Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Continuando:
Allí estaban todos: doña Julia encabezando el comité, las comadres de siempre que para ella eran las tías que la vida le había regalado, y la hija adolescente de una de ellas, que grababa todo con su celular. La sala estaba decorada con guirnaldas sencillas y el aroma de la cena ya flotaba en el aire.
—Mi niña, no te muevas. Cierra los ojos —ordenó Julia con una chispa de travesura en la mirada.
—¿Es que hay más? —preguntó Brisa, riendo—. Madre, mi corazón de treintañera no va a aguantar tanta emoción.
—Pues claro, te dije que era una sorpresa de verdad… ciérralos.
Brisa obedeció. Escuchó el roce de unos pasos suaves y un perfume familiar, uno que olía a jazmines y a recuerdos de la universidad, invadió su espacio. Cuando Julia le dio permiso de abrir los ojos, el mundo pareció detenerse por un segundo. Frente a ella, con una sonrisa radiante y los ojos empañados, estaba su mejor amiga.
—Feliz cumpleaños, amiga de mi corazón —dijo Alexa.
Brisa se quedó sin habla. Tenía años sin verla, pero lo que más la impactó no fue solo su presencia, sino su figura. Alexa, la mujer que siempre juró que su prioridad era su carrera en Europa, estaba allí, de pie, con una barriga enorme que delataba un embarazo avanzado.
—¡No puedo creerlo! ¿Cómo estás aquí? —Brisa la envolvió en un abrazo protector, temiendo apretar demasiado—. ¿No se supone que estabas en Italia?
—Muérete de la envidia, me mudo para acá temporalmente con mi prometido —soltó Alexa entre risas y lágrimas.
Brisa se separó un poco, aún procesando la información. Sus ojos bajaron a la prominente panza y luego volvieron al rostro de su amiga.
—¿Cómo no me habías contado nada de esto? —preguntó señalando la barriga—. ¿Y cómo es eso de "prometido"? Alexa, ¡me he perdido de una vida entera!
—Ay, amiga, hay tanto por hablar… —Alexa se acarició el vientre con una ternura que Brisa nunca le había conocido—. Pero creo que esa conversación merece privacidad. Por ahora, mira, te traje un obsequio.
Alexa le extendió una cajita de terciopelo. Al abrirla, Brisa sintió que el brillo del collar que descansaba en el interior la deslumbraba. Era una pieza exquisita, de una elegancia que gritaba lujo.
—¿Qué es esto, Alexa? No debiste, se nota que es carísimo —protestó Brisa, tratando de cerrar la caja.
—Cállate, chica, y acepta —la reprendió su amiga con ese tono mandón que tanto extrañaba—. Considéralo el pago por todos los años que falté a tus cumpleaños. ¿O prefieres que traiga un regalo por cada falta?
—¡No, no! ¡Me encanta! Es hermoso, muchas gracias —cedió Brisa, dejando que Alexa le colocara la joya.
—Será mejor que cantemos el cumpleaños ahora —intervino doña Julia—, porque tus tías ya están cansadas y luego no las calla nadie. Ya habrá tiempo de sobra para que ustedes terminen su charla. ¿Te gustó la sorpresa, cierto? Solo falta mi niño Rafa para que la reunión esté completa.
—Me encantó, madre. Es el mejor regalo —respondió Brisa, aunque la mención de su otro mejor amigo hizo que Alexa soltara un bufido.
—A ese ni lo nombres —dijo Alexa con fingido dramatismo—. El muy mamarracho me desvió la llamada la última vez. Yo estaba en Londres y quería pasar a saludarlo, pero parece que el señor es inalcanzable.
—Estaría ocupado, ya sabes cómo es —lo defendió Brisa con una risita—. Vamos, que ese pastel no se va a comer solo.
