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Esposa Sustituta

Esposa Sustituta

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Mafia / Completas
Popularitas:12.6k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 2

Hubo música, risas, brindis interminables. Las copas chocaban una y otra vez en un sonido que se me clavaba en los oídos como una advertencia constante. Todos celebraban algo que sabían falso. Todos sonreían ante un altar que había sido testigo de una mentira perfectamente ejecutada.

Yo solo quería irme de una vez.

No soportaba un segundo más entre aquellas paredas de oro y cristal. Cada sonrisa que me dirigían era una máscara que amenazaba con caerse. Cada "felicidades" que susurraban al pasar era un alfiler que pinchaba la burbuja de mentiras en la que me sostenía.

Me levanté sin hacer ruido, sin despedirme, sin esperar a que nadie me detuviera. Nadie lo haría, de todas formas. Para ellos, yo era Ariana. Y Ariana siempre había sido temperamental, impredecible. Si la novia decidía marcharse temprano de su propia fiesta, solo dirían que era fiel a su carácter.

Salí al exterior con el paso firme, aunque por dentro temblaba. El vestido de novia pesaba sobre mí como una armadura que no me pertenecía, terriblemente incómodo, demasiado ajustado en los lugares equivocados. Las costuras me mordían las costillas y la tela me rozaba los brazos con cada movimiento. Todo estaba diseñado para ella, para su cuerpo, para su vida.

Y yo solo estaba de paso.

Busqué al chófer con la mirada. Lo encontré junto al coche negro que me había traído hasta allí, apoyado contra la puerta con la paciencia de quien está acostumbrado a esperar.

—Llévame —dije, sin preámbulos, con la voz más firme de lo que me sentía—. Quiero irme.

Aún llevaba el vestido de novia. Aún llevaba el velo medio desprendido que me colgaba de la nuca como un recordatorio absurdo de lo que acababa de fingir.

El chófer me miró con cierta incomodidad. Sus ojos recorrieron mi atuendo, luego mi rostro, y finalmente se posaron en algún punto detrás de mí, como si buscara la aprobación de alguien más.

—Lo siento, señora —respondió al fin—. No puede irse sin el permiso del jefe Alessandro.

Sentí cómo la sangre me hervía en las venas. No era indignación, no exactamente. Era el cansancio acumulado de semanas de silencio, de meses de ser invisible, de toda una vida siendo la hermana que nadie veía hasta que la necesitaban para limpiar los desastres de la otra.

—Te dije que me lleves —exclamé, y esta vez mi voz sí tembló, pero no de miedo—. O me iré caminando.

Lo habría hecho. Lo habría hecho sin dudarlo. Habría caminado con este vestido absurdo por las calles oscuras, con los pies sangrando y la cabeza en alto, antes que seguir siendo una marioneta un segundo más.

—Llévala.

La voz llegó desde detrás de mí, grave y serena. No era una orden gritada ni un reclamo. Era peor: era una afirmación, una certeza, una sentencia pronunciada sin esfuerzo por alguien acostumbrado a que todos obedecieran.

Cuando voltee, lo vi.

Alessandro Moretti estaba a unos pocos metros, con las manos en los bolsillos del pantalón, la chaqueta del traje desabotonada y una expresión que no logré descifrar. La luz de los faroles del jardín le marcaba el rostro con sombras afiladas, y en la penumbra parecía más alto, más ancho, más imponente. Había algo salvaje en su presencia, algo que no pertenecía a los salones de cristal ni a las mesas impecables.

Algo que me recordó por qué todos le temían.

—Sí, señor —dijo el chófer, y abrió la puerta trasera del coche con una rapidez que contrastaba con su titubeo anterior.

Antes de subir, me quité los zapatos.

No eran de mi talla. Lo supe desde el momento en que me los calzaron esa mañana, cuando la asistente de mi madre los deslizó en mis pies con una sonrisa que no admitía objeciones. Los había sujetado con los dedos durante toda la ceremonia, tensando los músculos de las piernas para que no se me resbalaran. Ahora, después de horas de estar de pie, mis pies estaban en carne viva. Los talones despellejados, los empeines marcados con líneas rojas que amenazaban con abrirse en heridas.

Cabe recalcar que mi gemela y yo no somos tan iguales.

