Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Alerta roja, esposa radioactiva
...CAPÍTULO 2...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ...
Dicen que los grandes arquitectos pueden ver el peligro antes de que ocurra. Yo, en este momento, puedo ver una catástrofe a través de las paredes de cristal de nuestra oficina.
Llevaba tres horas mirando el mismo plano de la Torre Norte, pero en lugar de vigas y columnas, solo veía la cara de Luciana diciéndome "Idiota" una y otra vez. Dormir en el sofá no solo me había dejado la espalda como un signo de interrogación, sino que mi dignidad se había quedado en el cojín junto a unos pelos de Sera.
Me asomé por encima de mi monitor. A unos veinte metros, en su propia oficina, Luciana estaba hablando por teléfono. No podía oírla, pero podía ver cómo movía su pluma fuente. La forma en que la apretaba indicaba que, si esa pluma fuera mi cuello, yo ya sería historia.
De pronto, la puerta de mi oficina se abrió. Gabriel entró con una velocidad sospechosa, sosteniendo una carpeta amarilla como si fuera material radiactivo.
—Sebastián, qué bueno que no estes ocupado—dijo Gabriel, con una sonrisa que era demasiado amable para ser real—. Necesito que le lleves esto a Luciana. Son los cambios de presupuesto del proyecto de la bahía. Necesitan su firma… ahora.
Lo miré con los ojos entrecerrados. Gabriel era mi mejor amigo, pero también era un cobarde cuando se trataba de mujeres enojadas.
—¿Por qué no se lo llevas tú? —pregunté, retrocediendo con mi silla—. Tu oficina está más cerca. Además, tú eres el jefe, ella no te lanzaría un engrapador a la cabeza. A mí sí.
—No seas ridículo, Sebas —Gabriel dejó la carpeta sobre mi escritorio y dio un paso atrás, como quien deja una granada—. Ella te ama. Eres su esposo. La "chispa" de su vida, ¿recuerdas? Además, ella ha rechazado estos mismos cambios tres veces esta semana. Dice que son "un insulto a la arquitectura sostenible".
—¡Y me los das a mí! —exclamé en un susurro desesperado—. Gabriel, ayer me mandó al sofá. ¡Incluso las gatas me hicieron el feo! Si entro ahí con una carpeta que contiene "insultos a su trabajo", no voy a salir vivo para el almuerzo.
—Es una excelente oportunidad para... reconciliarse —añadió Gabriel, retrocediendo hacia la puerta—. Piénsalo: entras, le sonríes, le das ese discurso de arquitecto sensible que ensayaste en el baño y, de paso, que me firme la carpeta. ¡Es un ganar-ganar!
—¡Es un suicidio-suicidio! —le respondí, levantándome—. ¡Gabriel, vuelve aquí! ¡No me dejes con la papa caliente!
En ese momento, vimos a través del cristal cómo Luciana colgaba el teléfono y fulminaba con la mirada a un pasante que pasaba por su puerta. El pobre chico casi se cae del susto.
Gabriel palideció.
—Vaya... realmente se ve... intensa hoy. Sabes qué, mejor llévale este café también. A las mujeres les gusta el café, ¿verdad?
—Gabriel, le tienes miedo —sentencié, señalándolo—. El gran Gabriel Méndez, el hombre que cría a dos pre adolescentes y sobrevive a gemelos de cinco años, le tiene miedo a mi esposa.
—No es miedo, es instinto de supervivencia —replicó él, pegado a la puerta—. Además, mi seguro de vida no cubre "ataques con carpetas de presupuesto". ¡Suerte, tigre!
Y con eso, se escapó. Me quedé solo, mirando la carpeta amarilla como si fuera un artefacto explosivo de la Segunda Guerra Mundial. Mi mente, que siempre trabaja en renderizados 3D de alta velocidad, empezó a proyectar posibles escenarios de entrega:
Escenario A: Entro reptando por el conducto de ventilación, suelto la carpeta sobre su escritorio y desaparezco antes de que el sensor de movimiento detecte mi pánico. Resultado: Me quedo atorado, Luciana me encuentra y me usa de piñata humana.
Escenario B: Entro haciendo el moonwalk, le entrego una rosa roja con los dientes y le deslizo la carpeta mientras la distraigo con mis hoyuelos. Resultado: Me clava la rosa en el ojo y usa la carpeta para abanicar mi cadáver.
