Amar puede ser tan grande para atravesar fronteras, incluso mundos. Pero el amor será tan fuerte para vencer profesias y guerra
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Capítulo III El Despertar
El silencio que siguió al gruñido de Ariana fue más inquietante que el combate.
El aire parecía cargado de electricidad. Los lobos del clan invasor retrocedieron apenas un paso, confundidos. No por miedo… sino por desconcierto.
Porque aquello no tenía sentido.
Ariana estaba de pie en el centro del claro, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, las manos ligeramente tensas a los costados. Su piel ardía. No era una sensación figurada: era real. Como si la luna hubiera descendido y se hubiese alojado bajo su carne.
Kael, aún en su forma de lobo, la observaba fijamente.
Sus ojos azules no mostraban duda. Mostraban reconocimiento.
Darius fue el primero en romper el silencio.
—Eso… —murmuró, ladeando la cabeza con interés calculador— no es humano.
Ariana no entendía qué estaba ocurriendo. El bosque se escuchaba distinto. Más claro. Podía oír el latido acelerado de los lobos cercanos, el roce de las hojas a metros de distancia, incluso la respiración contenida de Selene detrás de ella.
Y el olor.
Lo percibía todo.
La hostilidad.
La adrenalina.
El deseo.
Sus pupilas parecían haberse dilatado. Sentía una presión extraña en la espalda, en la columna, como si algo intentara desplegarse desde dentro.
—Retírense —ordenó Kael con voz profunda cuando volvió a su forma humana, situándose a su lado sin tocarla todavía—. Ahora.
El poder en su tono era indiscutible.
Darius sostuvo la mirada del Alfa unos segundos más, evaluando. Luego sonrió con una calma inquietante.
—No sabía que guardabas secretos tan interesantes, Kael —dijo, mirando nuevamente a Ariana—. Esto cambia las cosas.
—Lárgate de mi territorio.
La advertencia ya no era diplomática.
Darius dio un paso atrás y chasqueó los dedos. Los lobos de su clan se replegaron con rapidez.
—Nos veremos pronto —añadió antes de desaparecer entre los árboles.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Pero la tensión no se disipó.
La manada miraba ahora a Ariana de una forma distinta. Ya no solo con desconfianza… sino con algo más cercano al asombro.
Y temor.
Ariana sintió que las piernas le flaqueaban.
Kael reaccionó al instante, sosteniéndola antes de que cayera. El contacto fue firme, cálido. Estable.
—Mírame —ordenó con suavidad, tomando su rostro entre las manos.
Ella obedeció.
El azul de sus ojos parecía aún más intenso bajo la luna. Su presencia anclaba la tormenta que se agitaba dentro de ella.
—Respira conmigo.
Lo hizo.
Lento.
Profundo.
El calor comenzó a disminuir. La presión en su espalda se suavizó hasta convertirse en un cosquilleo residual.
—¿Qué me está pasando? —susurró.
La pregunta no era solo miedo.
Era revelación.
Kael no respondió de inmediato. Su mirada descendió apenas hacia su cuello… y entonces lo vio.
Una marca.
Tenue, plateada, apenas visible bajo la luz lunar.
Un símbolo curvo, como una media luna entrelazada con una línea fina.
El Alfa pasó el pulgar con extremo cuidado por la zona, sin tocar directamente la piel.
—La luna te ha marcado —murmuró.
Un murmullo recorrió la manada.
Selene avanzó unos pasos, esta vez sin hostilidad abierta, sino con cautela genuina.
—Eso es imposible —dijo en voz baja—. Solo ocurre con sangre de lobo.
Ariana frunció el ceño.
—Pero yo no…
La frase murió en sus labios.
Porque algo, en el fondo de su memoria, se removió.
Su madre siempre había evitado hablar del pasado. Siempre había insistido en mantenerse lejos del territorio de la manada. Siempre había dicho que la luna traía problemas.
Demasiadas advertencias.
Demasiados silencios.
Kael la sostuvo con más firmeza.
—No eres completamente humana —dijo, no como una acusación, sino como una certeza.
El mundo pareció inclinarse ligeramente.
—Eso no es posible… —repitió ella, aunque la convicción ya no estaba en su voz.
El lobo mayor de cabello plateado avanzó lentamente.
—Existe una antigua leyenda —murmuró—. Sobre linajes mezclados. Sobre sangre sellada por generaciones para proteger un poder que no debía despertar.
Selene lo miró con sorpresa.
—Pensé que era solo un mito.
—Muchos mitos nacen de verdades que se intentaron ocultar.
Ariana negó suavemente con la cabeza.
—No puede ser…
Kael apoyó su frente contra la de ella, gesto íntimo y protector.
—La luna no se equivoca —susurró—. Y esta noche te eligió.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Elegida.
No como compañera del Alfa.
Sino como algo más.
—Darius volverá —dijo Selene con tono serio—. Si descubre lo que ella es, la querrá.
—Tendrá que pasar por mí —gruñó Kael.
Pero el lobo mayor negó con lentitud.
—No será solo él. Otros clanes también lo sentirán. La energía que liberó fue… poderosa.
Ariana miró sus propias manos, aún temblorosas.
—Yo no pedí esto.
Kael alzó su mentón con suavidad.
—No. Pero tampoco pediste el vínculo.
Y aun así estaba ahí.
La conexión entre ellos se sentía más intensa que nunca. Como si la revelación hubiera eliminado la última barrera invisible que los separaba.
La manada comenzó a dispersarse lentamente, murmurando entre ellos. Ya no la miraban solo como la humana que había cautivado al Alfa.
La miraban como un enigma.
Como un posible cambio en el equilibrio de poder.
Cuando finalmente quedaron casi solos en el claro, Ariana habló en voz baja:
—Si esto pone en peligro tu liderazgo…
Kael la interrumpió.
—Mi liderazgo no depende de evitar el poder. Depende de saber usarlo.
Sus dedos se deslizaron por su mejilla con una caricia firme.
—Y tú eres poder.
Ella sintió el calor regresar, pero esta vez no era descontrolado. Era profundo. Consciente.
—¿Y si no sé controlarlo?
Una sonrisa leve, peligrosa y confiada apareció en los labios del Alfa.
—Entonces lo aprenderemos juntos.
El viento se levantó nuevamente, más suave ahora.
Ariana miró hacia la luna llena.
Por primera vez, no la sintió como una amenaza.
La sintió como un llamado.
Pero en algún punto lejano del bosque, oculto entre sombras más densas, unos ojos observaban.
No eran los de Darius.
Eran más antiguos.
Más calculadores.
Y cuando la marca plateada en el cuello de Ariana brilló apenas un segundo bajo la luz lunar, esos ojos comprendieron algo que ni siquiera Kael sabía todavía:
El despertar no era solo personal.
Era profético.
Y la tentación del Alfa pronto se convertiría en el centro de una guerra mucho mayor.