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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 2

...Choque de Alfas...

...****************...

El temblor pasó tan rápido como llegó, pero dejó el aire cargado de electricidad. Como antes de una tormenta que no sabes si va a caer sobre ti o a tu lado.

Elena no se movió. No podía. Tenía dos alfas mirándola como si su decisión fuera a decidir el futuro de dos manadas enteras, y la única cosa que podía pensar era: _esto no puede estar pasándome a mí. Yo tenía que ir a casa a ver un dorama y dormir a las 2 a.m._

“Se acabó el tiempo de hablar”, repitió Roran. Su voz no cambió de tono, pero el suelo bajo sus pies crujió. No por él. Por lo que venía con él.

Kael dio un paso adelante, interponiéndose entre Roran y Elena en un movimiento tan rápido que ella apenas lo vio. Un parpadeo. Y ya estaba ahí, hombro con hombro, pecho erguido, dientes apenas visibles.

“No delante de ella”, dijo Kael. No era una petición. Era una orden. “Esto se resuelve entre nosotros. No la asustes”.

Roran ladeó la cabeza. Sus ojos plateados se clavaron en Elena por una fracción de segundo, como si midiera cuánto miedo le tenía. Encontró muy poco. Y eso pareció molestarle más.

“Ella ya está asustada, Kael. Solo es buena ocultándolo. Como tú con el hecho de que tu manada se está desmoronando desde que tu padre murió”.

El golpe dio en el blanco.

Kael se tensó entero. Un gruñido bajo, gutural, salió de su garganta. No era humano. Era el sonido que haría un animal acorralado antes de atacar.

“No hables de mi padre”, dijo. Cada palabra era hielo y fuego a la vez. “No sabes nada de Luna Plateada”.

“Sé que llevas tres años sin encontrar una Luna digna. Sé que los viejos del consejo ya están hablando de sustituirte, y también sé, que por eso estás aquí, tan desesperado, reclamando a la primera humana que te mira dos segundos”.

Elena abrió la boca para decir que no había mirado a nadie, pero Roran no había terminado.

“Y sé que si no me la llevo yo ahora, tu consejo se la llevará para dársela a algún viejo inútil que necesite un heredero”.

El aire se partió.

Kael se movió primero. No fue un golpe. Fue un empujón con todo el peso de un hombre que pesa 100 kilos de músculo y siglos de ira contenida. Roran no retrocedió. Recibió el impacto y lo devolvió, con más fuerza, con más precisión.

El sonido de carne contra carne resonó en el callejón como un trueno sordo.

Elena gritó. No pudo evitarlo.

“¡Deténganse!”

Ninguno la escuchó.

Para ellos, el mundo se había reducido a dos cosas: el otro alfa, y la mujer entre ellos. Todo lo demás desapareció. Las paredes, los contenedores, el olor a basura y lluvia. Solo quedaba el instinto. Marcar. Reclamar. Ganar.

Roran barrió las piernas de Kael. Kael cayó de rodillas, pero no al suelo. Usó el impulso para girar, golpear la mandíbula de Roran con el codo. Roran escupió sangre y sonrió. Una sonrisa sin humor, sin piedad.

“Esa es la fuerza del Príncipe Alfa”, dijo. “Impresionante”.

Kael no respondió con palabras. Respondió con los puños.

Elena retrocedió hasta que la espalda volvió a chocar con el ladrillo frío. Su corazón iba a mil. No era solo miedo. Era algo más. Cada vez que uno de los dos recibía un golpe, sentía un tirón en el pecho. Como si su cuerpo estuviera conectado a ellos. Como si el dolor de ellos fuera suyo.

_Esto no es normal. Esto no es normal. Esto no es normal._

“¡Basta!” volvió a gritar, y esta vez su voz salió más fuerte. Más firme.

Nada.

Roran tenía a Kael contra la pared, antebrazo en su garganta. Kael tenía las manos en las muñecas de Roran, intentando zafarse. Músculo contra músculo. Fuerza contra fuerza. Y en el centro, ninguno cedía.

“Si me matas”, jadeó Kael, “ella nunca te aceptará. El vínculo no funciona así”.

“Yo no necesito que me acepte”, respondió Roran. “Necesito que sobreviva. Y contigo, no lo hará”.

“¿Y con la manada de Ceniza sí? ¿La manada fantasma que nadie ha visto en veinte años?”

Roran sonrió. Era la primera vez que lo hacía, y no era una expresión amable.

“Pronto dejarán de ser fantasmas, Kael. Cuando ella despierte lo que lleva dentro”.

Esa frase hizo que algo en Elena se rompiera.

