A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 17 vida y destino
El trayecto en el coche de Marc fue una sinfonía de silencios pesados y el rítmico parpadeo de las luces de la ciudad reflejándose en el cristal. Ian se mantenía apoyado contra la ventanilla, observando el mundo exterior con la mirada perdida, como si intentara descifrar las letras de una canción que aún no terminaba de escribir. El encuentro con Eliah en la oficina todavía vibraba en su piel; el calor de aquel beso robado y la frialdad de sus propias palabras de rechazo creaban un nudo difícil de deshacer en su garganta.
Marc manejaba con una calma tensa, sus manos firmes en el volante. Él conocía a su hermano mejor que nadie; había estado allí para recoger los pedazos cuando, hace cuatro años, el mundo de Ian se desmoronó tras la ruptura con el delta. Sabía que ese silencio no era de paz, sino de procesamiento.
—Podría haberlo echado del proyecto, ¿sabes? —rompió Marc el silencio, su voz suave pero cargada de intención—. Podría haber buscado a cualquier otro arquitecto para el nuevo estudio. Hay cientos en la ciudad que darían un brazo por trabajar conmigo. Pero él es el mejor en lo que hace.
Ian no se movió. —Es un buen arquitecto, Marc. Solo eso.
Marc soltó una risa seca, sin rastro de burla.
—Ian, te vi en esa oficina. Te vi la cara cuando las puertas se abrieron. No me mientas a mí, y sobre todo, no te mientas a ti mismo. Han pasado cuatro años, has llenado estadios, has ganado premios y has viajado por todo el mundo... pero cuando él te toca, parece que vuelves a tener 19 años y que el tiempo no ha pasado.
El coche se detuvo en un semáforo en rojo. Marc giró la cabeza para mirar a su hermano menor, buscando sus ojos.
—Dime la verdad, Ian. ¿Aún sientes algo por ese Delta? ¿Aún queda algo de aquel año que vivieron juntos en medio de esas ruinas que él llama "errores"?
Ian cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo. Por un momento, el gran delta y excelente arquitecto desaparecio, dejando solo al hombre que una vez amó profundamente a alguien que no supo cuidarlo.
—No es tan simple, Marc —respondió Ian, casi en un susurro—. Siento... estática. Siento rabia por lo que hizo y siento pánico por lo que todavía me hace sentir. Pero eso no significa que quiera volver. Mi vida ahora es perfecta, tengo mi carrera, tengo mi paz. Volver a Eliah es como entrar en un edificio que sabes que tiene los cimientos rotos.
Marc asintió, volviendo la vista a la carretera mientras el semáforo cambiaba a verde.
—Entiendo tu miedo. Pero a veces, por más que corramos, hay hilos que no se cortan. El destino tiene una forma muy retorcida de ponernos frente a lo que más nos asusta.
Ian frunció el ceño. —¿Me estás diciendo que debería perdonarlo? Hace un momento querías matarlo en la oficina.
—Quiero matarlo cada vez que te hace llorar o dudar de ti mismo —aclaró Marc con firmeza—. Pero también soy realista. A veces es difícil escapar de lo que la vida y el destino nos tienen preparado. Si la vida lo ha puesto de nuevo en tu camino después de cuatro años, y justo ahora que estás en la cima, quizá no sea solo para que lo ignores. Quizá hay algo en esa estructura que necesita ser reconstruido de verdad, no solo demolido.
Ian miró sus propias manos. Eran manos que tocaban el piano ante miles de personas, manos que firmaban contratos millonarios. Eran manos fuertes, pero cuando Eliah lo sujetaba, se sentían pequeñas de nuevo.
—¿Y si me vuelve a fallar? —preguntó Ian, la vulnerabilidad filtrándose en su voz—. No soy el mismo de antes, Marc. Si me rompo ahora, no solo me rompo yo. Se rompe mi carrera, mi equipo, mi imagen. Hay demasiada gente dependiendo de que yo sea "Ian, el cantante perfecto".
—Ese es el riesgo de estar vivo, hermano —dijo Marc mientras estacionaba el coche frente a la casa de sus padres—. Puedes vivir en un búnker de cristal donde nadie te toque, o puedes aceptar que el destino a veces nos obliga a enfrentarnos a nuestras grietas más profundas. Eliah cometió un error grave, y tiene treinta años; ya debería saber que las acciones tienen consecuencias. Pero también veo cómo te mira. Te mira como si fueras la única obra de arte que vale la pena salvar de un incendio.
Marc apagó el motor y puso una mano sobre la de Ian.
—Solo piénsalo. No tienes que decidir hoy , pero deja de fingir que no sientes nada. El destino es terco, Ian. Y Eliah, para bien o para mal, parece ser una parte del tuyo que se niega a ser borrada del mapa.
Ian bajó del coche sin decir una palabra más, pero mientras caminaba hacia la entrada de la casa, sintió que el aire pesaba un poco menos. Las palabras de su hermano le habían dado permiso para aceptar lo que tanto intentaba ocultar: que el arquitecto todavía tenía los planos de su corazón, y que escapar de ese diseño iba a ser la batalla más difícil de su vida.