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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

Narrador: Leo Ubicación: Instituto San Lorenzo / Casa de Leo

"Más pronto de lo que crees".

Esas seis palabras se convirtieron en el metrónomo de mi existencia. Golpeaban en la base de mi cráneo con cada paso que daba, con cada respiración, con cada trazo de grafito sobre el papel. Tac. Tac. Tac. Más pronto de lo que crees.

Pasé los siguientes tres días en un estado de disociación casi perfecta. El mundo exterior —las clases de Química, los gritos en el patio, el olor a fritura de la cafetería— era una película desenfocada. Mi verdadera vida ocurría en la pantalla de cinco pulgadas de mi teléfono, en los espacios en blanco entre los mensajes de Mateo.

Pero el problema de los secretos es que te hacen descuidado. Y la invisibilidad requiere una vigilancia absoluta.

El jueves por la mañana, el aire en el instituto estaba inusualmente pesado. Había una tormenta cociéndose en el horizonte, de esas que en el trópico oscurecen el cielo a las diez de la mañana y hacen que los pájaros se callen de golpe.

Estaba en clase de Literatura. La profesora, una mujer que siempre olía a sándalo y desesperación, hablaba sobre el amor cortés y los finales trágicos. Yo, por supuesto, no escuchaba. Mi cuaderno estaba abierto, pero no había apuntes. Había un dibujo de un chico en un balcón, mirando un mar que yo nunca había visto, con una tristeza en los ojos que solo yo creía comprender.

—¿Señor Candelario? —La voz de la profesora rompió mi burbuja como una aguja.

Levanté la vista, parpadeando.

—Dígame, ¿cuál es su opinión sobre el destino fatal de los amantes en la obra que estamos analizando? ¿Es el entorno social el que los destruye o su propia impulsividad?

Sentí treinta pares de ojos clavándose en mi nuca. Especialmente una mirada. Una que se sentía como una quemadura de cigarrillo. Bruno. Estaba sentado dos filas atrás, balanceándose en su silla, observándome con una intensidad nueva, una curiosidad depredadora.

—Yo... —mi voz salió ronca—. Creo que el entorno es el que pone las trampas. Pero la impulsividad es lo que los hace caer en ellas por voluntad propia. Prefieren un final trágico a una vida mediocre.

La profesora asintió, satisfecha. Yo bajé la vista al cuaderno, pero cometí el error de no cerrarlo a tiempo.

Al final de la clase, mientras guardaba mis cosas con prisa para escapar al baño y revisar si tenía mensajes nuevos, una mano grande y pesada se plantó sobre mi pupitre, bloqueándome el paso.

—Bonito dibujo, Candelario —dijo Bruno. Su voz era un ronquido bajo.

Me tensé. Mi primer instinto fue cerrar el cuaderno, pero él fue más rápido. Sus dedos, con los nudillos ligeramente pelados de quién sabe qué pelea, sujetaron la esquina de la página.

—¿Quién es? —preguntó. No había burla en su voz, lo cual era mil veces más aterrador. Había una sospecha fría—. No parece nadie de por aquí. Tiene pinta de... extranjero. De esos que se creen mucha mierda.

—No es nadie, Bruno. Solo un boceto de una revista —mentí, tratando de mantener mi voz plana, sin el temblor que sentía en mis rodillas.

—Mientes fatal, Leo —se inclinó más, invadiendo mi espacio personal. Pude oler el café rancio en su aliento—. Estás muy distraído estos días. Muy... sonriente frente a la pantallita. ¿Te has echado una novia imaginaria por internet? ¿O es un novio?

—Déjame pasar.

—¿O qué? —sonrió. Fue una mueca cruel—. ¿Vas a llamar a tus guardaespaldas? ¿A la rarita del pelo azul o al traidor de Sam?

—Bruno, déjalo ya —la voz de Sam intervino desde la puerta. Sam siempre aparecía en el momento justo, como un ángel de la guarda con zapatillas de baloncesto—. Tenemos entrenamiento. El entrenador está de mala leche.

Bruno me miró un segundo más, sus ojos escaneando los míos como si buscara una confesión. Finalmente, soltó mi cuaderno con un desdén deliberado.

—Nos vemos luego, artista. No te pierdas en tus dibujos.

