"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 3: El sabor del engaño
Caminar por los pasillos del palacio real detrás de Jeon Youngjae era como caminar por el filo de una katana. Cada sombra parecía tener ojos, y cada crujido de la madera bajo mis pies —tan diferentes a sus pasos felinos y silenciosos— me recordaba que yo era un error en la matriz del tiempo. Youngjae se movía con una gracia letal, su capa roja barriendo el suelo con un siseo que ponía mis nervios de punta.
Llegamos a una pequeña estancia privada, alejada de los grandes salones de audiencia. Era un lugar austero pero elegante, impregnado de ese aroma a sándalo que empezaba a asociar irremediablemente con él. El Rey se sentó en un cojín de seda, me señaló el suelo frente a él con un gesto imperioso y me observó durante lo que parecieron horas.
—Dices que vienes de un lugar donde no existen los reyes tal como yo los conozco —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Dices que sabes cuándo caerá mi cabeza. Pero aquí, ahora, solo eres una mujer sin linaje, sin papeles y con una ropa que ofende a la vista.
—Mi ropa es funcional, Youngjae… perdón, Su Majestad —corregí, apretando los dientes al ver la chispa de molestia en sus ojos por mi falta de decoro—. En mi tiempo, las mujeres no necesitamos diez capas de seda para ser respetadas.
Él soltó un bufido que casi pareció una risa.
—Aquí, si no tienes un propósito, eres un estorbo. Y los estorbos en mi palacio terminan en el foso o en la horca. No puedo tenerte deambulando con esos "pantalones de entrenamiento" y asustando a los eunucos. Si quieres vivir, si quieres que te mantenga cerca para escuchar tus profecías sobre mi muerte, necesitas una identidad.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. La distancia entre nosotros se acortó peligrosamente. Sus ojos obsidianos me escaneaban, buscando una utilidad práctica en mi cuerpo menudo.
—Dime, Kang Yoona, ¿qué sabe hacer una "historiadora" del futuro? ¿Sabes bordar? ¿Sabes tocar el gayageum? ¿Sabes, al menos, preparar algo que no sea veneno en una cocina?
Me quedé helada. Mis habilidades culinarias se limitaban a usar el microondas, pedir comida por aplicación y, en mis mejores días, preparar un ramen instantáneo con un huevo escalfado. Pero miré su rostro, esa mezcla de desafío y una extraña esperanza contenida, y supe que si decía que no sabía hacer nada, me enviaría a las lavanderías reales donde nunca volvería a verlo. O peor.
—Sé cocinar —mentí descaradamente, mi voz firme a pesar de que mis entrañas eran gelatina—. En mi tiempo, la cocina es una ciencia. Conocemos sabores y especias que en tu era ni siquiera han soñado.
Youngjae arqueó una ceja, claramente escéptico.
—¿Ah, sí? Los cocineros reales son los mejores del reino. Cada plato que pruebo pasa por diez manos antes para asegurar que no intenten matarme. Si vas a ser mi empleada personal, mi "especialista en sabores" del futuro, tendrás que demostrarlo.
—¿Tu empleada personal? —repetí, la palabra sonando extraña en mi boca.
—Mi sirvienta de confianza —corregió él con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una sonrisa que prometía posesión—. Estarás bajo mi protección directa. Dormirás en una de las cámaras anexas a mis aposentos. Si alguien te pregunta, eres una pariente lejana de un erudito del norte que ha perdido a su familia. Y si fallas en la cocina, Yoona… bueno, siempre puedo entregarte a los guardias que tanto deseas evitar.
Me llevó personalmente hacia las cocinas reales aprovechando el cambio de guardia nocturno. El lugar era inmenso, lleno de ollas de hierro, fuego de leña y estantes con vegetales que apenas reconocía. Los pocos sirvientes que quedaban se arrodillaron hasta tocar el suelo con la frente al ver al Rey. Nadie se atrevió a mirarme, aunque sentía sus preguntas quemando el aire.
—Prepara algo —ordenó Youngjae, cruzándose de brazos y apoyándose contra una columna de madera—. Algo que demuestre que ese futuro tuyo vale la pena.