Escenario C: Entro, lanzo la carpeta como un frisbee desde la puerta y salgo corriendo hacia el ascensor. Resultado: La carpeta golpea su monitor de 32 pulgadas, se rompe, y Luciana me persigue por toda la avenida principal con un nivel de velocidad que dejaría a Usain Bolt en ridículo.
Creo que nunca voy a madurar…
—¡Concéntrate, Sebas! —me susurré a mí mismo, dándome un par de palmaditas en la cara.
Me giré decidido a enfrentar mi destino, pero el grito que solté fue digno de una película de terror de bajo presupuesto. Casi me da un síncope.
Luciana estaba parada justo frente a mi escritorio. Brazos cruzados, ceja arqueada a una altura arquitectónicamente imposible y esa mirada que derretiría el permafrost de Siberia.
—¡AHH! ¡Cielos, Lu! ¡Casi me dejas viudo de corazón! —exclamé pegando un brinco que casi me hace aterrizar sobre mi propia maqueta—. Hola, mi amor, mi luz, mi arquitecta favorita...
Ella ignoró mi saludo con una frialdad que me congeló hasta los pensamientos.
—Fernando me dijo que Gabriel me había dejado algo muy importante en tu oficina —dijo con voz plana, como si estuviera leyendo una sentencia—No sé por qué andan con esa estupidez de la "papa caliente" y no me lo dejaron directamente en mi escritorio. ¿Tanto miedo me tienen?
Maldito traidor. Gabriel debe de estar riéndose en su oficina ahora mismo —si es que sabe lo que es una sonrisa, el amargado ese—. Me envió directo al matadero con una manzana en la boca.
—¿Y bien? —me interrumpió ella, impaciente—¿Dónde están los documentos?
Tragué saliva. Mis manos temblaban ligeramente mientras le pasaba la carpeta amarilla. Luego, en un movimiento que pretendía ser caballeroso pero terminó siendo torpe, le extendí el café.
—Aquí tienes. Y... toma esto. Te vi un poco estresada hoy y pensé que te vendría bien un poco de cafeína para suavizar... ya sabes, el ambiente.
Ella tomó el vaso sin dejar de mirarme a los ojos.
—Pues ya sabes perfectamente quién es el culpable de ese estrés, Sebastián.
Abrió la carpeta ahí mismo. Mi instinto de supervivencia me hizo mirar hacia los lados. Gabriel, el muy cobarde, cerró la puerta de su oficina con un "clic" audible. Fernando, que siempre aparece cuando hay drama pero desaparece cuando hay que trabajar, salió hacia la terraza con Felipe, el pasante, probablemente a fumar y a hacer apuestas sobre cuánto tiempo tardaría yo en salir llorando.
—Lu... cariño —dije, tratando de evitar que la bomba estallara en mi propia cara—, ¿no crees que deberías revisar eso en tu oficina? Ya sabes, allí tienes tu silla ergonómica, mejor luz, más... privacidad para gritar si quieres.
Ella me ignoró por completo. Sus ojos empezaron a recorrer las líneas del presupuesto y vi, en tiempo real, cómo su rostro se iba desfigurando. Sus fosas nasales se dilataron, su mandíbula se apretó tanto que temí por sus dientes y un pequeño tic empezó a saltar en su ojo izquierdo.
Oh, no. Esa es la fase cuatro de la furia. La fase cinco es la combustión espontánea.
—¿Es... una... broma? —susurró, y supe que el "insulto a la arquitectura" acababa de ser leído.
—¡Yo no lo escribí! —solté de inmediato, levantando las manos—. ¡Yo solo soy el mensajero! ¡Gabriel es el autor intelectual! ¡Búscalo a él, está bajo su escritorio!
—¡¿OCHO POR CIENTO DE RECORTE EN MATERIALES SOSTENIBLES?! —El grito de Luciana no solo hizo que Gabriel se escondiera más bajo su escritorio, sino que juraría que los cimientos del edificio vibraron—. ¡Esto no es un presupuesto, Sebastián, es un insulto a la ingeniería y a mi inteligencia!
