El mundo terminó en menos de un mes.
Primero fueron los rumores: personas enfermas, ataques violentos, ciudades enteras aisladas.
Después llegó el silencio.
Las calles se llenaron de cadáveres caminando bajo la lluvia, las comunicaciones desaparecieron, y sobrevivir un día más se volvió un milagro.
Charlie nunca creyó necesitar a nadie. Fría, impulsiva y acostumbrada a huir de todo, aprendió rápido que el nuevo mundo solo recompensa a quienes son capaces de abandonar sentimientos.
Hasta que conoce a Tamara.
Tamara es completamente diferente: amable, inteligente, demasiado humana para un mundo muerto.
Y aun así… sobrevive.
Juntas atraviesan ciudades destruidas, hospitales infestados, carreteras cubiertas de sangre y grupos humanos mucho más peligrosos que los zombis.
Pero mientras el horror crece, también crece algo peor:
el amor.
Porque enamorarse en el fin del mundo significa descubrir un miedo nuevo.
No perder la vida.
Perder a la única persona que hace que todavía valga la pena vivi
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Hasta el Último Latido
Capítulo 11: Los monstruos que todavía sonríen
La luz de la linterna atravesó las ventanas rotas del hotel.
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—Sabemos que están ahí dentro.
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La voz venía desde afuera.
Masculina.
Calmada.
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Demasiado calmada.
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Charlie agarró el bate inmediatamente mientras Tamara se tensaba a su lado.
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Iván apagó la linterna rápido y retrocedió de la ventana.
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—Mierda…
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Otra voz se escuchó desde la calle.
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—No queremos problemas.
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Charlie casi soltó una risa amarga.
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Eso siempre significaba problemas.
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Tamara miró nerviosa hacia la entrada del hotel.
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—¿Qué hacemos?
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Charlie observó alrededor rápidamente.
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El edificio estaba destruido. Las salidas eran pocas. Y ella apenas podía mantenerse de pie.
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Perfecto.
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La voz volvió a hablar.
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—Solo queremos refugio de la lluvia.
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Mentira.
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Charlie podía sentirlo.
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Porque la lluvia ya no asustaba a nadie.
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Los pasos comenzaron a escucharse afuera.
Lentos.
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Como depredadores seguros de que su presa estaba atrapada.
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Iván levantó su pistola temblando.
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—Son saqueadores…
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Charlie lo miró apenas.
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—¿Cómo lo sabes?
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Iván tragó saliva.
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—Porque ya vi este tipo de gente antes.
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Silencio.
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Tamara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
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Entonces—
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La puerta principal del hotel se abrió lentamente.
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Tres hombres entraron.
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Empapados por la lluvia. Armados. Sonriendo.
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Charlie los observó de inmediato.
Y entendió algo horrible.
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No parecían asustados del fin del mundo.
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Parecían cómodos en él.
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El hombre al frente tenía una escopeta colgada del hombro y una cicatriz cruzándole el cuello.
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Sus ojos recorrieron el lugar lentamente hasta detenerse en Tamara.
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Charlie sintió rabia inmediata.
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—Bueno… —sonrió el hombre— parece que encontramos compañía.
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Nadie respondió.
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La tensión llenó todo el hotel.
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Uno de los hombres cerró lentamente la puerta detrás de ellos.
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Eso empeoró todo.
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Charlie dio apenas un paso adelante ignorando el dolor de su costado.
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—Sigan caminando.
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El hombre de la cicatriz soltó una pequeña risa.
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—Relájate, rubia.
No vinimos a pelear.
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Mentira otra vez.
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Charlie observó cómo el segundo hombre miraba las mochilas.
Las armas.
Las vendas.
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Estaban calculando.
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Como buitres.
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Tamara se acercó un poco más a Charlie sin darse cuenta.
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El hombre lo notó.
Y sonrió más.
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Charlie quiso golpearlo por eso.
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Iván levantó la pistola nervioso.
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—No queremos problemas.
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—Entonces baja el arma —respondió el hombre tranquilamente.
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Pero Iván no se movió.
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Error.
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Todo pasó rápido.
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El tercer hombre sacó un cuchillo de repente y se lanzó sobre Iván.
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Un disparo explotó dentro del hotel.
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Tamara gritó.
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Charlie reaccionó por instinto.
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CRACK
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El bate golpeó brutalmente el brazo del hombre del cuchillo.
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El arma cayó al suelo.
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Pero el hombre de la escopeta ya estaba apuntando hacia ellas.
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—¡Quietas!
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Charlie se puso inmediatamente delante de Tamara.
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Instinto.
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Puro instinto.
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El hombre levantó apenas una ceja.
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—Mira eso…
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La forma en que sonrió hizo que Charlie quisiera arrancarle la garganta.
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Iván respiraba agitado desde el suelo.
Había fallado el disparo.
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El saqueador pateó la pistola lejos de él.
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—Ahora sí podemos hablar tranquilos.
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Tamara observó la situación aterrorizada.
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Tres hombres armados.
Charlie herida.
Y ninguna salida clara.
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Mierda.
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El hombre de la cicatriz avanzó lentamente por el salón.
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—Solo queremos suministros.
Comida.
Medicinas.
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Sus ojos volvieron hacia Tamara.
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—Y quizás algo más.
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Charlie sintió algo romperse dentro suyo.
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Rabia.
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Fría.
Violenta.
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Dio un paso adelante inmediatamente.
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—Ni la mires.
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El hombre sonrió divertido.
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—¿Y qué vas a hacer?
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Charlie no respondió.
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Porque honestamente…
quería matarlo.
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Tamara la observó sorprendida.
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Nunca había visto esa expresión en ella.
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Era miedo.
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Pero no miedo por sí misma.
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Por Tamara.
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El hombre levantó lentamente la escopeta apuntando hacia Charlie.
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—No hagas estupideces.
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Silencio.
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La lluvia seguía golpeando las ventanas rotas.
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Y entonces…
un gruñido resonó afuera.
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Todos se congelaron.
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Otro gruñido.
Más cerca.
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Los disparos habían atraído infectados.
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Muchos.
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El hombre maldijo por lo bajo.
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Charlie escuchó los golpes contra las puertas exteriores.
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Rápidos.
Violentos.
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Los infectados estaban entrando al edificio.
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Y el hotel estaba a punto de convertirse en una tumba.