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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:932
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El asedio de los espejos

​El parpadeo rojo en la pantalla del monitor era como un latido de advertencia. Mateo sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. El coche de Donato de la Vega se detenía a menos de doscientos metros del complejo de contenedores.

​—Despierta —susurró Mateo, sacudiendo suavemente a Adrián—. Ya está aquí.

​Adrián se incorporó de golpe, sus ojos desorbitados por el rastro del sueño.

​—¿Cómo? Es imposible. Fui cuidadoso...

​—Tu padre no es un hombre que use solo la lógica, Adrián. Usa recursos. Debe haber rastreado la señal de algún repetidor que usamos en el muelle o simplemente ha comprado a alguien en la central de GPS —Mateo empezó a teclear frenéticamente, apagando los sistemas secundarios para ahorrar energía y ocultar el brillo de las pantallas—. Tenemos tres minutos antes de que sus hombres empiecen a golpear las puertas de metal.

​El rugido del lobo

​Afuera, el sonido de la lluvia fue reemplazado por el crujido de neumáticos sobre la grava pesada. Tres camionetas negras se posicionaron en semicírculo frente al contenedor de Mateo. Donato de la Vega bajó de la del medio, protegido por un paraguas negro que sostenía uno de sus escoltas. Su rostro, iluminado por los faros, no mostraba ira, sino una determinación quirúrgica.

​—¡Adrián! —la voz de Donato, amplificada por un megáfono, cortó el aire gélido—. Sé que estás ahí con ese chico. No hagas que esto sea más difícil de lo que ya es. Salgan ahora y podremos arreglarlo en familia. Mateo puede irse... ileso.

​Mateo soltó una risa amarga mientras cargaba una mochila con los discos duros esenciales.

​—Miente —dijo Mateo—. Si salimos, lo primero que hará será destruir los discos y asegurarse de que yo nunca pueda volver a hablar. Y a ti te encerrará en esa misma clínica donde tiene a tu madre.

​Adrián miró a su alrededor. El contenedor era una caja de metal, una trampa mortal si decidían asediarla. Pero Mateo no era un improvisado.

​—¿Recuerdas lo que te dije sobre el sistema de seguridad? —preguntó Mateo, entregándole a Adrián un pequeño dispositivo remoto—. No solo hackeé las cámaras del puerto. También hackeé las grúas de carga del sector B.

​La danza del hierro

​Donato hizo una señal. Dos de sus hombres se acercaron a la puerta del contenedor con una cizalla hidráulica. El sonido del metal siendo forzado chirrió como el grito de un animal herido.

​—Ahora —ordenó Mateo.

​Adrián presionó el botón.

​A cincuenta metros de distancia, una inmensa grúa de pórtico, automatizada y silenciosa bajo la lluvia, empezó a moverse sobre sus rieles. El brazo mecánico descendió y enganchó un contenedor vacío que colgaba sobre la zona de aparcamiento de las camionetas. Con un movimiento brusco, el contenedor de veinte toneladas cayó sobre el motor de la primera camioneta, creando una explosión de metal y cristal que hizo que los hombres de Donato retrocedieran en pánico.

​—¡Corran! —gritó Mateo.

​Abrieron la trampilla trasera del contenedor, una salida de emergencia que Mateo había cortado meses atrás y camuflado con una lona. Se deslizaron hacia el laberinto de pasillos que formaban las pilas de contenedores vecinos.

​El caos se desató. Donato gritaba órdenes mientras sus escoltas sacaban armas, disparando hacia las sombras donde creían ver movimiento.

​El callejón del sacrificio

​Corrieron entre las inmensas paredes de acero, el eco de sus pasos confundiendo a sus perseguidores. Pero Donato conocía el terreno mejor de lo que esperaban. Había contratado a los guardias del puerto años atrás; el lugar era, en esencia, su patio trasero.

​—¡Por aquí! —dijo Adrián, arrastrando a Mateo hacia una escalera de mano que subía a la parte superior de las pilas—. Si llegamos arriba, podemos saltar a la cinta transportadora de carbón. Nos sacará del perímetro.

​Subieron a pulmón batiente. Cuando llegaron al techo, a diez metros de altura, el viento y la lluvia los azotaron con fuerza. Abajo, vieron a Donato. El hombre se había despojado del paraguas y miraba hacia arriba, con una pistola en la mano. Su máscara de padre civilizado se había caído por completo.

​—¡Mateo! —rugió Donato—. Crees que eres el arquitecto de este juego, pero solo eres el cemento que voy a enterrar bajo mis cimientos. ¡Baja a mi hijo ahora y te daré una muerte rápida!

​—¡Nunca! —respondió Mateo, asomándose al borde—. Usted ya perdió, Donato. Los archivos están subiéndose a una nube encriptada. Si nos pasa algo, la clave se enviará automáticamente a la fiscalía.

