Morí atragantándome con unos tacos al pastor mientras leía una novela de reencarnación.
Renací como la villana.
Y ahora… voy a conquistar a mi prometido, a mi papucho villano.
—ACTUALIZACIÓN DIARIA—
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CAPÍTULO 24
Se veía tan bien.
Demasiado.
La luz de la chimenea dibujaba sombras suaves en su rostro, resaltando cada rasgo… esa seriedad que siempre lo envolvía.
Pero ahora—
era diferente.
Su toque…
era sorprendentemente cariñoso.
Atento.
Cuidadoso.
Como si cada movimiento estuviera pensado para no hacerme daño.
Y eso—
eso fue lo que más me desarmó.
Sentí un nudo en el pecho.
Pesado.
Incómodo.
Remordimiento.
Porque a mí…
me gustaba mi villano.
Y definitivamente…
no pensaba soltarlo.
Mi mirada bajó hacia él.
Hacia sus manos.
Hacia la forma en que, sin decir nada, estaba cuidándome.
Y entonces lo supe.
Debo hablar claramente con él.
Debo cortar esto de una vez.
No es justo para él.
Tragué saliva.
No puedo dejar que se ilusione.
—Ramsés… —lo llamé, aún sentada en el sillón mecedor.
Él alzó la vista.
Y por un instante—
me descolocó.
Porque su mirada…
era cálida.
Suave.
Nada que ver con ese hombre frío, dominante, impenetrable que siempre mostraba.
Ese cambio—
dolió más que los cólicos.
Mi pecho se apretó.
Fuerte.
—…
Culpa.
Pura culpa.
Debí rechazarlo desde el inicio…
Mis dedos se tensaron.
Estúpida…
Apreté los labios.
Estúpida…
Cerré los ojos un segundo.
ESTÚPIDA.
Volví a abrirlos.
Él seguía mirándome.
Esperando.
Sin prisa.
Sin sospechar.
Eso lo hacía peor.
Retiré mis pies de su regazo.
El contacto se rompió.
Y me levanté lentamente.
Mi cuerpo protestó.
Un tirón bajo en el vientre.
Pero lo ignoré.
Tenía que decirlo.
Mi voz salió más débil de lo que quería.
Temblorosa.
—Ramsés… nosotros no somos nada…
El silencio se tensó.
—Ni siquiera somos prometidos…
Tragué saliva.
Sin atreverme a mirarlo.
—Por favor… no quiero que te hagas ilusiones…
Mi corazón latía con fuerza.
Demasiado fuerte.
—A mí… me gusta alguien más.
Bajé la mirada.
Y me di la vuelta.
No pude verlo.
No quise verlo.
Esperé una respuesta.
Un sonido.
Algo.
Pero no hubo nada.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Doloroso.
Se fue…
Pensé eso.
Lo di por hecho.
Pero entonces—
un tirón de cabello.
Fuerte.
Brusco.
—¡AH—!
Mi cabeza fue jalada hacia atrás.
Dolor inmediato.
Agudo.
Mi cuerpo reaccionó con tensión.
Mis manos se alzaron instintivamente, intentando soltarse.
—Ramsés… ¡suéltame…! —mi voz salió quebrada— me lastimas…
Mis ojos se encontraron con los suyos.
Y lo que vi—
me heló.
Ya no había calidez.
No había suavidad.
Solo algo oscuro.
Intenso.
Aterrador.
Su agarre se tensó aún más.
—Mírame.
Su voz era baja.
Pero cargada.
Peligrosa.
Me obligó a hacerlo.
—Natali…
El nombre cayó como algo extraño.
Ajeno.
Descolocado.
—Tú fuiste mi esposa.
Mi respiración se detuvo.
Confusión.
Impacto.
—Y lo serás en esta vida también.
Mi mente no logró procesarlo.
¿Esposa?
¿Natali?
¿De qué estaba hablando…?
—¿Q-quién…? —mi voz tembló, rota.
Pero el dolor volvió a imponerse.
Más fuerte.
Más inmediato.
—¡Me duele…! —las lágrimas comenzaron a acumularse sin poder evitarlas— suéltame…
Mi cuerpo tembló.
No solo por miedo.
También por el dolor en el vientre que no desaparecía.
Todo se mezclaba.
Todo se volvía demasiado.
Intenté reaccionar.
Magia.
Mis dedos se tensaron—
y las cadenas aparecieron.
Se lanzaron hacia él.
Rápidas.
Firmes.
Pero—
inútiles.
