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Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

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LIBRE.

...Reino de Norvak....

Erian cumplía dieciocho años, pero nadie lo sabia, ni siquiera el lo sabía, había dejado de prestarle atención al tiempo.

Vivía tan desconectado de la vida seguía pensando que seguía siendo el niño que llegó ahí. Y aún se veia como un niño aunque sin duda más alto, todos lo seguían llamando así. niño, pero la vida no se había olvidado de él.

Se encontraba limpiando estiércol, de las letrinas, cuando guardias uniformados, con los colores del reino, y banderas en lo alto, irrumpieron en aquel lugar lleno de esclavos.

—¿Qué significa esto? —exigió uno de los lores—. No han sido anunciados.

—Inspección real —respondió el capitán—. Por decreto de la corona.

Le extendió un pergamino con el sello real, la molestia en la cara del hombre era evidente pero no le quedó de otra que dejarlos hacer su trabajo.

Mientras los caballeros tomaban posiciones, un caruaje entró, era uno de los caruajes reales, se sabía por la bandera que estaba colocada en el.

Cuando las puertas del carruaje se abrieron, la reina esposa del príncipe, ahora rey de Norvak descendió de su carruaje con un andar tranquilo. Su vestido era sobrio, su postura firme, llevaba un velo por el frío que le cubría el rostro.

Camino hacia el hombre, dueño de los esclavos con esa seguridad que solo da la corona.

El hombre hizo una reverencia.

—Acepten el pago —dijo con calma frente al hombre de le presentó el pergamino.—. Se les compensará conforme a la ley, y entreguen a las personas.

Pero el lord dio un paso al frente, no iba a permitir qie le quitaran sus “bienes”.

—¿Y si nos negamos? —escupió—. ¿Va a encarcelarnos por hacer lo que siempre fue permitido?

La reina inclinó apenas la cabeza.

— ¿Permitido? — Cuestionó — Hace un año se emitió el decreto. Si me lo pregunta no debería siquiera darle la oportunidad, así que si, lo encarcelaría. — Dijó con dientes apretados.

El hombre rió perdiendo todo el respeto hacia la mujer.

—La maldita reina quiere encarcelar a quienes esclavizan… ¿no es eso lo mismo?

El aire se tensó. Un guardia lo iba a tomarlo prisionero por la falta de respeto a su majestad, pero la reina hizo un gesto para detenerlo y sonrió.

—No es malvado quitarle un derecho a quien insiste en quitárselo a otros —respondió con calma—. Eso no es crueldad. Es justicia. Y si no lo entiendes… — lo miro desafiante — aprenderás empatía desde una celda.

Dio la orden para que los guardias comenzaran a registrar, algunos se opusieron pero todo fue inutil, fueron sometiendo uno a uno.

Cuando rescataron a los esclavos, algunos no podían caminar, unos estaban contentos y otros desconcertados. Habia niños que salieron llorando, cubriéndose el rostro de la luz.

—Son libres —repetían los guardias—. Ya terminó.

Carretas esperaban afuera. Había mantas, comida, agua, documentos con sellos reales. El reino les proporcionaría refugio.

Erian caminaba juntos con los demas hacia las carretas, cuando los ojos de la reina se iluminaron, desde la distancia, se detuvo, reconociéndolo.

—Ese —ordenó en voz baja a uno de los guardias—. El joven de cabello oscuro, tráiganlo ante mi.

—Majestad, podría ser peligroso —advirtió un guardia. — Al rey no le gustará.

—He dicho que lo traigan.

El guardia no le quedó más que obedecer.

Se acercó a Erian y lo tomó del brazo.

— Ven muchacho, te han solicitado.

Erian no reaccionó de inmediato, pero le pareció muy extraño mientras el guardia lo arrastraba del brazo.

Cuando llegaron al carruaje Erian se lapensó un momento antes de subir.

—Que subas —repitió el guardia, impaciente, empujándolo.

La reina se percató de tal comportamiento.