​Fue un farol. La conexión del puerto era demasiado lenta para una subida de ese calibre, pero Donato dudó. En ese segundo de duda, Adrián tomó una decisión que cambiaría el curso de la noche.

​—Quédate aquí, Mateo —susurró Adrián.

​—¿Qué vas a hacer?

​—Lo que debí hacer hace un año.

​El enfrentamiento final

​Adrián bajó por la escalera lateral con una agilidad suicida, saltando los últimos tres metros para aterrizar frente a su padre. Los escoltas apuntaron sus armas, pero Donato les hizo una señal para que bajaran los cañones.

​—Finalmente entras en razón, hijo —dijo Donato, acercándose.

​—No vengo a rendirme, papá —dijo Adrián, su voz firme a pesar del temblor de su cuerpo—. Vengo a decirte que ya no te tengo miedo. Ni a ti, ni a tus mentiras, ni a lo que puedas hacerme. Mateo me enseñó algo que tú nunca pudiste: que la verdad duele, pero la mentira te pudre por dentro.

​Donato abofeteó a su hijo con tal fuerza que Adrián cayó de rodillas sobre el barro. Mateo, desde arriba, sintió que el alma se le salía del cuerpo. Estuvo a punto de saltar, pero vio que Adrián le hacía una señal con la mano detrás de su espalda: espera.

​—Eres un débil —escupió Donato—. Igual que tu madre. Ella también creía que la moralidad importaba más que el poder. Mírala ahora, ni siquiera sabe qué día es.

​—Ella sabe perfectamente qué día es —respondió Adrián desde el suelo, con una sonrisa sangrienta—. Porque antes de que Mateo me sacara de la casa, logré entrar en tu despacho y cambiar sus medicamentos por placebos. Lleva dos días despertando, papá. Y Elena, la abogada de Mateo, ya está con ella.

​Donato palideció. El mundo que había construido con tanto cuidado se desmoronaba por el flanco que menos esperaba. En ese momento de distracción, el sonido de sirenas empezó a resonar a lo lejos. No eran sirenas de la policía comprada por Donato; eran las de la Policía Federal, alertadas por la denuncia masiva que Elena había presentado con los documentos que Mateo le envió esa misma noche.

​El beso de la libertad

​Donato, viéndose acorralado, levantó su arma hacia Adrián en un último arrebato de locura.

​—Si yo caigo, tú vienes conmigo.

​¡BANG!

​El disparo resonó en todo el puerto, pero no fue Donato quien disparó. Javier, el amigo traicionado, apareció desde la sombra de un contenedor cercano, sosteniendo una pistola de bengalas que había robado de un barco. El proyectil de luz cegadora golpeó el parachoques de la camioneta de Donato, creando una cortina de humo y magnesio que desorientó a todos.

​Mateo aprovechó el caos para saltar desde la pila de contenedores, cayendo sobre uno de los escoltas y derribándolo. Corrió hacia Adrián, levantándolo del suelo mientras la luz roja de la bengala bañaba la escena con un tinte infernal.

​—¡Tenemos que irnos! —gritó Mateo.

​Corrieron hacia la salida trasera justo cuando las patrullas federales irrumpían en el recinto. Vieron, por el espejo retrovisor mientras huían en el auto de Javier (quien los esperaba con el motor en marcha), cómo Donato de la Vega era esposado y obligado a arrodillarse en el mismo barro donde minutos antes había humillado a su hijo.

​El amanecer de las cenizas

​Dos horas después, estaban en una habitación de motel barata en la frontera de la ciudad. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo de la ducha donde Adrián se lavaba la sangre y el barro.

​Cuando Adrián salió, envuelto en una toalla blanca, se encontró a Mateo sentado en la cama, mirando hacia la ventana donde el primer rayo de sol empezaba a teñir el cielo de un rosa pálido.

​—Se acabó —dijo Mateo, sin girarse.

​Adrián se sentó a su lado. El peso de la libertad era tan abrumador como el de la opresión.

​—¿Qué somos ahora, Mateo? —preguntó Adrián—. Ya no somos el chico popular y el marginado. Ya no somos el verdugo y la víctima. Ni siquiera somos el chantajista y el peón.

​Mateo se giró y lo tomó por el rostro. Sus pulgares acariciaron el moretón que empezaba a formarse en la mejilla de Adrián.

​—Somos los sobrevivientes —respondió Mateo—. Y eso es mucho más peligroso. Porque ahora no tenemos a nadie a quien odiar excepto a nosotros mismos... o a nadie a quien amar excepto al otro.

​Se besaron una vez más, pero esta vez fue un beso limpio. Sin sabor a venganza, sin sabor a miedo. Era un beso que sabía a un comienzo difícil, a un camino lleno de cicatrices, pero por primera vez, era un beso que les pertenecía solo a ellos.

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