Nos parecemos, claro. Suficiente para engañar a la distancia, para confundir a quienes nos ven poco. Pero no tenemos los mismos talles. No calzamos el mismo número. Nuestros cuerpos, aunque similares, guardan diferencias que solo quienes nos conocen bien podrían notar.

El vestido de novia y los zapatos fueron hechos a medida de ella.

Ellos sabían que ella había huido. Sabían que yo ocuparía su lugar. Y aún así, no fueron capaces de cambiarlo. O no quisieron. Quizás pensaron que no importaba, que yo podía soportar unas horas de incomodidad como había soportado toda mi vida ser la segunda opción.

Alessandro observó con curiosidad durante unos minutos.

No dijo nada. No preguntó. Pero sus ojos bajaron hasta mis pies descalzos sobre el suelo de gravilla, luego subieron de nuevo a mi rostro con una lentitud que me hizo contener la respiración. Hubo algo en su mirada que no supe nombrar. No era compasión, no era enojo. Era… atención. Una atención minuciosa, casi clínica, como si estuviera archivando cada detalle en algún lugar de su memoria del que después no podría escapar.

Luego se dio la vuelta y se fue.

Subí al coche con las manos temblorosas. Mis dedos aún sostenían los zapatos de cristal que nunca fueron míos, y por un momento me sentí como una versión torcida del cuento de Cenicienta. Solo que aquí no había príncipe encantado. Solo un contrato, una mentira y un hombre que, si descubría la verdad, me destruiría.

Espero que no haya sospechado nada.

Si él se entera, estoy perdida.

Su primo sabe que no soy la esposa original. Fue él quien organizó todo, quien me encontró en la habitación oscura donde mi madre me había encerrado después de que Ariana huyera, quien me dijo con una calma aterradora: "Vas a tomar su lugar. Y él nunca debe saberlo. Si lo descubre, no podré protegerte".

Me dijo que Alessandro no debe enterarse. Espero que no lo haga, por mi bien.

Tiene fama de ser malvado y sádico. Dicen que hizo desaparecer a un hombre que intentó traicionarlo. Dicen que sus métodos no tienen nombre, que no deja cabos sueltos, que su misericordia es un lujo que nunca nadie ha visto. En mi mundo, los Moretti son sinónimo de muerte cuando se los cruza, y de muerte lenta cuando se los traiciona.

Y yo, sin haberlo querido, lo estoy traicionando desde el momento en que puse un pie en ese altar.

Cuando llegamos a la mansión, me quedé en silencio un largo rato mirando por la ventanilla.

Era hermosa. Tan bonita y tan grande que parecía sacada de una postal. Una estructura imponente de piedra blanca rodeada de jardines cuidados al milímetro, con ventanales que dejaban ver el interior iluminado con luces cálidas. Parecía un hogar. Pero los hogares no se construyen para personas como los Moretti. Los hogares se construyen para familias normales, con secretos pequeños y heridas que sanan con el tiempo.

Esto no era un hogar. Era una jaula con buena iluminación.

—Señora, la llevaré a la habitación del jefe —dijo una sirvienta que me recibió en la entrada con una reverencia.

Era joven, tal vez un par de años menor que yo, y sus ojos no se atrevían a mirarme directamente. Llevaba un uniforme impecable y sus manos estaban entrelazadas frente a su cuerpo con la misma rigidez que yo había ensayado horas antes frente al altar.

—No —respondí, y mi voz sonó más seca de lo que pretendía—. Preparen una para mí. Quiero dormir sola, por favor.

La sirvienta dudó. La vi intercambiar una mirada rápida con otra empleada que esperaba al fondo del pasillo. Hubo un instante de silencio incómodo en el que supe que estaban decidiendo si podían desobedecer una orden o si era más peligroso contradecir a la nueva señora Moretti.

Finalmente, asintió.

—Como usted ordene, señora.

Me llevaron a una habitación en la planta alta, en el ala opuesta a lo que supuse sería la suite principal. Era elegante, sí, pero más pequeña, más íntima. Había una cama de dos plazas con sábanas blancas, un vestidor vacío y un baño de mármol que brillaba bajo la luz tenue de las lámparas de pared.

Me quedé sola.

Cerré la puerta con llave, apoyé la espalda contra la madera y dejé escapar un suspiro que llevaba horas contenido. Luego, con movimientos torpes y desesperados, me quité el estúpido vestido.