—Con respeto —lo reprendió la reina al guardia desde el interior—. Aún no eres libre de olvidar tus modales.

El hombre se tensó.—Sí, majestad. — Hizo un gesto con la cabeza.

Erian subió tan tensó que no prestó atención al carruaje. Permaneció en silencio, con la respiración acción entrecortada.

Fue cuando la reina giró su rostro de la ventanilla del carruaje y levantó su velo, dejando su rostro al descubierto.

—Erian… cómo has crecido —dijo la mujer reacomodandose.

Erian frunció el seño.

Era Aria.

La mujer que había compartido con él la carreta de esclavos durante semanas. Tal vez meses.

—Debe sorprenderte verme así —añadió, sonriendo.

Erian apenas parpadeaba. Ella tenia los ojos blancos, su iris blanco apenas se distinguía de la esclera de sus ojos. Había dejado atrás ese tono verde aceitunado qie resalataba con la luz del sol.

Tenía sentido, si ella era la reina, sus ojos se volvían blancos, por que era el color del trono de Norvak.

—Perdón por no traer a Kael —continuó ella, suavemente—. Cuando te vi, lo busqué con la mirada, pero no lo reconocí. Los años cambian mucho en pocos años. Dime quién es y pediré que lo traigan con nosotros.

Erian tragó saliva.

—No es necesario. — Pudó decir apenas.

—Pero quiero verlo —insistió Aria, levantándose—. Ven, bajemos y—

—Kael murió. — Soltó Erian.

Aria se quedó inmóvil.

—¿Cómo…? —susurró—. ¿La fiebre?

Erian negó.

Fue cuando Aria recordó dónde estaban.

Sintio como el pecho se le cerraba.

Sabía que había sido producto de los amos.

—Ya veo…

Bajó la mirada un instante, una lágrima de le escapó.

—Lo siento mucho.

—Ya no importa —respondió Erian.

Aria no habló durante varios minutos.

El carruaje avanzaba lento, con el sonido apagado de las ruedas sobre la tierra..

—¿Cómo…? — Su majestad rompió él silencio, pero no pudo terminar.

Erian no la miró.

—No fue una enfermedad —dijo Aria vio que Erian temblaba y detuvo el carruaje un momento para pedir mantas para el—. Fue víctima de un acto inconcebible. Además — agregó Erian — el dolor por la ausencia de su magia se hizo presente justo antes.

Aria bajo la cabeza, ahora que ella era la reina entendía perfectamente. La paz que la magia proporcionaba, era algo dificil de explicar, y por tanto es difil para alguien vivir sin ella una vez que esta en ti. Fue algo por lo que le costó mucho a su esposo aceptarla .

Cuando Aria volvió a abrir los ojos , ya no había sorpresa en su mirada. El dolor y la ira que nunca se habían ido de ella volvieron con fuerza

— Entiendo. — respondió . —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó.

—Desde que nos separaron.

—¿Cuántos años? — Erian se encogió de hombro sin importarle el pasar de los años.

Erian no sabía.

Ella quería saber qué tan perdido estaba en el tiempo.

—No los conté.

Aria noto que estaba más alto, más delgado y demasiado serio para su edad..

—Han pasado cuatro años, estamos a finales del mes del deshielo, pero ahí siempre había hielo —dijo de pronto—. Hace dos lunas empezaron las plegarias a los tronos.

Erian levantó la vista.

—¿Y…?

—Hoy los mercados cerraron temprano —continuó ella—. Es día de celebración para muchas familias. Un día que suele marcar inicios.— Ella solo quería situarlo en el día y año exacto.

Erian bajó la mirada, tardó unos segundos en entender que le decía todo eso para situarlo en el tiempo.

Pero había una coincidencia.

Justo era su cumpleaños número dieciocho, la vida le entregaba lo único que había prometido a todos: la libertad. Pero de no le servía ahora.

—¿Cuántos años tienes, Erian? —preguntó Aria con suavidad.

