Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 2: La vida que le escribieron
La luz del desayuno en la villa Bellini entraba siempre por el mismo lado.
Monserrat lo sabía porque había crecido viéndola avanzar sobre el mantel de lino: primero sobre las copas, luego sobre la fruta del centro, después sobre las manos de su padre cuando dejaba el periódico para servirse café. Las ocho y cuarto. La misma luz. El mismo mantel. Las mismas manos.
—La gala será el diecinueve —dijo su padre sin levantar la vista del periódico—. Los Vitale han confirmado la lista completa.
—Ya la vi —respondió Valentina desde el otro extremo de la mesa. Tenía el teléfono en la mano, como siempre, y lo movía con la precisión de quien puede leer tres informes mientras mantiene una conversación—. La cobertura de prensa está organizada. El catering lo traen de Milán.
—Bien.
Monserrat bebió un sorbo de café. Estaba en la temperatura exacta. Siempre lo estaba.
—Monse —su padre dobló el periódico con ese gesto que significaba ahora hablo en serio—. El discurso de apertura. ¿Tienes claro qué vas a decir?
—Sí, papá.
—Quiero que menciones lo del fondo para jóvenes artistas. Es buena imagen.
—Lo haré.
—Y la colaboración con la academia.
—También.
Él asintió, satisfecho, y volvió al periódico. La conversación había terminado.
Monserrat tomó otro sorbo de café y pensó que su padre tenía razón: era buena imagen. El fondo existía. La colaboración también. Ella misma los había propuesto tres años atrás, en una reunión donde nadie la escuchó hasta que presentó los números; y los números no podían ignorarse.
Valentina la miró por encima del teléfono. Solo un segundo. Monserrat sostuvo la mirada el tiempo justo para que su hermana supiera que la había visto mirar, y luego volvió a su café.
—¿Vienes hoy a la oficina? —preguntó Valentina.
—Tengo reunión con el equipo de la nueva exposición a las diez. Después almuerzo con Bianca.
—¿Y Alessandro?
—Esta tarde. Viene a buscarme.
Valentina asintió, como si eso completara algún check invisible en su mente. Monserrat se preguntó, no por primera vez, qué clase de lista llevaba su hermana. Probablemente larga. Probablemente exacta.
—Que tengas buen día —dijo Monserrat levantándose.
—Tú también.
Dejó la taza en su sitio. Blanca, con el borde dorado, la misma que usaba desde los quince años, cuando su madre decidió que ya era demasiado mayor para la loza infantil y le compró un juego de desayuno de adulta. El borde estaba ligeramente desgastado por el uso.
Salió del comedor sin mirar atrás.
Las oficinas Bellini ocupaban los tres últimos pisos de un edificio del quattrocento, en el centro, detrás de la Piazza della Signoria. Desde fuera, nadie lo habría dicho: la fachada era la misma piedra que había visto pasar quinientos años de historia florentina. Desde dentro, el contraste era absoluto: líneas limpias, luz controlada, un diseño que costaba una fortuna precisamente porque parecía no costar nada.
Monserrat atravesó la recepción saludando con la cabeza. Su equipo la esperaba en la sala de reuniones este, la que tenía vistas al Palazzo Vecchio. La que siempre le asignaban a ella porque, según alguien había decidido en algún momento, a Monserrat Bellini le quedaba bien ese fondo en las fotos.
—Buenos días.
Los seis levantaron la vista. Ordenadores, cuadernos, cafés de máquina. La maquinaria habitual de una mañana de trabajo.
—Exposición de otoño —dijo sentándose—. Estado.
Francesca, su segunda, comenzó el repaso. Fechas, artistas, cesiones, presupuesto. Todo en orden. Todo según lo planeado. Monserrat escuchaba y asentía, tomando notas que no necesitaba porque Francesca era tan meticulosa que el informe llegaría a su correo antes de terminar la reunión.
—La pieza de Conti llegará la próxima semana —dijo Francesca—. El transporte está confirmado.
—¿Seguro?
—Sí. Hablé personalmente con la galería de Milán.
—Bien.
Monserrat observó las imágenes en la pantalla. La exposición era buena. Coherente. El tipo de muestra que la crítica elogiaría y el público apreciaría. Había trabajado meses en cada detalle.