La tela cayó al suelo con un susurro pesado. Me quedé en ropa interior, frente al espejo del vestidor, observando las marcas rojas que me había dejado el corsé en las costillas. Respiré hondo por primera vez en horas, y el aire entró en mis pulmones como agua después de una larga travesía por el desierto.

El vestido seguía allí, amontonado en el suelo como un recordatorio de todo lo que acababa de hacer. Lo aparté con un puntapié.

No tenía ropa.

Nada. Absolutamente nada. En el vestidor vacío no había más que perchas desnudas y un par de cajones sin forrar. Alguien había olvidado que la novia necesitaría algo que ponerse después de la ceremonia. O quizás no lo habían olvidado. Quizás simplemente no les importaba.

Encontré dos prendas colgadas en la puerta del baño: una bata blanca de rizo y un camisón de seda color marfil. Alguien las había dejado allí con previsión mínima. Tomé la bata y me la puse, sintiendo el roce suave de la tela sobre mi piel irritada.

Al menos eso.

Me acosté en la cama sin fuerzas para nada más. Las sábanas olían a lavanda y a limpio, y el colchón era tan blando que mi cuerpo se hundió en él como si quisiera desaparecer. Cerré los ojos y dejé que la oscuridad me envolviera. No pensé en Alessandro. No pensé en mi hermana. No pensé en mi padre ni en las consecuencias.

Solo quise dormir. Desaparecer por unas horas. Ser nadie.

 

Estaba durmiendo cuando sentí algo en mis pies.

Un roce ligero, casi imperceptible. Un calor que no pertenecía a las sábanas. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: salté de golpe, con el corazón desbocado y un grito atragantado en la garganta.

Era él.

Alessandro estaba sentado al borde de la cama, inclinado hacia adelante, con mis pies entre sus manos. No había encendido la luz principal, solo la lámpara de la mesita de noche, que dibujaba sombras largas en su rostro. Su traje había desaparecido; llevaba una camisa negra desabotonada en los dos primeros botones y el pelo ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado los dedos entre los mechones más de una vez.

No supe cuánto tiempo llevaba allí. No supe cómo había entrado. Había cerrado la puerta con llave. Lo recordaba con claridad.

—Lo siento —dijo, y su voz era más baja que antes, casi suave—. No quería despertarte.

Sus dedos sostenían un pequeño botiquín blanco que había dejado a un lado sobre la cama. Lo abrió con una mano mientras con la otra sostenía mi talón con una delicadeza que no esperaba de un hombre de sus manos.

—Es que… —continuó, y por un momento pareció buscar las palabras—. Tienes los pies sangrando. Así que te traje banditas.

Miré hacia abajo. Tenía razón. Las heridas que los zapatos me habían causado ahora eran más evidentes a la luz tenue de la lámpara: cortes superficiales en los talones, ampollas reventadas en los dedos, el empeine izquierdo enrojecido e inflamado.

No había sentido el dolor mientras dormía. Ahora, al verlo, me llegó en oleadas.

—Muchas gracias —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba, aún empañada por el sueño y la sorpresa—. Yo puedo ponérmelas.

Intenté retirar los pies, pero él no soltó.

—No —dijo, con una firmeza tranquila—. Yo lo haré.

Sacó una gasa y un poco de alcohol del botiquín con una precisión que delataba práctica. No era la primera vez que curaba heridas. La idea me heló la espalda.

Alessandro comenzó a limpiar las ampollas con movimientos lentos, casi cautelosos. El alcohol ardió sobre las heridas abiertas, pero no me quejé. Él tampoco dijo nada durante un momento. Solo trabajaba en silencio, con el ceño ligeramente fruncido, como si la tarea requiriera toda su concentración.

Luego, sin dejar de limpiar, habló.

—¿Por qué los zapatos te quedaron pequeños?

La pregunta cayó en el silencio como una piedra en agua quieta.

—El talle era hecho a medida —continuó, y su tono cambió, se volvió más cortante—. Yo mismo lo verifiqué.

El mundo dio vueltas.

Sentí que el suelo se abría bajo mí, que las paredes se acercaban, que el aire se volvía demasiado denso para respirar. Mi mente se llenó de imágenes caóticas: mi hermana huyendo por la ventana trasera, mi padre dando instrucciones en voz baja, el primo de Alessandro observándome con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Todo se iba a derrumbar. Todo. Ahora. En esta habitación. Por culpa de unos zapatos.

