahí hasta apagarse.
Él escuchaba, sentía, notaba cada revisión médica. Lo único que no podía hacer era responder.
Don Ernesto había aceptado pagar esa fortuna por una razón que jamás admitiría en voz alta: Bruno era joven, tenía sangre caliente, y una chica hermosa durmiendo cerca podía acelerar más de una cosa en ese cuerpo detenido.
El día anterior, su abuelo le había nombrado una lista interminable de herederas porteñas. Bruno se había aburrido tanto que, al oír un apellido de empresarios de tercera línea, movió los párpados por pura irritación.
Don Ernesto lo tomó como señal divina.
Bruno hubiera querido reírse.
Ahora una chica llamada Sol Linares había aceptado quedarse.
Había dicho “mientras él esté vivo”.
Qué frase espantosa.
Si alguna vez despertaba, le iba a enseñar a hablar con más cuidado.
En el sanatorio, Sol encontró al médico esperándola.
—Vamos a trasladar a su mamá a una habitación individual del último piso. Tiene espacio para acompañante y mejores condiciones para la recuperación.
Sol casi no pudo creerlo.
—¿De verdad?
La rapidez de los Alcázar daba miedo.
Mercedes no entendió nada, pero el cansancio la venció después del traslado. Sol se quedó mirando la habitación nueva, demasiado cómoda para ellas dos.
No podía contárselo todavía. ¿Qué madre aceptaría tranquila que su hija se hubiera casado con un hombre en estado vegetativo?
Al día siguiente, Sol dejó a Mercedes aseada, con una nota al lado de la cama, y salió corriendo a la facultad.
Renata Soto le agitó la mano desde un asiento del aula magna.
—Acá, Sol.
Sol se sentó justo cuando el profesor de literatura inglesa empezaba a hablar de Jane Eyre. La materia era optativa, en un aula enorme donde se mezclaban alumnos de varias carreras. El profesor era mayor, veía poco y daba la clase entera en inglés, así que muchos aprovechaban para dormir o mirar el celular.
Renata cabeceaba a su lado.
Sol, en cambio, tomaba apuntes como si la vida le fuera en eso. Ya había leído la novela. Le faltaba escribir una reseña de dos mil palabras en inglés y entregar.
Dos mil palabras en inglés, unas citas bien puestas y chau, crédito aprobado.
Al terminar la clase, Renata la agarró del brazo.
—¿Cómo está tu mamá?
—Bien. La pasaron a una habitación mejor. Creo que la obra social... —Sol se detuvo. Ni ella se creyó esa parte—. Bueno, está mejor.
Antes de que Renata preguntara más, alguien soltó una risa filosa.
—Ay, mirá. Algunas venden la cara por plata, se meten en familias ricas y encima vienen a clase como si nada. Qué vergüenza para la facultad.
Varias cabezas se giraron hacia Sol.
La que había encendido el comentario era Luna Linares Rivas, alumna de segundo año y media hermana de Sol.
Abril Peralta, su amiga, levantó la voz desde el otro lado del aula:
—Sol Linares, dicen que te casaste con un rico. ¿Es verdad?
Los alumnos que ya iban saliendo se detuvieron.
El comedor podía esperar.
Un escándalo con Sol Linares era mucho más sabroso que cualquier almuerzo.
Sol Linares era, sin discusión, la belleza de la facultad.
Y además, una belleza limpia, joven, de esas que parecían no haber tocado nunca el barro.
Luna Linares Rivas
sino tienen idea de como escribir una novela
mejor no lo aga
se nota que la autora es nueva
una Novela se empieza y se termina
me estoy aburriendo 😡