—Hoy cumplo dieciocho.

Aria asintio, sorprendida de que justo hoy fuese su cumpleaños, sabía que esa sería su edad aproximada, pero no esperaba que hoy, los cumpliera.

Se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.

—Erian… dime tu nombre completo.

El cuerpo de Erian se tensó.

—Ya lo sabes .

—Dímelo tú. — Las cejas de la reina se alzaron.

Erian negó. Luego habló, casi sin voz.

—Zayon…. — Hizo una pausa — Erian de Zayon.

Ella solo lo miró.

—Ya sabía que eras tú, pero lo confirmé cuando llegue al castillo.—murmuró—. El niño del que nunca encontraron el cuerpo.

Erian parecia ignorarla, no la quería oír, no quería ir historias de lo que había pasado con su familia.

—Te creyeron muerto —continuó ella—. A ti… y a Kael. Todo su reino.

—Eso fue mejor —dijo Erian—. Para ellos.

Aria respiró hondo.

—Para el reino, no —corrigió—. Están en la esclavitud, Erian. Empiezan a morir de hambre… — Hizo una pausa para ver si veia una reacción en el — Se están empobreciendo.

Enrian tenía un gesto que decía que no le importaba nada.

Se acomodó en su asiento. Su postura cambió. Ya no hablaba solo como alguien que compartió un pasado con él.

Hablaba como reina.

—Erian de Zayon —dijo con claridad y el la miro como si le molestara. —. Desde este momento, eres libre. Nadie volverá a encadenarte. Nadie volverá a venderte. Y nadie tiene derecho a tocarte sin tu consentimiento.

Erian la miró por fin a los ojos y soltó una risa seca.

—¿Y luego qué?

Aria sostuvo su mirada sin parpadear.

—Luego vendrás conmigo.

—¿Para qué?

—Para comer —respondió—. Para dormir.

—No necesito compasión.

—No te la estoy ofreciendo —dijo ella con firmeza—. Te busqué incluso antes de que la esclavitud fuera abolida. Nadie supo decirme nada de ti ni de Kael.

Hizo una pausa.

—Solo intento devolverle algo al niño que me cuidó cuando yo no tenía nada.

Se inclinó un poco más hacia él.

—Te estoy ofreciendo protección.

Erian apretó la mandíbula.

—¿Y el precio?

Aria sonrió, esta vez sin dulzura.

— Voy a intentar no ofenderme por eso

Silencio.

—¿Por qué yo? —preguntó él—. Hay muchos como yo ahí afuera.

—Porque te busqué durante años, con ustedes cree un lazo, nuestros caminos se cruzaron por algo —respondió—. Porque sé quién eres. Sé lo que corre por tu sangre. Y por que — hizo una pausa — te necesito.

Los ojos del joven se endurecieron.

— Ya veo, no fue tu alma caritativa. Casi me engañas.

—No te confundas, que te necesite ahora no significa que no haya buscado antes de necesitarte. Y no solo yo te necesito. este reino va a necesitarte.

Erian entrecerró los ojos buscando ¿ que podría necesitar de él?

El carruaje cruzó las puertas del palacio al caer la tarde.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal del castillo.

—Hemos llegado, majestad —anunció una voz desde afuera.

Aria fue la primera en bajar tomando la mano de quien ayudó a bajar.

Erian dudo en bajar, pero aún se sentía un esclavo así que obedeció.

—Puedes bajar —dijo ella, sin mirarlo todavía—. Nadie te hará daño aquí.

Había aprendido a no confiar en nadie, a estará siempre alerta. Y permaneció quieto hasta que decidio salir.

Cuando se irguió y levantó la vista, se quedó inmóvil.

El castillo tenia torres altas, muros de piedra.

Era muy diferente al castillo que una vez fue su hogar, pero era igual de impresionante.

Antórchas encendidas en cada pasillo, y sirvientes atentos a las necesidades de su reina.