—¿Algo más?
Nadie habló.
—Entonces seguimos así. Francesca, confírmame cuando llegue la pieza.
—Lo haré.
Se levantaron. Sillas rozando el suelo, ordenadores cerrándose, pasos hacia la puerta. Monserrat se quedó un momento más, mirando la pantalla.
—Señorita Bellini.
Matteo, el más joven del equipo, se había quedado en la puerta.
—Dime.
—Solo quería decirle que… la selección de obras es impresionante. De verdad. Va a ser la mejor exposición del año.
Monserrat sonrió. La sonrisa que usaba para esas cosas.
—Gracias, Matteo.
—Es lo que todos esperábamos de usted. Exactamente lo que esperábamos.
Él salió con una sonrisa tímida, dejando la puerta abierta.
Monserrat se quedó mirando el marco vacío. Exactamente lo que esperábamos. Siete palabras. Un cumplido.
Respiró hondo antes de levantarse.
El restaurante de Bianca estaba en una calle estrecha detrás del Mercato Centrale, en un local que había pertenecido a su abuela y que ella había convertido en algo propio después de años en cocinas ajenas. Se llamaba La Solita —La de Siempre— y el nombre lo decía todo: el tipo de lugar donde la gente podía ser quien era, no quien debía ser.
Monserrat llegó cinco minutos tarde. Bianca ya estaba en la mesa del fondo, la de mejor luz, con una copa de vino blanco esperándola.
—Llegas tarde —dijo Bianca sin mirarla, ocupada en partir pan.
—Cinco minutos.
—Sigue siendo tarde.
Monserrat se sentó y tomó la copa. El vino estaba frío, como le gustaba.
—¿Cómo va la maquinaria? —preguntó Bianca, usando el nombre que daba a todo lo relacionado con la familia Bellini.
—Bien. Reunión de equipo. Exposición de otoño.
—¿La de Conti?
—Sí.
—Buena elección.
—Lo sé.
Bianca sonrió. Tenía esa forma de hacerlo que decía te estoy viendo aunque no quieras. Monserrat bebió otro sorbo.
—¿Y Alessandro? —preguntó Bianca con un tono que pretendía ser casual.
—Esta tarde viene a buscarme.
—¿A dónde?
—No sé. Él siempre sabe.
Bianca asintió, como si eso confirmara algo.
—¿Qué? —preguntó Monserrat.
—Nada.
—Bianca.
—Solo pensaba.
—¿En qué?
Bianca la miró directo.
—En que me encanta cómo hablas de él.
Monserrat esperó.
—Siempre dices lo que él hace. Lo que él organiza. Lo que él decide. Nunca lo que tú sientes.
—Porque es obvio.
—¿Es obvio?
—Sí. Quiero a Alessandro. Es un hombre bueno.
—No te he preguntado si es bueno.
Monserrat dejó la copa sobre la mesa. La madera estaba rayada por años de uso. Pasó el dedo por una de las marcas.
—Bianca…
—Solo una pregunta. Y no me mientas.
—No miento.
—Mientes todo el tiempo. A los demás. A ti misma. Es tu superpoder.
Monserrat no respondió.
—¿Eres feliz? —preguntó Bianca.
La pregunta quedó suspendida entre ellas. Un camarero dejó los platos y se marchó. Monserrat miró la comida sin verla.
—¿Qué significa eso? —preguntó al final.
—¿El qué?
—Ser feliz.
Bianca se inclinó hacia delante.
—Significa que cuando te acuestas por la noche recuerdas algo del día y sonríes sin darte cuenta. Que cuando suena el teléfono y es él, contestas distinto. Que el tiempo a solas no te pesa.
Monserrat escuchó.
—No te pregunto si Alessandro es perfecto —continuó Bianca—. Te pregunto si tú eres feliz.
—¿No es lo mismo?
Bianca negó despacio.
—No, Monse. No lo es.
Monserrat probó un poco de comida. Estaba deliciosa, como siempre.
—No lo sé —dijo sin levantar la vista.
—¿No sabes si eres feliz?
—No sé si la pregunta tiene sentido para mí.
Bianca guardó silencio.
