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Justicia Y Amor.

Justicia Y Amor.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Malentendidos
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabriela

Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.

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Un infierno.

El sonido de las puertas metálicas cerrándose detrás del autobús retumbó como un trueno.

Valentino Rossi levantó la mirada lentamente.

Frente a él se alzaba la prisión de Blackstone.

Un enorme edificio gris, rodeado por muros altos coronados con alambre de púas y torres de vigilancia donde guardias armados observaban cada movimiento.

Aquel lugar parecía más una fortaleza que una prisión.

Y en cierto modo lo era.

Un guardia golpeó la puerta del autobús con fuerza.

—¡Bajen!

Las cadenas en los tobillos de los prisioneros tintinearon mientras todos comenzaban a levantarse.

Valentino sintió un nudo en el estómago.

Ese era el lugar donde pasaría los próximos veinte años.

O eso decía la sentencia.

Bajó del autobús junto a los demás reclusos.

El aire era frío y pesado.

Un guardia alto caminaba frente al grupo.

—Bienvenidos a Blackstone —dijo con una sonrisa torcida—. Aquí hay una sola regla: sobrevivan.

Algunos presos soltaron risas burlonas.

Valentino tragó saliva.

Los hicieron caminar hacia el interior del edificio.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

Las puertas metálicas se abrían y cerraban con un estruendo que resonaba en los pasillos.

CLANG.

CLANG.

CLANG.

Ese sonido quedaría grabado en su memoria.

Los llevaron a una sala grande donde varios guardias esperaban.

—Desnúdense —ordenó uno de ellos.

Valentino frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Estás sordo? —respondió el guardia con tono agresivo—. Todo fuera.

Uno a uno, los prisioneros comenzaron a quitarse la ropa.

Valentino hizo lo mismo, sintiendo una mezcla de vergüenza y rabia.

Los revisaron como si fueran objetos.

Luego les entregaron el uniforme naranja de la prisión.

—Ahora sí parecen criminales —dijo uno de los guardias con sarcasmo.

Valentino apretó los puños.

Pero no dijo nada.

Aprendió rápido que allí hablar demasiado era peligroso.

Más tarde los llevaron al bloque de celdas.

El ruido era ensordecedor.

Presos gritando.

Risas.

Golpes contra los barrotes.

—¡Carne fresca! —gritó alguien desde una celda.

Varios reclusos se acercaron a las rejas para observar a los recién llegados.

Las miradas eran frías.

Evaluadoras.

Como depredadores observando a su próxima presa.

Valentino intentó no mirar a nadie a los ojos.

Un guardia abrió una de las celdas.

—Rossi. Aquí.

Valentino entró.

La celda era pequeña.

Una cama de metal.

Un pequeño lavabo.

Un inodoro sin privacidad.

El guardia cerró la puerta.

CLANG.

El sonido resonó en el pequeño espacio.

Valentino se sentó lentamente en la cama.

El colchón era duro.

Miró las paredes.

Frías y vacías.

Por primera vez desde el juicio, el peso de todo cayó sobre él.

—Veinte años… —susurró.

La palabra se sintió imposible.

Pensó en su madre, en su hermana.

¿Qué estarían haciendo en ese momento?

¿Habrían llegado ya a casa?

¿Estarían llorando?

El pensamiento le partió el alma.

Valentino pasó las manos por su rostro.

No podía permitirse derrumbarse.

No ahí.

No en ese lugar.

La primera noche fue larga.

Demasiado larga.

Los gritos en los pasillos nunca parecían detenerse.

Golpes.

Risas.

Amenazas.

Valentino apenas logró dormir.

Pero lo peor llegó al día siguiente.

El comedor estaba lleno.

Cientos de presos sentados en mesas largas.

El ambiente era tenso.

Valentino tomó una bandeja con comida.

Parecía más un castigo que una comida.

Buscó un lugar para sentarse.

Pero en el momento en que avanzó entre las mesas, alguien lo empujó.

La bandeja cayó al suelo.

La comida se desparramó.

Varias risas estallaron alrededor.

Valentino levantó la mirada.

Tres hombres lo miraban.

El más grande dio un paso adelante.

—Mira eso —dijo burlonamente—. El chico nuevo no sabe caminar.

Valentino se agachó para recoger la bandeja.

—Fue un accidente.

El hombre se inclinó hacia él.

—Aquí no hay accidentes.

Valentino sintió cómo la tensión crecía en su pecho.

Intentó levantarse.

Pero el hombre lo empujó contra la mesa.

—Dicen que mataste a alguien —continuó—. ¿Te sientes fuerte por eso?

Valentino lo miró fijamente.

—No lo maté.

El hombre soltó una carcajada.

—Claro que no.

Entonces lo golpeó.

El puñetazo fue rápido y fuerte.

Valentino cayó al suelo.

El comedor estalló en gritos.

—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!

Los otros dos hombres comenzaron a rodearlo.

Valentino intentó levantarse.

Pero otro golpe lo lanzó contra el suelo nuevamente.

Su cabeza giraba.

Sabía que si no hacía algo, lo destruirían.

Uno de los hombres levantó el puño para golpearlo otra vez.

Pero entonces una voz profunda resonó en el comedor.

—Ya es suficiente.

La voz no fue fuerte.

Pero fue suficiente para que todo se detuviera.

Los tres hombres se congelaron.

El silencio se extendió lentamente por la sala.

Valentino levantó la mirada.

Un anciano estaba sentado en una mesa cercana.

Cabello blanco.

Rostro marcado por los años.

Pero sus ojos…

Sus ojos eran fríos como el acero.

El hombre grande frunció el ceño.

—Esto no es asunto tuyo, viejo.

El anciano no se movió.

Solo lo miró.

Y algo en esa mirada hizo que el hombre retrocediera un paso.

—Te dije que ya es suficiente.

El comedor entero observaba, pero nadie hablaba.

Finalmente, el hombre escupió al suelo.

—Vamos.

Los tres se alejaron.

Valentino permaneció sentado en el suelo, confundido.

El anciano lo observó durante unos segundos.

Luego hizo un gesto con la mano.

—Ven aquí.

Valentino dudó.

Pero finalmente se levantó y caminó hacia la mesa.

Se sentó frente a él.

El anciano lo miró con calma.

—Eres Valentino Rossi.

Valentino frunció el ceño.

—¿Cómo sabe mi nombre?

El hombre sonrió levemente.

—En este lugar todo se sabe.

Hubo un silencio.

—Gracias por ayudarme —dijo Valentino.

El anciano negó con la cabeza.

—No lo hice por ti.

Valentino levantó una ceja.

—¿Entonces por qué?

El hombre se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Porque odio ver a tres cobardes atacando a un hombre que aún no sabe cómo funciona este lugar.

Valentino lo observó con atención.

—¿Quién es usted?

El anciano tomó un sorbo de su bebida.

Luego respondió con tranquilidad.

—Mi nombre es Salvatore Vitale.

Valentino no reaccionó.

Pero varias personas en las mesas cercanas sí lo hicieron.

Algunos bajaron la mirada.

Otros se alejaron.

Como si aquel nombre tuviera peso.

Salvatore lo observó fijamente.

—Si quieres sobrevivir en Blackstone, muchacho…

hizo una pausa.

—vas a necesitar amigos.

Valentino no respondió.

Pero algo dentro de él le decía que ese encuentro…

cambiaría su destino dentro de la prisión.

Y que aquel anciano no era un preso cualquiera.

Era el hombre más poderoso dentro de esas paredes.

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