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La Última Mujer Vampiro

La Última Mujer Vampiro

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Dominación / Amor prohibido / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Edgar Romero

Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.

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Capítulo 3

Mi vida cambió, por completo, cuando descubrí que, en efecto, yo era una mujer vampiro. Ya estaba en la academia de policía, cuando le mordí el cuello a un chico que me gustaba mucho, sedienta de sangre, y que también quería ser agente de la ley. Fue un impulso de pronto, en realidad. Hubert me enloquecía. Era guapo, alto, hermoso, fornido, con unos brazos tan grandes que me excitaban demasiado, encendía los fuegos de mis entrañas y por eso lo deseaba enajenada y rogaba que me hiciera suya. Sin embargo Hubert estaba enamorado de otra chica, y no me hacía mayor caso, lo que me frustraba y me hacía sentir desesperada y angustiada.

   Lo que yo no sabía es que esa desesperación, esa angustia y esa desilusión, hacían que mi sangre se enervaba en los tubos de mis venas y se volvía un géiser,  impulsada por mis deseos de saborear la sangre de Hubert. Él me excitaba demasiado. me encantaba verlo tan hermoso, me seducía su sonrisa tan varonil, los vellos que alfombraban su pecho y su espalda gigante como la de un mastodonte. Todo era bella en Hubert.

   Yo lo soñaba, lo anhelaba, lo ansiaba y lo veneraba. Mis sueños de alcoba le pertenecían a Hubert. Lo veía aparecer por mi ventana desnudo, mostrando su virilidad igual a un gran petardo de dinamita a punto de estallar, con su cuerpo pincelado en roca y su imagen de divinidad helénica que desataban mis deíficas cascadas y me hacía aullar como una mujer lobo, queriendo, a gritos que me haga suya.

   No pude resistir más la tentación y los deseos de tenerlo entre mis brazos y que me bese, me acaricie y me haga suya.  Esa noche, después que terminaron las prácticas de tiro en el polígono de la academia de policía, lo esperé a Hubert, embozada entre las sombras, hambrienta de él. Estaba enloquecida en realidad y no me importaba si él me abofeteaba o me denunciaba ante los mandos por acoso, pero yo quería besarlo, estaba enervada, como les digo, y prendada y deseando comérmelo a besos.

   Hubert se apareció rumbo a su barraca y ¡pum! lo jalé del brazo en la oscuridad y empecé a besarlo con pasión y desenfreno. Hubert al principio se sorprendió pero luego le gustó saborear mis labios tan rojos, apetitosos, dulces como la miel, sabrosos y sensuales y excitantes, que se apasionó el doble que yo y sus manos, de inmediato, fueron a ms nalgas, estrujándome con desenfreno. Lo que yo no sabía es que Hubert tenía mucha fijación por mis glúteos y por eso no tuvo reparo en constatar lo redondos, firmes, sensuales y sexys que eran mis posaderas.

    Nos estuvimos besando largo rato, gimiendo, sollozando, delirando, cuando de repente, sentí que mi sangre  empezó a hacer olas en mi cuerpo, mis entrañas se tornaron en lanzallamas, el fuego se apoderó de todo mi cuerpo, volviéndome en una gran antorcha, empecé a echar humo de las narices, mis ojos se inyectaron también de fuego, me fui encrespando igual a una leona iracunda y sentí que mis colmillos empezaban a afilarse hasta tornarse en verdaderos sables, larguísimos, sedientos de sangre.

    Hubert pensaba que yo estaba completamente excitada por su virilidad y prosiguió no solo saboreando con delicia mi boca, sino que sus manos iban y venían por mis muslos, mis cintura, los brazos, la espalda y disfrutaba de mis fuegos, provocándole calcinarse también en mis llamas.

     Y fue que de pronto sentí unos deseos irrefrenables de morderlo, de  beberle su sangre y hacerlo mío y ¡pum! sin meditar en nada, le hundí mis colmillos en su cuello, en forma muy profunda hasta llegar hasta a sus arterias y comencé a saborear encandilada de su sangre caliente, deliciosa, dulce, chupándolo con mucho placer igual si fuera un dulce o surtido de frutas. En ese mismo instante que saboreaba la sangre de Hubert me sentí volando por las estrellas, obnubilada y eclipsada, más excitada que antes, extasiada, alzando un pie encandilada, y sintiendo miles de relámpagos y descargas eléctricas remeciendo mi adorable y perfecta anatomía.

    Hubert gritó porque mis colmillos lo perforaron muy hondo en su cuello y luego él se derrumbó al suelo, bañado en sangre, aullando de dolor, conmocionado en realidad por el feroz mordisco que le había dado.

    Quedé espantada, tanto que salí corriendo de allí, aterrada, y me perdí, otra vez, entre las sombras. Fui hasta mi litera y me metí debajo de mis edredones, temblando de miedo, llorando angustiada, pensando en  que había matado de un mordisco a Hubert.

   Cerca de las tres de la mañana, sin poder dormir por la angustia, preocupada por lo que le había pasado a Hubert, asustada por tanto silencio, llorando sin cesar, me levanté y fui a lavarme al baño a lavarme la cara. Aún tenía la boca encharcada en sangre y mis colmillos continuaban allí, tan largos como sables,  puntiagudos, amenazantes, con ansias de seguir bebiendo la sangre humana,  la mirada prendida en fuego, jadeando y echando humo de las narices.

    Esa noche descubrí que yo era una mujer vampiro.

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