Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 16: El Banquete de las Sombras.
El aire de París, que apenas una hora antes me había parecido cargado de promesas y perfumes caros, ahora se sentía como ceniza en mis pulmones.
Tres días habían pasado desde que aterrizamos en Le Bourget. Tres días de una tortura psicológica refinada en la que Adrián Valdez me había tratado con una cortesía profesional tan gélida que me hacía dudar de si el beso en el escritorio o el roce en el avión habían sido producto de mi imaginación febril.
Me hacía sentarme a su derecha en cenas con banqueros franceses, me obligaba a tomar notas de cifras millonarias mientras su rodilla rozaba la mía "accidentalmente", solo para ignorarme por completo en el trayecto de vuelta al hotel.
Pero la cuarta noche, el espejismo alcanzó su punto máximo.
Al regresar a nuestra suite del hotel, tras una tarde de compras obligatorias donde él mismo seleccionó joyas que yo no me atrevía a tocar encontré la caja.
Era de un tamaño imponente, forrada en seda negra. Dentro, el vestido de satén rojo sangre descansaba como una herida abierta. No tenía espalda, apenas se sostenía por dos hilos de seda que debían cruzarse tras el cuello, y la caída del tejido prometía delatar cada latido de mi corazón.
—Cena a las nueve —decía la nota, escrita con su caligrafía angulosa y autoritaria—. En el Jules Verne. No me hagas esperar.
Me vestí como quien se prepara para un sacrificio. Me puse el labial borgoña, el que él prefería, y dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros desnudos.
Al salir de mi habitación, él me esperaba en la sala común de la suite. Llevaba un esmoquin negro impecable y al verme, sus ojos recorrieron mi silueta con una lentitud que me hizo sentir que el vestido desaparecía.
No dijo "estás guapa". No hacía falta. Su silencio era un cumplido mucho más devastador.
La cena fue, por definición, perfecta. El restaurante, suspendido en la estructura de la Torre Eiffel, nos ofrecía París a nuestros pies. Adrián estuvo... diferente. Bebimos un vino que parecía terciopelo líquido. Me habló de su visión del mundo, de cómo la belleza solo es real si tiene una arista cortante, y por primera vez, me hizo preguntas sobre mis sueños, sobre lo que Laura quería antes de cruzarse en su camino.
—Crees que soy un hombre cruel, ¿verdad? —me preguntó, rozando sus dedos con los míos sobre el mantel blanco. Su tacto era cálido, casi tierno.
—Creo que es un hombre que no sabe recibir sin tomar primero —respondí, mi voz valiente por el alcohol y la cercanía.
Él sonrió, una sonrisa real que iluminó sus facciones imponentes.
—Esta noche, Laura, quiero que veas que el control no siempre es una cadena. A veces es una liberación.
Salimos del restaurante con mis defensas completamente desmoronadas. Me sentía especial y elegida.
Pensé que aquel viaje a Francia era, finalmente, el inicio de algo romántico, una rendición mutua bajo las luces de la ciudad.
El coche nos llevó a través de las calles empedradas de Le Marais, deteniéndose frente a un edificio antiguo de piedra gris, sin letreros, con una sola lámpara de gas iluminando una pesada puerta de madera y hierro.
—Un lugar exclusivo —susurró él al oído mientras me guiaba hacia adentro—. Solo para invitados.
Al cruzar el umbral, el romanticismo de la cena murió con la violencia de un cristal rompiéndose. El aire cambió instantáneamente: del aroma a vino y perfume caro, pasamos a una atmósfera cargada de sándalo pesado, cuero y un calor humano casi febril. El sonido de los bajos de una música industrial y profunda retumbaba en las paredes, un ritmo que no se escuchaba, sino que se sentía en el diafragma.
Era un club de exhibicionismo de la alta sociedad parisina. A través de la penumbra roja, vi cuerpos entrelazados en divanes de terciopelo, personas con máscaras de seda que observaban y eran observadas con una impasibilidad aterradora.
—Adrián... ¿qué es esto? —pregunté, retrocediendo, pero su mano se cerró sobre mi brazo como una garra de acero. Su rostro ya no tenía rastro de la ternura del restaurante. Era de nuevo el depredador.
—Este es el mundo real, Laura. El que ocurre cuando se apagan las luces de la Torre Eiffel —me arrastró hacia una zona privada, una plataforma elevada rodeada de cortinas de terciopelo que nos aislaban del resto, pero que nos permitían ver y ser vistos—. Siéntate ahí. Y no te muevas.
