Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
Lilian se miró en el espejo del vestidor. La ropa que Killian le había dejado no era la de una prisionera; era un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. Era una provocación. Al ponérselo, sintió que aceptaba una parte de su juego, pero no tenía otra opción. No iba a bajar desnuda, y no iba a darle el placer de verla derrotada.
Bajó las escaleras de mármol con el corazón martilleando contra sus costillas. La mansión estaba en un silencio absoluto, solo roto por el eco de sus propios pasos. Al llegar al comedor, lo vio.
Killian presidía una mesa inmensa, iluminada solo por velas que proyectaban sombras alargadas en las paredes. No había criados a la vista. Solo estaban ellos dos, separados por metros de madera oscura y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
—Llegas a tiempo —dijo él sin levantar la vista de su plato—. Siéntate.
Lilian no se movió. Se quedó de pie en el umbral, manteniendo la distancia.
—No tengo hambre. Y no soy tu invitada.
Killian dejó los cubiertos a un lado y se recostó en su silla. La luz de las velas hacía que sus ojos de acero brillaran con una advertencia peligrosa.
—No te pregunté si tenías hambre. Te di una orden. Y en esta casa, las órdenes no se discuten, se ejecutan. Siéntate, Lilian, o te obligaré a hacerlo de una forma que hará que desees no haber nacido.
El tono de su voz, frío y carente de cualquier emoción, la obligó a avanzar. Se sentó en el extremo opuesto, lo más lejos posible de él. Frente a ella había un plato de carne término medio, roja y sangrienta, flanqueada por una copa de vino tinto.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, clavando la mirada en él—. Si odias a mi padre, ve tras él. Yo no he hecho nada.
—Tú eres su posesión más preciada, o al menos eso cree el mundo —Killian tomó un sorbo de vino, observándola por encima del borde de la copa—. Pero lo más importante es que eres el único espejo donde él puede ver su propia suciedad. Al tenerte aquí, le estoy quitando su máscara de hombre perfecto.
—Él es un buen hombre —insistió ella, aunque su propia voz le sonó poco convencida.
Killian soltó una carcajada seca. Se puso de pie y caminó hacia ella con una lentitud que hizo que Lilian se tensara. Se detuvo justo detrás de su silla. Ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una presencia física que la hacía sentir pequeña y vulnerable.
—¿Un buen hombre? —Killian se inclinó, apoyando las manos en el respaldo de la silla de Lilian, atrapándola—. ¿Un buen hombre enviaría a la cárcel a un chico de dieciocho años por un crimen que el propio hijo del juez cometió? ¿Un buen hombre aceptaría sobornos de carteles para firmar órdenes de extradición?
Lilian sintió un escalofrío.
—Eso es mentira.
—Tengo los registros bancarios, Lilian. Tengo las grabaciones. Tu vida de lujos se pagó con la sangre de personas que no tuvieron tu suerte —él bajó la voz hasta convertirla en un susurro letal cerca de su oído—. No estás aquí para pagar por tus pecados. Estás aquí para descubrir que eres la hija de un monstruo.
Killian extendió la mano y tomó un mechón de cabello de Lilian, enrollándolo en su dedo. Ella quiso apartarse, pero su cuerpo no respondió; estaba congelada por una extraña mezcla de pánico y una chispa de algo que se negaba a admitir.
—Ahora, come —ordenó él—. Necesitas fuerzas para lo que viene.
—¿Qué es lo que viene? —preguntó ella, girando la cabeza para mirarlo. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Tu educación —respondió Killian con una sonrisa gélida—. Esta noche empieza tu nueva vida. Mañana, el mundo creerá que estás muerta. Y para cuando se den cuenta de que estás viva, ya no serás la misma chica que entró por esa puerta.
Killian soltó su cabello y se alejó hacia la salida del comedor, dejándola sola frente al plato de comida fría y la verdad que empezaba a desmoronar su mundo.
Lilian miró el vino tinto en su copa. Parecía sangre. Tomó el cristal con manos temblorosas y bebió un largo trago. El líquido le quemó la garganta, pero le dio el calor que necesitaba para no romperse. Sabía que Killian estaba jugando con su mente, que quería que dudara de todo.
Pero mientras miraba las sombras que bailaban en la pared, Lilian se hizo una promesa: si su padre era un monstruo y Killian era otro, ella tendría que aprender a ser el monstruo más grande de todos para sobrevivir entre ellos.
Cerró los ojos y, por primera vez, no rezó por un rescate. Rezó por tener la fuerza suficiente para devolver cada golpe.