✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Cuarto Escudo
El pilar de fuego solar que brotaba del mecanismo del Faro llenaba la recámara de cuarzo blanco con un zumbido sordo y constante. La luz era tan pura que atravesaba las rendijas del techo abierto, tiñendo el aire con un fulgor dorado que borraba el olor a brea y la sangre derretida de los hombres de Saevus. En medio de ese resplandor, el cuerpo físico del Capitán Lin permanecía inmóvil, con la palma derecha apoyada sobre la esfera de cristal y los ojos grises fijos en la nada, completamente desprendido de la realidad de la tierra.
Para Lin, el estruendo de la carnicería de la aberración y los gritos de los soldados de Yalnizlik desaparecieron en un parpadeo.
Se encontró caminando por un pasillo infinito que no tenía suelo ni techo, sino una neblina densa y templada de hilos dorados y plateados que flotaban como agua ingrávida. Su cuerpo se sentía ligero, desprovisto del peso del chaleco rústico y de las botas sucias por el polvo de la sal. El aire aquí no quemaba como el sol de las Tierras Calientes; era fresco, suave, y traía consigo un aroma espeso que sacudió los recuerdos del soldado.
Olía a flores silvestres y a tierra mojada.
Lin detuvo sus pasos flotantes por un segundo, aspirando el vaho con una fijeza que le oprimió el pecho. Ese aroma no pertenecía a los jardines de mármol del palacio de piedra. Era el aroma de la aldea humilde de Norman. El olor exacto de las plantas medicinales que la hechicera Alma cultivaba en sus vasijas de barro y de los brotes botánicos que Norman hacía crecer entre sus dedos ásperos cuando jugaba en los campos de trigo. Norman amaba las flores; era un granjero terco que prefería el perfume de un lirio de campo antes que el brillo de cualquier corona de hierro. Encontrar ese aroma en medio de la inmensidad del cosmos era la prueba de que su hechicero estaba cerca, dejando un rastro de su propia esencia en el vacío.
Lin bajó la vista hacia su mano derecha. El hilo de energía dorada bajo su piel brillaba con una fuerza continua, transformándose en una cuerda magnética que se estiraba hacia el fondo de la bruma plateada.
—Voy en camino, rubio —susurró Lin en el silencio del plano espiritual, y su voz no sonó con la rigidez de un cuartel, sino con esa devoción poética que solo Norman sabía despertar en su acero. Avanzó a paso rápido, corriendo sobre la nada, guiado por la brújula inquebrantable de su marca.
En el mundo físico, en la plataforma superior de la pirámide negra, la realidad se volvía a teñir de greda y peligro.
El sonido ensordecedor de caballos de batalla golpeando los peldaños de piedra rompió la quietud de la hondonada. La Guardia de Hierro del Príncipe Armoton había alcanzado el Altar del Sur, guiada por el pilar de fuego solar que cruzaba el cielo de la provincia como una antorcha gigante. Los jinetes pesados desmontaron a toda prisa, desplegándose por el pasillo de la entrada con las picas de gancho al frente, con sus armaduras negras cubiertas de lodo y polvo seco.
Al frente, abriendo la línea con pasos que hacían crujir los bloques de cuarzo, entró el Armoton. Su figura descomunal hacía ver estrecha la entrada del santuario. No llevaba el casco puesto, dejando al descubierto un rostro brutal de cicatrices gruesas y unos ojos gélidos que destilaban un sádico placer por la violencia. Cargaba su inmensa maza de espinas de hierro sobre el hombro derecho, manchada con los restos de sus propios hombres.
Armoton detuvo su marcha en seco al ver el escenario de la recámara. Sus ojos pasaron por encima del mecanismo flotante del Faro y se fijaron en el cadáver del Príncipe Saevus, que yacía en el suelo con el pecho destrozado por el hierro líquido. Al Verdugo no le importó la muerte de su hermano; el trono de hierro de Yalnizlik y las intrigas políticas del palacio de su padre le importaban un bledo. Él no peleaba por coronas, ni por el oro del consejo de Erke; peleaba porque amaba el sonido de los huesos rompiéndose y el olor de la carnicería fresca. Ver que Saevus había caído antes de que él pudiera triturarlo con su propio hierro solo le provocó una sonrisa despectiva.
—Vaya… la maza de la muerte se me adelantó con el ajedrecista —rugió Armoton, y su voz profunda hizo que las vidrieras de cristal del Faro vibraran con una frecuencia pesada. Desvió la mirada hacia el centro de la sala, donde el joven príncipe Vetmi permanecía firme en su postura de defensa, custodiando el cuerpo en trance de Lin junto a Marcos y Ettore.