“Basta”, dijo por tercera vez. Y esta vez, el callejón la escuchó.

No gritó. No necesitó gritar. Algo en su voz cambió. Se volvió más baja, más profunda, con un eco que no debería existir en una garganta humana. Era el mismo eco que tenía la voz de Roran.

Los dos alfas se detuvieron en seco. Como si alguien hubiera puesto pausa al mundo.

Elena se separó de la pared. Sus piernas temblaban, pero no se cayó. Dio un paso adelante. Luego otro.

“No sé quiénes son ustedes”, dijo. “No sé qué es una manada, ni un alfa, ni un vínculo. Pero si vuelven a pelear frente a mí como si yo fuera un trozo de carne, los dos se van a ir a la mierda”.

Silencio.

Kael la miraba con algo que no era sorpresa. Era alivio. Reconocimiento.

Roran la miraba con algo más peligroso. Interés real.

“¿La oíste?”, dijo Kael sin quitarle los ojos de encima a Elena. “Te habló”.

“Yo también te oí”, respondió Roran. “Y no me gusta lo que oí”.

Elena se interpuso entre ellos. No sabía por qué. Solo sabía que si no lo hacía, uno de los dos iba a terminar muerto en el suelo del callejón, y ella no podría vivir con eso.

“Ya estuvo”, dijo. “Se acabó. Si quieren hablar, hablan como personas. Sin golpes. Sin amenazas. Y sin tocarme como si fuera suya, porque no lo soy”.

Kael bajó la mirada. Asintió una vez. Rápido, casi imperceptible.

Roran no bajó nada. Pero tampoco atacó.

“Bien”, dijo Roran. “Hablamos. Pero no aquí. Los de Luna Plateada ya vienen. Puedo oler a sus rastreadores a tres calles de distancia”.

Kael maldijo bajito.

“¿Cómo sabes eso?”

“Porque yo también tengo nariz, Príncipe. Y porque tu hermano pequeño es un desastre para mantenerse en silencio cuando corre”.

Elena sintió que el suelo se movía otra vez, pero esta vez no era por poder. Era por pánico.

“¿Viene más gente?”

“Sí”, dijo Kael. “Y no todos son amigables. Si no te vas de aquí ahora, te van a llevar. Y no te van a preguntar si quieres ir”.

Elena miró a uno. Miró al otro. Dos desconocidos. Dos peligros. Dos piezas de un rompecabezas que no pidió armar.

“¿Y ustedes qué proponen?” preguntó. “Porque no pienso irme con ninguno de los dos así como así”.

Roran sonrió de nuevo. Esa sonrisa que no era sonrisa.

“Ven conmigo. Te mostraré quién eres de verdad. Te mostraré por qué Ceniza no murió”.

“Ven conmigo”, dijo Kael al mismo tiempo. “Te protegeré. Te explicaré todo. Sin mentiras”.

Elena cerró los ojos.

Cuando los abrió, tomó una decisión.

“No voy con ninguno de los dos. Por ahora”.

Los dos alfas se quedaron quietos.

“Entonces”, dijo Roran, “te quedas aquí sola, y dejas que Luna Plateada te encuentre. Buena suerte, Elena Morales”.

Kael dio un paso hacia ella.

“No tienes que elegir ahora. Pero no te quedes. Por favor”.

Elena negó con la cabeza.

“Voy a mi departamento. Solo. Si quieren hablar, saben dónde trabajo. Mañana a las 8 a.m. la biblioteca abre. Llegan temprano y hablamos como adultos. Sin pelear”.

Kael frunció el ceño. “Es peligroso”.

“Más peligroso es seguir aquí”, respondió ella.

Roran se rió. Bajito. Peligroso.

“Me gusta”, dijo. “Tiene agallas. Como las de Ceniza”.

Kael no dijo nada. Solo la miró, memorizando su cara, como si tuviera miedo de olvidarla.

“Nos veremos mañana, Elena”, dijo.

“No si no vienen a hablar”, respondió ella.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida del callejón. Cada paso le costaba. Sentía los ojos de ambos en su espalda, pesados, calientes, posesivos.

A mitad del callejón se detuvo. No se giró.

“Y si alguno de los dos se acerca a mí antes de mañana sin que yo lo llame… me voy con el otro. Solo para joderlos”.

Escuchó a Kael soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Escuchó a Roran reírse de verdad por primera vez.

“Trato hecho”, dijo Roran.

Elena no respondió. Salió del callejón y se perdió en la calle principal, dejando a dos alfas solos en la oscuridad, con una guerra que acababa de empezar.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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