Se rompieron.
Al instante.
Como si fueran nada.
Como si mi esfuerzo no significara nada frente a él.
Mi respiración se volvió irregular.
Desordenada.
Y por primera vez—
sentí mucho miedo.
Mucho.
El dolor ardía.
En el cuero cabelludo.
En el vientre.
En el pecho.
Todo al mismo tiempo.
—¡Me duele…! —mi voz se quebró sin control— suéltame…
Las lágrimas seguían cayendo, calientes, constantes.
Mis manos seguían intentando apartarlo.
Inútil.
Demasiado fuerte.
Demasiado cerca.
—Natali… —repitió, pero esta vez su voz… vaciló.
Apenas.
Un instante.
Pero suficiente.
Mi cuerpo se encogió levemente cuando otra punzada me atravesó el vientre.
Más intensa.
Más profunda.
—Ah… —un quejido bajo escapó de mis labios, involuntario.
Y algo cambió.
Lo sentí.
No en mí.
En él.
El agarre en mi cabello…
titubeó.
Apenas.
Como si su cuerpo no supiera qué hacer.
Mis rodillas temblaron.
El dolor me dobló ligeramente hacia adelante, aun atrapada en su mano.
—Ramsés… por favor…
No era enojo.
No era desafío.
Era súplica.
Pura.
Real.
—…me duele…
El silencio cayó entre nosotros.
Pero ya no era el mismo.
Algo en su respiración cambió.
Más pesada.
Más… desordenada.
Sus ojos dorados, aún oscuros, se movieron por mi rostro.
Las lágrimas.
Mi expresión contraída.
Mi cuerpo temblando.
Mi otra mano presionando mi vientre casi por instinto.
Y entonces—
como si despertara—
me soltó.
De golpe.
Retrocedió un paso.
Como si tocarme quemara.
Yo apenas logré sostenerme, tambaleándome.
Mis piernas cedieron un poco y tuve que apoyarme en el borde del sillón.
—Ahh… —cerré los ojos con fuerza, respirando entrecortado.
El alivio en mi cuero cabelludo llegó…
pero el resto del dolor seguía ahí.
Pesado.
Constante.
Abrí los ojos lentamente.
Ramsés no se movía.
Estaba ahí.
Mirándome.
Pero ya no con furia.
No.
Era algo peor.
Conflicto.
Sus manos… se tensaron a los lados de su cuerpo.
Como si quisiera hacer algo—
y no supiera qué.
—Yo… —su voz salió baja.
Rasca.
Irregular.
Se detuvo.
Apretó la mandíbula.
Su mirada cayó un segundo.
Luego volvió a mí.
—…no era mi intención.
Las palabras parecían ajenas en su boca.
Difíciles.
Forzadas.
Como si no estuviera acostumbrado a decirlas.
Como si le dolieran.
Dio un paso hacia mí.
Y yo—
instintivamente—
me tensé.
Él lo notó.
Y se detuvo.
Ahí.
Eso lo golpeó.
Se vio en su expresión.
Claro.
Directo.
Yo… le tenía miedo.
El silencio se volvió más denso.
Más incómodo.
Más real.
—…
Su mirada bajó.
Otra vez.
A mi mano en el vientre.
A mi respiración irregular.
A mi postura encorvada.
A mí miedo.
Y algo en él…
cedió.
Exhaló lentamente.
Como si estuviera conteniendo algo desde hace demasiado tiempo.
—Siéntate.
No fue una orden.
No del todo.
Fue más… contenido.
Controlado.
Casi cuidadoso.
Movió la mano apenas—
y el sillón mecedor se acomodó detrás de mí.
Como invitándome.
Como antes.
Pero ya no era lo mismo.
Nada lo era.
—…no te acerques —murmuré, débil, sin mucha fuerza pero sincera.
No era un desafío.
Era miedo.
Real.
Sus ojos se cerraron un segundo.
Breve.
Doloroso.
Cuando los abrió—
ya no quedaba rastro de la furia de antes.
Solo cansancio.
Y algo más profundo.
Algo que no dijo.
Retrocedió.
Un paso.
Luego otro.
Dándome espacio.
—…no voy a tocarte.
Su voz fue firme.
Pero baja.
Controlada.
Como si esa promesa…
también fuera para él mismo.
El silencio volvió.
Pero esta vez—
no era amenaza.
Era distancia.
Una que él mismo puso.
Porque si daba un paso más…
quizás no podría detenerse otra vez.
y el general está lindo y la busca hayyyy 😭