Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capitulo 14
Eitan
Supe que Eiden vendría incluso antes de que sonara el timbre.
Siempre fue así con él: aparecía cuando menos lo necesitaba y cuando más daño podía hacer. La casa aún no se había acomodado a la presencia de mi madre, a la risa suave de Lily, al paso contenido de Quinn recorriendo los pasillos como si todavía no creyera que tenía derecho a estar aquí… y Eiden decidió entrar como una grieta.
Sentí la tensión en el cuerpo antes de escuchar su voz.
No me moví cuando mamá dijo su nombre. No porque no me importara, sino porque sabía que, si lo hacía, Quinn lo notaría. Y yo ya estaba demasiado atento a ella.
Desde que la vi esa mañana, algo había cambiado.
Quinn observaba distinto. No con la curiosidad habitual que siempre tenía, sino con una atención peligrosa. Como si ya no mirara para entender el entorno, sino para confirmar sospechas. Lo noté en la forma en que inclinaba la cabeza, en cómo su mirada se detenía un segundo más de lo normal.
Cuando Eiden cruzó la puerta, su presencia llenó la sala. Siempre lo hacía. Sonrisa fácil. Seguridad heredada. El mismo rostro que el mío, pero usado como un arma distinta y con un propósito diferente.
Vi a Quinn tensarse apenas. Fue mínimo. Pero lo vi.
Eiden la saludó como si nada hubiera cambiado, como si ella no fuera ahora el centro de todo lo que rodea y de todo lo que podía perder. Ella respondió con ironía contenida. Bien. Quinn siempre fue más peligrosa cuando callaba y cuando hablaba siempre se sabía defender.
Me senté sin decir demasiado. Preferí observarlos.
Eiden hablaba. Yo escuchaba. Quinn miraba.
Y entonces ocurrió.
No supe exactamente desde cuándo empezó a analizarnos, pero sentí el momento preciso en que ella empezó a comparar. No desde la lógica, sino desde la intuición. La vi pasar de uno a otro, de Eiden a mí, como quien intenta distinguir dos notas muy parecidas en una melodía.
El corazón me golpeó fuerte.
No.
Todavía no.
Eiden gesticulaba, reía, se movía por el espacio como si nada pudiera tocarlo. Yo permanecía quieto, atento a Lily, a mi madre, a Quinn. A todo lo que importaba.
Y Quinn empezó a fruncir el ceño.
La vi fijarse en mis manos. En cómo sostenía la taza. En cómo la miraba cuando Lily hablaba. Luego volvió a mirar a Eiden.
Maldita sea.
Había pasado tanto tiempo temiendo este momento que, cuando llegó, no supe cómo detenerlo.
—¿Todo bien? —preguntó mamá, notando el silencio de Quinn.
Quinn respondió algo automático. Pero ya no estaba ahí del todo. Estaba en su cabeza. Atando hilos.
Entonces me miró.
Directo.
Y supe que había visto mis ojos.
No fue una reacción exagerada. No abrió los ojos ni se llevó la mano al pecho. Fue peor: una comprensión lenta, silenciosa, profunda. Como si algo encajara sin necesidad de palabras.
El verde oscuro, como la noche.
Ese maldito detalle que siempre había sido mío.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No porque tuviera miedo de que descubriera la verdad —aunque sí lo tenía—, sino porque entendí algo peor: Quinn no solo estaba diferenciándonos.
Estaba empezando a sentirlo.
Lily corrió hacia mí, como siempre. Me abrazó con esa confianza que solo tenemos entre nosotros y que jamás se cuestiona. Quinn lo vio. Vi cómo sus labios se apretaban levemente.
Eiden también lo vio.
Y por primera vez desde que llegó, dejó de sonreír.
Eso me confirmó que no estaba loco.
Eiden percibió el cambio, aunque no supiera nombrarlo. Siempre fue bueno leyendo ambientes, aunque pésimo leyendo personas.
Yo, en cambio, leía a Quinn demasiado bien, tanto así que podía adivinar lo que estaba pensando.
Cuando ella apretó las manos sobre su regazo, cuando dejó de hablar, cuando su respiración se volvió más lenta… supe que ya no había marcha atrás.
No esa noche. No después de hoy.
Porque cuando una mujer como Quinn empieza a ver detenidamente y fijarse más en los detalles, no se detiene.
La observé en silencio mientras conversaba con mi madre, mientras escuchaba a Eiden, mientras fingía normalidad. Y me odié un poco por haber deseado este momento tantas veces.
Por haber querido que me viera. Por haber querido que me reconociera.
Por haber querido que me diferenciara de mi hermano, sin tener que decirle quien soy.
Por haber esperado que, cuando lo hiciera, no fuera demasiado tarde.
Eiden se fue al anochecer. Lo vi marcharse con esa sonrisa que no alcanzaba los ojos. Antes de cruzar la puerta, me lanzó una mirada cargada de algo que reconocí demasiado bien.
Advertencia.
Me quedé quieto, respirando despacio.
Quinn subió las escaleras sin mirarme.
Eso fue lo que más me dolió.
Porque el silencio ya no era ignorancia.
Era el comienzo de algo que podía destruirnos a todos.
Y yo, por primera vez desde que tomé la decisión de ocupar el lugar de mi hermano, no estaba seguro de poder controlar lo que venía.
Quinn estaba empezando a despertar ese lado calculador y detallista.
Y cuando lo hiciera por completo… tendría que elegir entre perderla o decirle la verdad.
Ambas opciones me parecían insoportables.