Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XV
Habiendo solucionado el problema climático de Blossom, Rubí terminó su labor con una precisión que lo peligroso. No por el resultado, sino por el costo. El equilibrio se había restaurado: las lluvias regresaron a los valles secos, los ríos retomaron su cauce natural y los cielos dejaron de rugir como si quisieran partir el mundo en dos. Todo volvió a su sitio… excepto ella.
Rubí estaba sentada en una pequeña silla de respaldo recto, aún dentro de la sala del santuario. El mármol bajo sus pies seguía tibio por la energía residual de la magia. Sus hombros, habitualmente firmes, cedían apenas por el cansancio. No parecía derrotada, pero sí drenada.
—Uf… realmente usar este tipo de magia es agotador. Prefiero manejar las sombras del más allá —exclamó, pasando una mano por su frente—. Al menos ahí las reglas son claras.
Loid la observó con atención, apoyado cerca de una columna, con esa expresión suya entre sabiduría y burla ligera.
—La naturaleza no negocia, su majestad —explicó—. Es poderosa, antigua, y caprichosa. Dado que fuiste bendecida con este don, aún te cuesta manejarlo sin pagar un precio alto.
Rubí alzó una ceja.
—Bonita forma de decir que casi me dejo la vida intentando salvar un reino que no es el mío.
Loid sonrió apenas.
—Y aun así lo hiciste.
Luego, tomó aire como quien decide algo simple pero largamente postergado.
—Bien, si me disculpan, saldré un momento. He estado encerrado en el templo por demasiados días.
Rubí recuperó un poco la compostura y lo miró con abierta duda.
—¿Puedes hacerlo? Creí que era una ley inquebrantable que el sumo sacerdote no saliera del santuario.
—No te preocupes, su majestad —respondió él, ya acomodándose la túnica—. Puedo pasar desapercibido usando mi magia. Además, el emperador es cómplice de dejarme salir. Él tiene la autoridad máxima, y yo… demasiadas ganas de respirar aire que no huela a incienso.
Evans negó con la cabeza, resignado, mientras Loid se marchaba con una satisfacción casi infantil.
El silencio se asentó de nuevo en la sala.
Rubí se incorporó con lentitud, aunque el gesto no pasó desapercibido para Evans. Él dio un paso al frente y le extendió la mano.
—Mi emperatriz, permítame la mano. La veo agotada —pidió con una sutileza que no intentaba ocultar la preocupación.
Rubí no lo pensó demasiado. Le entregó la mano. El contacto fue inmediato, firme. En cuanto Evans canalizó una pequeña parte de su don hacia ella, la sensación cambió. El peso en sus extremidades disminuyó, la presión en su pecho se disipó y el mareo retrocedió como una marea obediente.
Rubí soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Oh, Evans… ¿tan mal me veía?
—Nunca —respondió él sin dudar—. Siempre eres tan radiante como la luna. Solo estaba… opacada por el esfuerzo.
Rubí resopló, medio divertida.
—Ahora —continuó Evans— ¿qué te parece si le decimos a Petra sobre esta noticia para que se largue de una vez?
—¿No había que esperar la renovación del convenio? —preguntó ella, más por protocolo que por interés real.
Evans sonrió, esa sonrisa peligrosa que solo aparecía cuando sabía que tenía todo bajo control. Le ofreció su brazo y comenzó a caminar con ella hacia la salida del santuario.
—Mañana estará listo. Un concejal se ofreció a terminarlo rápido con tal de que le diera vacaciones durante un mes. Los documentos siempre se tardan por la misma razón: los concejales tienen más papeleo del que deberían. Pero cuando uno se enfoca en una sola tarea, todo fluye milagrosamente.
Rubí soltó una risa sincera, clara, que resonó entre las columnas del templo. Evans la miró de reojo, confundido, incluso un poco ofendido. Ella lo notó de inmediato.
—No te ofendas—dijo, alzando una mano—. Mi risa no va hacia ti, sino hacia nuestra querida amiga Petra. Tanto que quiere quedarse… y tan pronto se va a ir. ¿Quieres ir por una taza de té? Necesito relajarme un poco más.
Evans soltó un suspiro que no sabía que había estado conteniendo. Una felicidad tranquila, nueva, se instaló en su pecho. Todo gracias a que, poco a poco, Rubí le estaba abriendo un espacio en su vida personal. No con palabras dulces, sino con confianza, que para ella valía mucho más.
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El traqueteo de un carruaje se detuvo de golpe frente al palacio imperial.
Una joven dama descendió con elegancia. Llevaba un sombrero que cubría parcialmente su rostro, del mismo color azul turquesa que su vestido de seda. Cada movimiento estaba medido a su antojo, como si el mundo fuera un escenario hecho para mirarla.
—Alto —exigió un guardia en la entrada—. ¿Qué desea la noble dama en el palacio de Norum?
La joven retiró el sombrero con lentitud. Sus cabellos castaños enmarcaban un rostro delicado, y sus ojos avellana brillaban, con una sonrisa ladeada que no era inocente. Alzó la mano con naturalidad, dejando ver una joya preciosa en su dedo anular.
—Vengo a ver al emperador Evans —dijo—. Soy… una querida amiga suya.
El guardia reconoció de inmediato la reliquia. Era de la familia imperial. No había forma de que aquella mujer la hubiera obtenido por medios ilegítimos. Aun así, su deber no incluía dejarse impresionar.
—Le notificaré a su majestad. Espere aquí por respuesta.
—No, espere —interrumpió ella—. Es una sorpresa. Quiero verlo y él no sabe que estoy aquí.
—Lo siento, es protocolo.
En ese momento, un marqués se acercó, atraído por la conversación. Había escuchado lo suficiente como para despertar su curiosidad.
—Disculpe —intervino—. Yo puedo escoltar a la señorita con su majestad.
—Marqués —respondió el guardia con una leve reverencia— las órdenes son específicas.
—No se preocupe. Soy muy amigo de la corona.
La presión social fue suficiente. El guardia cedió.
Ya dentro del palacio, la dama se presentó con educación.
—Escuché que es un marqués. Es un honor. Mi nombre es Cecilia.
—Marqués de Sael, a sus servicios —respondió él—. Escuché que es amiga del emperador.
—Sí —dijo ella, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Una muy vieja amiga.
Y lo era.
Cecilia había sido el antiguo amor de Evans.
La misma que lo traicionó por unas cuantas monedas. La misma mujer que le rompió el corazón vuelve para interponerse en el camino de él.