Me obligó a sentarme en un sillón de cuero negro, justo al borde de la plataforma. El miedo me paralizaba. Antes de que pudiera protestar, dos mujeres aparecieron desde las sombras. Eran impresionantes, casi irreales, vestidas con lencería de cuero negro y máscaras de encaje que solo dejaban ver sus labios pintados de un rojo idéntico al de mi vestido.
Adrián se quitó la chaqueta del esmoquin y la lanzó sobre mis pies, un gesto que me recordó mi lugar: yo era el estante para sus cosas, la espectadora de su gloria. Se desabrochó la camisa con una calma exasperante, revelando su torso macizo, las cicatrices de su disciplina marcadas en sus músculos.
—Mírame bien, Laura —ordenó, su voz cortando el ruido del club—. Querías saber qué hay detrás de la oficina. Querías que terminara lo que empecé en el avión. Bueno... aquí está la lección.
Lo que siguió fue una carnicería emocional.
Las dos mujeres se abalanzaron sobre él con una voracidad entrenada. Adrián las recibió con una frialdad técnica, tomándolas con la misma autoridad con la que manejaba una junta de accionistas. No había amor, no había pasión; era una demostración de poder puro y duro.
Él las poseía a ambas con una fuerza animal, moviéndose con una cadencia que me resultaba insoportablemente familiar.
Sus manos... las manos que yo soñaba sentir en mi piel cada noche recorrían aquellos cuerpos extraños con una propiedad absoluta y lo peor de todo fue su mirada. Adrián no cerró los ojos ni una vez. Mantuvo su vista clavada en la mía durante todo el acto.
Cada gemido de aquellas mujeres era un insulto a mi lealtad. Cada vez que él hundía su rostro en el cuello de una de ellas, yo sentía que me arrancaba un pedazo de alma. Mientras me obligaba a ver cómo su piel se cubría de sudor, cómo sus músculos se tensaban bajo el esfuerzo, cómo las trataba como objetos hermosos destinados a su placer inmediato.
—¿Ves esto, Laura? —dijo él, con su voz ronca, apenas alterada por el esfuerzo físico mientras una de las mujeres gritaba su nombre bajo él—. Esto es lo que soy. No hay cenas románticas, no hay paseos por el Sena. Solo existe esto: la necesidad y el desecho. Tú no eres especial por estar aquí. Eres especial porque te obligo a ver cómo no te elijo a ti.
Lloré. Lloré sin sollozos, dejando que las lágrimas arruinaran mi maquillaje borgoña, sintiendo el peso de su chaqueta sobre mis piernas como una cadena de plomo. La humillación era total. Me había dado el romance para que la caída fuera más alta, para que el impacto contra el suelo de la realidad me rompiera todos los huesos.
A través del velo de mis lágrimas, lo vi llegar al clímax entre aquellas dos desconocidas, su expresión de triunfo dirigida exclusivamente a mi dolor. Fue un acto de crueldad sexual ejecutado con la precisión de un cirujano.
Cuando terminó, se apartó de ellas con una indiferencia que me dio náuseas. Ni siquiera las miró mientras se recomponía.
Se puso la camisa y se ajustó los gemelos con manos firmes, ignorando a las mujeres que yacían en la plataforma como juguetes olvidados. Caminó hacia mí y se detuvo a centímetros de mi rostro. El olor a sexo ajeno y a su propio esfuerzo me golpeó con la fuerza de una bofetada.
—Espero que el espectáculo haya sido de tu agrado —dijo, su voz volviendo a ser la del jefe implacable del piso cincuenta y cuatro—. El coche te llevará al hotel. Yo me quedaré un poco más. Tengo asuntos que tratar.
—Te odio —susurré, mi voz era apenas un rastro de ceniza.
—No, Laura —él sonrió, y esta vez la sonrisa fue la más aterradora de todas—. No me odias. Estás más excitada de lo que has estado en toda tu vida, y te odias a ti misma por ello. Te odias porque, después de ver esto, sigues queriendo que sea mi mano la que te toque. Y eso, querida asistente, es la verdadera sumisión.
Se dio la vuelta y se perdió entre las sombras del club, dejándome sola con mi vestido rojo sangre y la ruina de mis ilusiones.
Al salir al frío de la noche parisina, el aire ya no olía a promesas. Olía a verdad. La verdad de que yo no era una hoja en blanco para que él escribiera una historia de amor, sino un pergamino donde él pensaba registrar cada una de sus sombras hasta que no quedara rastro de la mujer que alguna vez fui.
Subí al coche sintiendo el vacío en mi vientre como una fosa común. El viaje a Francia continuaba, pero la Laura que creía en los finales felices se había quedado muerta en aquel sillón de cuero negro de Le Marais.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará
jajajaj