Armoton soltó una carcajada gorda y sádica, apuntando a su hermano menor con la punta de una de las espinas de su maza.
—Mírate, pequeño ratón de azul —se burló el Verdugo, intentando herir el orgullo del chico con sus palabras crueles—. Has cambiado tus sedas del harén por el lino gris. ¿Pensaste que unirte a estos desertores te daría un nombre en mis desiertos? Eres el bastardo más débil de la colección de nuestro padre. Tu madre murió llorando y tú terminarás igual, con la cabeza aplastada en esta greda antes de que termine la tarde. No eres un guerrero, Vetmi. Eres solo un pedazo de carne asustada que se esconde detrás del cuerpo inerte de un capitán que ya ni siquiera puede respirar por sí mismo.
El ataque verbal buscaba quebrar la moral del muchacho, recordar la fragilidad del prisionero que corría por los matorrales. Ettore apretó los dientes, levantando su ballesta pesada con una rabia ciega, listo para meterle una saeta en el ojo al gigante, pero Marcos le puso una mano firme en el brazo, deteniéndolo. Los ex-cazadores del sabían que este era el momento dinástico del príncipe.
Vetmi no dio un solo paso atrás. No tembló, ni bajó la mirada azul que ahora reflejaba la firmeza inquebrantable. Las palabras de Armoton ya no tenían poder sobre su mente; el adiestramiento de Marcos, Ettore y el respeto que Lin le había otorgado al llamarlo el Cuarto Escudo le habían borrado cualquier rastro de sumisión. Dio un paso al frente de la línea, levantó su espada de repuesto con una postura recta y perfecta, y miró a su hermano mayor con una autoridad real que dejó a los guardias de hierro mudos por el asombro.
—Te equivocas, Armoton —respondió Vetmi, y su voz sonó tan profunda que cortó el zumbido del fuego solar—. El único que tiene miedo aquí eres tú. Cabalgas con soldados porque necesitas el peso del hierro negro para ocultar que eres una bestia sin mente. Saevus murió por su codicia, Drilon murió por su soberbia, y tú vas a caer en este cráter porque tu maza no puede competir contra el honor de los hombres libres. Ya no soy el ratón del harén, general de barro. Soy el Cuarto Escudo de la Guardia de la Penumbra, y si quieres tocar el lino del capitán Lin, tendrás que aprender lo que pesa el acero de un verdadero rey de Yalnizlik. No me das miedo. Mi madre murió con dignidad, pero tú vas a morir como lo que eres: un verdugo que solo sabe morder en la oscuridad.
La respuesta del príncipe menor impactó en el Salón como un tajo limpio. Los jinetes pesados de la Guardia de Hierro se miraron entre sí, asombrados por la soberbia y la madurez real de un chico al que consideraban un bastardo inútil. Vetmi hablaba con la misma cadencia de mando que Lin usaba, ganándose su propio nombre en las piedras del sur.
Armoton borró su risa gorda de golpe, sus ojos inyectándose en una sed de venganza asesina que le deformó las facciones. La autoridad del chico le había podrido la sangre.
—¡¡MALDITO BASTARDO!! —rugió el Verdugo, levantando su maza de espinas con las dos manos—. ¡¡VOY A DISFRUTAR CADA HUESO QUE TE ROMPA EN ESTA ARENA!!
El guerrero sádico dio un paso brutal hacia adelante, con los músculos tensos, listo para iniciar una carnicería que quedaría aplazada para el siguiente asalto de las dunas rojas, mientras que detrás de la línea de picas, Marcos y Ettore aseguraban sus defensas con una sonrisa de orgullo militar, listos para apoyar el acero del nuevo guerrero del sur.
En el pasillo del Mar astral, ajeno por completo a las picas que se cerraban sobre su carne, Lin continuaba su carrera por la bruma de luz. El aroma a flores silvestres y a lluvia de verano se volvió tan denso que casi podía saborear la pureza del trigo en su boca.
De la densidad de la neblina dorada, la silueta de Norman apareció de nuevo. Esta vez no era un reflejo borroso; el hechicero vestía su túnica de lino blanco inmaculado y sus cabellos rubios brillaban como el sol del mediodía. Permanecía de pie en medio de la neblina, esperándolo con esa sonrisa ruidosa y fácil que siempre ablandaba la rigidez.
Lin acortó los últimos metros de la distancia, extendiendo sus manos grandes para tomar al rubio por los hombros. El contacto fue un estallido de calor dulce que le devolvió toda la vida a su alma de caballero devoto. El reencuentro de las almas estaba a solo un roce de distancia en el cosmos, mientras en la tierra, el Cuarto Escudo mantenía la guardia alta frente a los dientes del lobo.