—A veces pienso —continuó Monserrat— que la felicidad es como un idioma que todo el mundo habla y yo solo entiendo algunas palabras. Las suficientes para seguir la conversación, pero no para tenerla.
Bianca asintió.
—¿Y con Alessandro?
—Con él entiendo más palabras.
—Pero no todas.
—No.
El silencio volvió, pero era distinto ahora. Más lleno.
—Gracias —dijo Monserrat.
—¿Por qué?
—Por preguntar. Nadie pregunta.
Bianca sonrió.
—Por eso soy la mejor amiga, no la hermana.
Monserrat rió. Fue breve, pero real.
—Come —dijo Bianca—. Que se enfría.
Comieron. Hablaron de otras cosas: la exposición, un chico que Bianca había conocido, el vino de la casa. La conversación normal de dos amigas que se conocían desde los quince años.
Pero la pregunta quedó allí.
Como una raya más en la mesa.
Alessandro la esperaba en la galería a las seis.
Llegó caminando desde su oficina, como siempre, con ese paso tranquilo que nunca parecía tener prisa. Entró y ella lo vio a través del vidrio de su despacho, hablando con el recepcionista, sonriendo con esa sonrisa abierta que tenía para el mundo.
Cuando sus ojos encontraron los de ella, la sonrisa cambió. Se volvió más íntima.
Monserrat se levantó.
—Hola —dijo él, besándola en la mejilla.
—Hola.
—¿Terminaste?
—Sí.
—Bien. Vamos.
Salieron a la calle. La luz de la tarde caía sobre los adoquines y las fachadas. Florencia en esa hora en que el sol doraba las piedras.
—He pensado en cenar en ese lugar que te gusta —dijo Alessandro—. El del Oltrarno.
—Vale.
—Y luego podemos pasear por el río.
—Vale.
Él le tomó la mano. Cálida, familiar. El gesto cotidiano de quien lleva años repitiéndolo.
Caminaron así hasta el puente.
—¿Cómo fue el día? —preguntó él.
—Bien. Reunión de equipo. La exposición avanza. Comí con Bianca.
—¿Y qué dice Bianca?
—Lo de siempre.
Él rió suavemente.
—Me alegra que la tengas. Es buena para ti.
—Lo sé.
Cruzaron el puente. El Arno corría abajo, color cobre bajo el sol. Alessandro señaló algo al otro lado; Monserrat miró y asintió.
Pensó en lo fácil que era todo. En lo cómodo. En cómo estar con él era como ponerse un jersey conocido al final del día.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En nada.
Mintió. Pero era una mentira pequeña.
Él apretó su mano.
—Me gusta cuando estás así —dijo.
—¿Así cómo?
—Callada. Tranquila. Como si no hubiera nada que arreglar.
Monserrat no respondió. Siguió caminando, sintiendo la tarde dorada, el calor de sus dedos.
Y en algún lugar, muy al fondo, los suyos no apretaron de vuelta.
Cenaron en un pequeño restaurante del Oltrarno. Pasta, vino, conversaciones ligeras. Él contó una reunión absurda; ella habló del cumplido de Matteo. Alessandro dijo que era normal, que era buena en lo que hacía. Ella asintió.
Cuando salieron, ya era de noche.
—¿Te llevo a casa? —preguntó él.
—Vale.
En el coche, la ciudad pasaba en luces y reflejos. Monserrat miraba las ventanas iluminadas: cenas, discusiones, risas, vidas enteras detrás de cada cristal.
Alessandro conducía en silencio. A veces apoyaba una mano en el cambio y la otra en el volante. Manos conocidas. Manos que llevaban cuatro años allí sin pedir más de lo que ella podía dar.
El coche se detuvo frente a la villa.
Él la besó en la mejilla, como siempre. Le dijo que la llamaba mañana, como siempre. Esperó a que entrara, como siempre.
Monserrat atravesó el vestíbulo, subió las escaleras y se sentó en la cama sin encender la luz.
El reflejo de la ciudad entraba por la ventana. Luces pequeñas, lejanas.
La habitación estaba oscura. La luna aún no había salido.
Se quedó mirando hacia arriba un largo rato.
Después cerró los ojos.
Afuera, Florencia seguía encendida.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, tardó menos de lo habitual en quedarse dormida.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