Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 3 – “El latido de la selva”
El sol se filtraba entre los enormes árboles, formando haces de luz que danzaban sobre el suelo cubierto de hojas húmedas. Aiden se despertó con el aroma fresco de la selva y el sonido lejano de un río. El calor del cuerpo de Raegor a su lado aún lo reconfortaba. Por primera vez, abrir los ojos no le produjo miedo: había algo en esa cercanía que lo hacía sentirse protegido y curioso al mismo tiempo.
—Buenos días, pequeña hembra —susurró Raegor—. Hoy exploraremos más lejos.
Aiden sintió un cosquilleo en el estómago. Su corazón latía con fuerza mientras se incorporaba, todavía acalorado por la cercanía de Raegor. Cada gesto de él, cada roce de manos al ayudarlo a caminar o al arreglar su ropa húmeda de la noche, le generaba una mezcla de timidez, emoción y un calor extraño que no comprendía completamente.
El camino hacia la aldea de los hombres-bestia era largo y lleno de sorpresas. Aiden observaba cada detalle: raíces que se entrelazaban como redes, hojas gigantes que brillaban con la luz del sol, insectos y animales desconocidos que cruzaban su camino. Cada sonido lo hacía estremecerse, pero Raegor estaba siempre a su lado, con una mano protectora sobre su espalda, guiándolo.
—No temas —dijo Raegor—. Nada te hará daño mientras estés conmigo.
Aiden se aferró a su brazo un momento, sintiendo el calor que emanaba, el aroma que le resultaba extrañamente familiar y calmante. Su corazón latía rápido, entre miedo y un deseo nuevo, uno que nunca había experimentado en su vida humana.
Al llegar a la aldea, los ojos de Aiden se abrieron con asombro. Casas construidas en árboles, plataformas de madera que conectaban los hogares, y hombres-bestia con sus parejas moviéndose con naturalidad por el lugar. La vida allí era vigorosa y alegre, llena de rituales simples pero afectuosos: compartían comida, cuidaban de los jóvenes y se protegían mutuamente. Cada gesto, cada mirada, le resultaba fascinante y a la vez intimidante.
—Bienvenida, pequeña hembra —dijo una mujer-bestia mientras se acercaba—. Has sido muy bien cuidada por Raegor.
Aiden se sonrojó, aferrándose instintivamente al brazo de Raegor. No estaba acostumbrado a los elogios, y mucho menos a ser aceptado de esa manera. Raegor lo notó y sonrió: el rubor de Aiden lo llenó de ternura y orgullo.
Durante los días siguientes, Aiden comenzó a integrarse poco a poco en la aldea. Aprendió a ayudar en la recolección de frutas, preparar alimentos y mejorar algunos utensilios de cocina usando su ingenio del mundo anterior. Cada vez que proponía una mejora, su pequeño corazón se llenaba de satisfacción, y la comunidad lo valoraba por sus ideas. Raegor lo miraba con orgullo, observando cómo Aiden no solo sobrevivía, sino que empezaba a florecer.
—Eres más valiente de lo que crees —le dijo Raegor un día, mientras lo observaba ajustar una cesta de recolección—. Y cada vez te veo más seguro de ti mismo.
Aiden bajó la mirada, con un leve rubor cubriendo sus mejillas. Sus dedos rozaron accidentalmente los de Raegor al terminar de acomodar la cesta, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Era un contacto pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para que ambos notaran la atracción que empezaba a despertar.
La noche llegó, y con ella el silencio profundo de la selva. Aiden se recostó sobre una roca junto a Raegor mientras observaban las estrellas. El canto de animales nocturnos llenaba el aire, mezclándose con los latidos de su propio corazón. Raegor lo abrazó suavemente, sus manos recorriendo la espalda de Aiden con delicadeza. El joven suspiró, sintiendo cómo su miedo se transformaba en un deseo cálido de cercanía y protección.
—Nunca me había sentido así —murmuró Aiden—. Seguro… y… algo más.
Raegor sonrió, entendiendo el mensaje. Con un gesto lento y cuidadoso, acercó su rostro al de Aiden y lo besó en la mejilla. Aiden cerró los ojos, ruborizándose profundamente. Era un gesto torpe, tímido, pero lleno de ternura. Su corazón latía con fuerza, mezclando miedo, emoción y un deseo que comenzaba a tomar forma.
Al día siguiente, mientras exploraban más allá de la aldea, Aiden comenzó a aprender a moverse con más agilidad en la selva, a reconocer frutas y raíces comestibles y a identificar señales de animales peligrosos. Cada paso aumentaba su confianza, y Raegor lo guiaba con paciencia, protegiéndolo de cualquier riesgo.
—Estás mejorando rápido —dijo Raegor—. Tu mente es tan afilada como tu corazón es valiente.
Aiden sintió un calor en el pecho al escuchar esas palabras. Su corazón se aceleró y un rubor recorrió sus mejillas. Por primera vez, la seguridad y el deseo estaban mezclados, y cada gesto de Raegor lo hacía sentir protegido y atractivo al mismo tiempo.
Mientras se asentaban junto a un pequeño arroyo, Aiden se desnudó para bañarse y el sol acariciaba su piel húmeda. Comenzó a cantar suavemente, con una voz etérea y melodiosa, casi como un susurro de los dioses. Raegor lo observaba desde la orilla, inmóvil, fascinado por la belleza y fragilidad del joven. Aiden se sonrojó al percatarse de que lo miraba, su corazón palpitando fuertemente, mientras un escalofrío de emoción y deseo recorría su cuerpo.
—Eres hermosa —dijo Raegor, su voz baja y cargada de afecto.
Aiden bajó la mirada, sintiendo una mezcla de vergüenza, timidez y curiosidad. Sus mejillas ardían y su respiración se aceleró. Por primera vez, aceptaba que sentía algo más que gratitud o miedo hacia Raegor, y cada roce, mirada o gesto empezaba a significar algo distinto.
Con el paso de los días, los gestos se hicieron más conscientes: abrazos prolongados, toques accidentales que duraban un segundo más, miradas que se sostenían y roces casuales que hacían sonrojar a Aiden. Cada interacción aumentaba la tensión emocional y la atracción mutua, mientras la selva y la comunidad se convertían en el escenario de un romance que crecía entre la aventura y la protección.
El capítulo cerró con Aiden recostado sobre el pecho de Raegor, sintiendo el calor y la seguridad que lo envolvían, y con un pensamiento que nunca había tenido antes: “Quizás… aquí, en esta selva salvaje, puedo aprender a sentir y a confiar. Quizás… aquí puedo ser feliz”.
El viento nocturno movía las hojas sobre ellos, y el murmullo del río parecía acompañar los latidos de sus corazones. El futuro era incierto, pero por primera vez, Aiden sentía que podía enfrentarlo.