Se fue, riendo con sus secuaces. Sam se acercó a mí, preocupado.

—¿Estás bien? Te has quedado blanco.

—Estoy bien, Sam. Gracias.

—Tío, tienes que tener cuidado. Bruno está obsesionado contigo últimamente. Dice que escondes algo.

"Escondes algo". Esa era la frase. Mi secreto ya no era solo mío; era una vibración en el aire que Bruno estaba empezando a captar.

Esa tarde, el rumor se materializó.

Estaba en la biblioteca, el único lugar donde Bruno y su grupo nunca entraban por miedo a contagiarse de inteligencia, cuando escuché a dos profesoras hablando en el pasillo lateral, cerca de las estanterías de Referencia.

—...sí, es un caso especial —decía la voz de la orientadora—. Viene de un sistema educativo muy diferente, en Barcelona. Al parecer, la familia tiene raíces aquí, pero el chico ha vivido fuera casi toda su vida escolar.

—¿Y por qué el traslado a mitad de semestre? —preguntó la otra.

—Problemas económicos, según el expediente. El padre perdió el negocio allá. El chico se incorpora el lunes. Se llama Mateo Velázquez. Dicen que es... brillante, pero un poco rebelde. Ya sabes cómo vienen los chicos de Europa, se creen que aquí las normas no existen.

El mundo se inclinó. Tuve que apoyarme en la estantería de Enciclopedias para no caer. Los libros, con su peso de siglos de conocimiento, me parecieron de repente insignificantes.

El lunes.

Mateo no llegaba en un mes. No llegaba el próximo año. Llegaba en cuatro días.

Salí de la biblioteca casi corriendo. Mi respiración era errática. El pánico, esa geometría fría que se instala en el pecho, me estaba apretando las costillas.

Era una mezcla de euforia insoportable y terror puro. Mateo iba a entrar en este edificio. Iba a caminar por estos pasillos manchados de chicle y odio. Iba a ver mi realidad. Iba a ver cómo Bruno me empujaba contra los casilleros. Iba a ver el papel arrugado con insultos en mi bolsillo.

La fantasía de los mensajes nocturnos, de los "he soñado contigo" bajo la luz de la luna española, se iba a estrellar contra la luz fluorescente y cruel del San Lorenzo.

Llegué a casa y me encerré en mi habitación. Mi madre gritó algo desde la cocina sobre el precio de la harina, pero no pude contestar. Me tiré en la cama y saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de él. Una foto.

Era una maleta abierta sobre una alfombra. Dentro, vi una chaqueta de cuero negra, varios botes de pintura en spray, y un libro de poemas de Federico García Lorca.

Mateo_V: Ya es oficial. Mañana sale mi vuelo. Estoy aterrado, Leo. Pero tengo ganas de que me enseñes tu mundo. De que me enseñes dónde pintas.

Sentí ganas de llorar. ¿Mi mundo? Mateo, mi mundo es una celda de cemento donde cuento los minutos para salir. Mi mundo es un lugar donde el color está prohibido.

Escribí: Mateo, he oído que empiezas el lunes en el San Lorenzo. ¿Es verdad?

La respuesta fue inmediata.

Mateo_V: Sí. Mis padres movieron hilos. Dijeron que era lo mejor para "reinsertarme". Qué palabra más fea, ¿verdad? Como si fuera un criminal. ¿Te alegras?

Me quedé mirando la pantalla. ¿Me alegraba?

Me alegraba tanto que me dolía. Me alegraba como se alegra un náufrago cuando ve una luz en el horizonte, aunque sepa que esa luz podría ser un incendio.

Escribí: Tengo miedo, Mateo. Aquí las cosas son... diferentes. No es Barcelona.

Mateo_V: Nada es Barcelona, Leo. Pero tú estás ahí. Y con eso me basta para empezar una guerra.

Cerré los ojos. El lunes. El lunes la invisibilidad se terminaba para siempre. Porque cuando Mateo Velázquez cruzara esa puerta, el nombre en mi piel —el que él estaba empezando a escribir con cada mensaje— se volvería real. Y no estaba seguro de si el Instituto San Lorenzo, o yo mismo, sobreviviríamos a la colisión.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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