Algunos guardias lo miraron con curiosidad y otros con desconfianza. Nadie habló. Nadie se atrevería.

—Camina a mi lado —ordenó Aria, sin dureza.

Erian obedeció.

Las puertas se abrieron ante ellos y el interior fue aún más abrumador: techos altos, tapices, antorchas alineadas.

Erian bajó la cabeza por puro instinto.

—. No agaches la cabeza aquí.— dijo Aria en voz baj

Él alzó el rostro lentamente, solo por obedecer no por que lo merecíera.

Aria lo guió por largos pasillos hasta llegar a una estancia amplia y cálida. Una chimenea encendida. Una mesa con pan fresco, agua clara y comida caliente.

Erian se quedó en la entrada.

—¿Qué es esto?

—Tu habitación —respondió Aria.

—¿Una celda?

Ella lo miró con firmeza.

—No. Una habitación con una puerta que se abre desde dentro Erian.

Erian dudo al entrar, despues deslizó despacio encorvado, observando todo.

Aria hizo un gesto y los sirvientes se retiraron, dejándolos solos.

—Comerás —dijo—. Luego dormirás. Mañana vendrán médicos. Maestros. Quien haga falta.

—¿Y después? —preguntó Erian—. Ya me vas a decir que quieren de mi.

Aria se acercó despacio.

—Quiero devolverte lo que te robaron —dijo—. Tu nombre, tu dignidad, tu seguridad.

Erian apretó los puños.

—No veo como.

— Deja de quejarte quieres. — se quejó ella.

No era el niño, poco platicador pero amable que había conocido.

Guardó silencio un momento y luego añadió:

—Date un baño. Come y duérmete. Ordenaré que te traigan ropa limpia. Mañana hablarás con el rey.

Erian frunció el ceño.

—¿Con el rey? ¿Por qué?

— Mañana lo sabrás — respondió Aria saliendo de la habitación.

Erian se quedó solo inmóvil, observando la mesa se acercó a la comida pero no tomó nada.

Entró a la sala contigua, donde una gran tina humeaba, se sintió mal por anelarlo. Estaba tenso y si era una trampa, recibiría un castigo, lo sopesó y desoues de un momento decidio que valdría la pena.

Así que se desvistió y se introdujo en la tina, aunque el baño era satisfactorio no dejaba de tensarse.

El calor le aflojó los músculos, pero no la mente. Permaneció alerta, respirando con cuidado.

Se sintió culpable por disfrutarlo, aún así no bajaba la guardia.

Se preguntó en que momento prepararon esto, si ya sabían que venía.

Eso lo huzo tornarse alerta.

Había un espejo cerca, Erian se levantó saliendo de la tina, caminando hacia el reflejo m y se miró, lo que vio le desgrado, Estaba demasiado flaco, la piel pegada a los huesos. Con cabello largo y enredado, la piel quemada por el sol, los ojos hundidos y los labios desidratados y blancos, podia ver claramente donde empezaba y terminaba cada uno de sus huesos.

Dos sirvientas entraron con cuidado.

—Traemos ropa limpia, señor —dijeron en voz baja.

Se avergonzó de que lo vieran desnudo.

No le preguntaron nada, volvio a introducirse en la tina.

Las sirvientas comenzaron a cortarle el cabllo, cortaron su barba con manos suaves y lo restregaron con esponjas y jabón, cambiando el agua una y otra vez, hasta que quedó clara.

Cuando se retiraron, lo dejaron solo otra vez.

Se vistió solo con ropa limpia y parecia otro, pero aún no le gustaba lo que veia.

Se acercó a la mesa.

Comió más de lo que estaba acostumbrado… aunque menos de lo que deseaba. Su cuerpo ya no sabía recibir tanto, rápidamente se habi sentido lleno.

Luego se acercó a la cama.

Se recostó un momento, mirando el techo… y luego, sin pensarlo más, bajó al suelo. Se acomodó allí, como siempre había hecho y cerró los ojos.

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