—¡Amor, calma! El acero está caro, la inflación, el cambio climático... ¡yo qué sé! —intenté retroceder, pero choqué contra mi propia estantería de libros de diseño—. Solo es un borrador, podemos redibujarlo, ponerle más verde, ¡le pintamos flores si quieres!
—¡No me hables como si fuera una de tus gatas, Sebastián! —estalló, arrojando la carpeta sobre mi mesa con tal fuerza que mis lápices salieron volando como proyectiles—. ¡Esto es exactamente lo que haces siempre! Recortas donde es importante, evitas lo difícil, y pretendes que todo se arregla con una sonrisa y con comida. ¡Igual que anoche!
“Oh, no. Aquí viene. El presupuesto era solo el caballo de Troya para meter la discusión del sofá en la oficina”.
—Lu, por favor, estamos en el trabajo —susurré, viendo de reojo cómo Fernando y el pasante nos miraban mientras se dirigían a sus escritorios como si estuviéramos en un reality show—No mezclemos las cosas. Fue una pelea de pareja, ya pasó...
Intenté dar un paso hacia ella, extendiendo la mano para tocar su hombro, buscando ese contacto que siempre lograba que su pulso bajara de cien a sesenta. Pero ella se apartó como si mi mano fuera un cable de alta tensión.
—¡No me toques! —sentenció, y su voz de repente bajó de volumen, volviéndose peligrosamente afilada—. No debería ni mirarte, Sebastián. Ni siquiera sé cómo puedo seguir compartiendo el mismo aire que alguien tan egoísta.
—¿Egoísta? ¡Solo quiero que sigamos siendo felices! —exclamé, sintiendo que la desesperación me ganaba—. ¿Por qué soy el villano por querer disfrutar de mi esposa un par de años más sin interrupciones?
Luciana se quedó callada. De repente, la furia volcánica desapareció, dejando paso a una palidez que me asustó de verdad. Se llevó una mano al vientre de forma casi inconsciente y me miró con una mezcla de lástima y una determinación que me heló la sangre.
—Te diré qué es lo que pasa, Sebastián —dijo, y su voz tembló por primera vez—. Tengo un retraso. De casi dos semanas.
El mundo se detuvo. El ruido de la cafetera en el pasillo sonó como una explosión. Sentí que el suelo —ese mármol italiano que tanto nos costó elegir— se volvía líquido bajo mis pies.
—¿Un... un retraso? —repetí, y mi voz sonó como si hubiera inhalado helio—. ¿Cómo un retraso de tren? ¿Un retraso en la entrega de materiales? ¿Un... un "retraso-retraso"?
Luciana cerró los ojos, pidiendo paciencia al cielo.
—Un retraso de los que terminan en una cuna, Sebastián. No he querido decirte nada porque con tu actitud de "Peter Pan en el país de las maravillas" sabía que entrarías en pánico, pero no puedo seguir fingiendo que no estoy muerta de miedo. ¡Y me sales con lo del capricho!
—Lu, yo... —intenté decir, pero mi cerebro estaba ocupado proyectando una imagen de mi oficina convertida en un pelotero gigante lleno de pelotas de colores—. Solo es un retraso, ¿verdad? Quiero decir, el estrés, la mudanza, la comida grasosa de los fines de semana... todo eso afecta al... sistema.
—No lo sé, Sebastián. Pero ver tu cara de terror absoluto me confirma que, si la prueba sale positiva, voy a estar muy sola en esto —concluyó ella, limpiándose una lágrima solitaria con una elegancia que me rompió el alma—. Pero no te preocupes, Sebastián. Si tanto miedo tienes de que "un demolicionista" arruine tu vida perfecta, no te voy a obligar a estar en la obra.
Se dio la vuelta y salió de mi oficina con una dignidad que me hizo sentir del tamaño de una hormiga.
Me desplomé en mi silla. A través del cristal, vi a Gabriel asomar la cabeza con cautela, pero yo ni siquiera pude insultarlo. Por primera vez en mi vida, no tenía ni un chiste, ni una frase ingeniosa, ni un plano de escape.
Me llevé las manos a la cabeza.
Dos semanas de retraso. Una prueba de embarazo pendiente. Y yo ni siquiera he terminado de pagar mi suscripción al club de golf para solteros casados. Definitivamente, el destino no solo es un mal arquitecto, sino que tiene un sentido del humor muy retorcido.