El pánico me golpeó. Miré a mi alrededor. No había salsa de soja embotellada, no había azúcar refinada, no había nada de lo que yo consideraba "básico". Pero entonces, vi unos brotes de soja, carne de cerdo colgada, ajo, jengibre y lo que parecían chiles rojos secos.
Piensa, Yoona. Piensa en lo que comías en el dormitorio de la universidad cuando te quedabas sin dinero.
Empecé a moverme por instinto. El Rey no apartaba la vista de mí. Sus ojos seguían mis manos mientras yo, torpemente, usaba un cuchillo de hierro pesado para picar el jengibre. La fricción entre nosotros era casi tangible; cada vez que yo pasaba cerca de donde él estaba para buscar un ingrediente, el aire se volvía pesado, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el fuego de la cocina.
—Te mueves con una confianza extraña para ser una mujer —observó él, su voz baja, solo para mis oídos—. No bajas la cabeza cuando hablas. Me miras como si fuéramos iguales. ¿Es así como son las mujeres en tu tiempo? ¿Todas son tan… insolentes?
—Somos libres, Youngjae —respondí, concentrada en saltear la carne en una sartén profunda—. No pedimos permiso para existir.
Él soltó una risa ronca.
—Libertad. Una palabra peligrosa en un palacio de traidores.
Logré improvisar una versión rudimentaria de un salteado picante con los ingredientes que encontré. No era una obra de arte, pero el aroma del jengibre y el ajo dorándose llenó la estancia. Cuando serví una pequeña porción en un cuenco de cerámica y se lo ofrecí, mis dedos rozaron los suyos. Fue un contacto breve, pero sentí un calambre que me subió por el brazo. Él no retiró la mano de inmediato; sus dedos largos y fuertes presionaron suavemente los míos antes de tomar el cuenco.
Youngjae probó la comida. Sus ojos se cerraron por un instante. El sabor era fuerte, picante, diferente a la comida sutil y a veces insípida de la corte.
—Es… agresivo —comentó, mirándome con una intensidad nueva—. Como tú.
—Es el sabor de la supervivencia —repliqué.
Justo cuando iba a decir algo más, un eunuco entró corriendo, pálido como la cera. Se detuvo en seco al ver al Rey en la cocina, pero la urgencia era mayor que su miedo.
—¡Su Majestad! ¡Perdón por la intrusión! Pero el Ministro de Guerra, Park Choong-hee, insiste en verlo. Han encontrado mensajes cifrados en las palomas del sur. Dicen que… dicen que la "Luz de Joseon" debe ser apagada antes de la próxima luna llena.
El rostro de Youngjae cambió en un segundo. La curiosidad y la extraña suavidad que había mostrado conmigo desaparecieron, reemplazadas por la máscara de hierro del tirano. Dejó el cuenco de comida a un lado, su mano volviendo instintivamente al pomo de su espada.
—Parece que tus libros de historia no mentían, Kang Yoona —dijo, dándose la vuelta para salir—. La cacería ha comenzado antes de lo esperado.
Se detuvo en el umbral y me miró por encima del hombro.
—Quédate aquí. Si sales de esta cocina sin mi permiso, no podré garantizar que conserves esa lengua tan afilada que tienes. Mañana empezarás tus labores como mi sirvienta personal. No te alejes de mi sombra… es el único lugar seguro en este palacio de víboras.
Cuando salió, me quedé sola en la cocina humeante, con el corazón martilleando contra mis costillas. Sabía lo que venía. En mis clases de historia, el complot de los Park era famoso por ser el inicio del fin. Pero también sabía algo que Youngjae no: el Ministro Park no estaba solo. Tenía un infiltrado dentro de la guardia personal del Rey.
Miré mis manos manchadas de carbón y grasa. Ya no era solo una observadora. Si quería sobrevivir para volver a mi tiempo, o simplemente para ver la luz del sol al día siguiente, tenía que salvar al tirano.
Porque, aunque los libros decían que era un monstruo, la forma en que me había mirado en esa cocina me decía que había algo más profundo, algo roto y humano que valía la pena proteger. O tal vez, simplemente, yo ya estaba cayendo en su trampa.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