—Es porque… —tartamudeé, buscando algo, cualquier cosa—. Ellos se equivocaron con el talle. Y no quise decir nada para no causar problemas.

La mentira salió torpe, endeble. Cualquiera la habría reconocido. Cualquiera habría visto el miedo en mis ojos, la rigidez en mis hombros, la forma en que mis dedos se aferraban a las sábanas como si fueran un salvavidas.

Alessandro dejó de limpiar.

Alzó la mirada hacia mí y la sostuvo. Durante un largo instante, ninguno de los dos dijo nada. Yo contuve la respiración. Él observó cada centímetro de mi rostro con una paciencia que me aterraba más que cualquier grito.

Luego suspiró.

No fue un suspiro de alivio ni de resignación. Fue algo más complejo, algo que no supe interpretar. Terminó de limpiar las heridas en silencio, aplicó unas banditas adhesivas sobre las ampollas más grandes y cubrió los talones con gasa que fijó con esparadrapo.

Cuando terminó, no soltó mis pies de inmediato. Los sostuvo un momento más, como si evaluara algo que yo no podía ver.

Entonces se acercó.

El movimiento fue lento, pero no vacilante. Su mano izquierda aún sostenía mi tobillo, y la derecha se elevó hasta mi rostro. Sentí sus dedos roza mi mejilla, luego el borde de mi labio.

Donde está la cicatriz.

Mi hermano me dio un puñetazo cuando tenía quince años. Me partió el labio y me dejó una marca que nunca desapareció. Una línea fina y desigual que atraviesa el borde superior, visible si se mira de cerca. Mi madre decía que la disimulara con maquillaje. Mi padre decía que no importaba, que nadie se fijaría en una mujer con cicatrices.

Nadie se fijó, en efecto.

Hasta ahora.

Alessandro recorrió la cicatriz con la yema del dedo pulgar con una suavidad que contrastaba con todo lo que sabía de él. No preguntó de dónde venía. No hizo comentarios. Solo observó, con esa intensidad quirúrgica que ya me había helado antes, como si cada imperfección de mi rostro fuera un dato que almacenar.

Dudo que me preste tanta atención.

Eso quiero creer. Eso necesito creer.

—Que descanses —dijo finalmente.

Se levantó con un movimiento fluido, recogió el botiquín, y sin mirar atrás, salió de la habitación.

La puerta se cerró con un clic suave.

Y yo me quedé allí, en medio de la cama, con los pies vendados, el corazón latiéndome en la garganta y la certeza absoluta de que Alessandro Moretti no era un hombre al que se pudiera engañar por mucho tiempo.

No sé cuánto me queda.

Pero algo me dice que ya empezó a contar.

1
Paula
me enavnto ...muy linda historia ....
Paula
hay q angutia
Paula
hay dios mio q salga todo bien
Paula
maldito loco 🥹🥹
Paula
maldito sicopata 😱😱😱
Paula
🥹🥹🥹🥹💔
Paula
hay siiii maldito infeliz
Paula
q hdp geronimo no dice nada ...i feliz .....hay Alessandro por favor q sufra por todo lo q le esta haciendo a Alma
Paula
hay dios 🥹🥹🥹
Nerika Moreno
Caramba las joyas que le regaló no son tan valiosas porque solo le alcanza para andar en autobús de pueblo en pueblo
Nerika Moreno
Mujer termina de desaparecer que nervios
Nerika Moreno
La pobre quedó para tapete
Nerika Moreno
ojalá si logré escapar y irse bien lejos😒
Paula
que bueno q geronin9 no.quiera traisionarlos
Paula
amo q estén tan enamorados ....😍
Nilce montilla
de verdad muy bonita historia, felicidades a la autora y que siga cosechando éxitos 👏👏👏👏
Paula
pero lo conoce tanto Alessandro como no se va dar cuenta qel ya sabe quien es su esposa ...q es alma y no ariana. lonpeor qes q lo va a traicionar a alesandro
Paula
jajaja me muero me imagino la cara del padre...q algo q tendría q ser un secreto todo el mundo lo sabe 🤭🤭🤭🤭
Geral Lj
no entiendo, en algunas ocasiones Alessandro la llama Alma, será que él realmente sabe que es ella?
Paula
el de la fiesta 😱😱😱😱
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