La cena transcurrió entre anécdotas viejas y risas compartidas. Cantaron el cumpleaños, repartieron el pastel de limón que tanto le gustaba a Brisa y, poco a poco, las tías se fueron despidiendo. Finalmente, la casa quedó sumida en una calma acogedora. Doña Julia se puso a recoger el desastre en la cocina, dándoles espacio a las dos amigas en el sofá de la sala.
—Ahora sí, cuéntamelo todo —exigió Brisa, cruzándose de piernas—. ¿Quién es el hombre que logró que la gran Alexa se mudara de continente y se pusiera un anillo?
Alexa suspiró, recostándose con cuidado.
—Es español. Se llama Carlos. Lo conocí en el trabajo; él era un inversionista que llegó a nuestra empresa. Brisa, te juro que fue algo casi eléctrico. Al segundo de conocerme ya me estaba pidiendo una cita. Fue amor a primera vista, aunque suene a cliché de novela de las tuyas. No te voy a negar que salí con muchos hombres en Italia, pero con él la conexión fue instantánea.
Brisa escuchaba fascinada, viendo cómo el rostro de su amiga se iluminaba.
—Empezamos a salir y, a la semana, prácticamente ya vivía en su casa. Llevábamos un año y tres meses de relación cuando apareció esta sorpresa —dijo señalando su vientre—. Fue un desliz con las pastillas, pero después del susto inicial, todo marchó de maravilla. Él es un hombre muy familiar, y resulta que su familia es de aquí y mueren por conocerme. Por eso decidimos venir; estaremos un tiempo instalados aquí para que el bebé nazca cerca de los suyos. Y bueno… me propuso matrimonio.
Brisa se llevó las manos a la boca, emocionada.
—¡Alexa! ¡Felicidades!
—No te emociones tanto, que falta lo mejor —continuó Alexa con una sonrisa pícara—.
Obviamente serás la madrina. Y la boda es el próximo fin de semana.
Brisa casi se cae del sofá.
—¿Me estás hablando en serio? ¡El próximo fin de semana! ¿Y no se te ocurrió ponerme al día en este año para ayudarte con los preparativos?
—Usted no se preocupe por la logística —dijo Alexa, restándole importancia—. Todo está planeado y bajo control. Tu única misión es ponerte bella, porque la boda será aquí en la ciudad y no acepto excusas de trabajo.
—Ay, amiga… me has dejado sin palabras —Brisa la abrazó de nuevo, esta vez con más fuerza—. Estoy demasiado feliz por ti. Te mereces todo esto.
—Lo sé. Y yo estoy feliz de estar contigo otra vez. Nunca he tenido otra amiga como tú, Brisa. En Europa conocí a mucha gente, pero todas buscaban algún beneficio o eran de un trato hipócrita.
—Vaya, pensé que yo era la única que sentía eso —admitió Brisa con un deje de tristeza—. El mundo está lleno de gente interesada. Me pregunto si a Rafael le pasará igual.
Alexa soltó una carcajada sonora.
—¿A Rafael? ¡Por favor! Con lo guapo que es nuestro amigo, y ahora que es el "rico empoderado" del grupo, las mujeres que se le acercan no deben querer su amistad, deben querer darle un heredero para asegurar la fortuna.
Ambas rieron, recordando los viejos tiempos de universidad cuando los tres eran inseparables y soñaban con comerse el mundo.
—Es verdad —asintió Brisa—. Tenemos tantas cosas que hacer. Realmente quisiera que te quedaras a vivir aquí para siempre.
—Ya veremos qué dice el destino —concluyó Alexa, acariciando su vientre—. Carlos quiere eso, él es muy apegado a sus raíces. Los únicos que no están muy contentos con todo este cambio son mis padres, ya sabes cómo son de complicados. Pero por ahora, solo quiero disfrutar de estar en casa.
Brisa miró a su amiga y sintió que, a pesar de los cambios y los años, la esencia de su hermandad seguía intacta. El futuro parecía lleno de eventos: una boda, un bebé. La noche de sus treinta años terminaba de una forma que nunca hubiera podido planear, pero que era, sin duda, perfecta.
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