Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 10
Vera
Me asomé con cuidado por la ventana, sosteniendo a Marcus en brazos. El niño estaba tranquilo, apoyado contra mi hombro, ajeno al peligro que se respiraba afuera. A lo lejos, bajo la luz amarillenta del camino, estaban los hombres que Dante había mencionado.
—Ahí están… —susurré.
Dante se colocó a mi lado, atento, tenso como un resorte a punto de romperse.
—No se mueven —dijo—. Están esperando.
—En un pueblo como este —respondí en voz baja— es fácil que cualquiera entregue tu número de teléfono. Aquí todos saben cuándo alguien mejora algo, cuándo llega dinero… y a quién pertenece cada cosa.
Los hombres se quedaron ahí casi una hora. Sin avanzar. Sin tocar. Sin hacer ruido. Como animales midiendo el terreno. Al final, cuando no vieron movimiento alguno en la casa, se fueron.
Respiré aliviada.
Estaba segura de algo: si no hubiera estado Marcus, Dante habría hecho alguna estupidez heroica y suicida.
Le entregué al niño. Marcus lo abrazó por el cuello, escondiendo la cabeza en él.
—Te quiere mucho —le dije.
Dante asintió, pero no bajó la guardia ni un segundo.
—Y yo tengo que asegurarme de que nada le pase —respondió.
Esa noche dormí poco. Muy poco.
Si escuchaba un grillo, me despertaba.
Si el viento movía una rama, me sentaba en la cama.
A la mañana siguiente fui al pueblo a comprar herramientas. Llamé a Dante para avisarle que el equipo del circuito cerrado de televisión ya venía en camino.
—Gracias —dijo, y colgamos.
En el pueblo hablé con Dora. Me contó que pronto serían las ferias y que quería vender algo para aumentar sus ingresos.
—Podrías vender postres —le sugerí—. O comida típica.
—Ay, no se me da bien eso —respondió, apenada.
—Yo te ayudo —dije sin pensarlo—. Organizamos algo sencillo.
Brayan me dio las gracias con un abrazo y un beso en la mejilla. Sonreí. Se sentía bien ayudar… sentirse útil en medio del caos.
Cuando volví a la finca, Dante estaba con el equipo de instalación, señalando puntos estratégicos para las cámaras. Al verme, se acercó y tomó las cajas que yo llevaba. Mi camioneta venía cargada de cables, tornillos, soportes. Les tomaría días instalar todo por las vías internas. Era imposible cubrir toda la propiedad, pero coordinamos los lugares más importantes.
Ese fin de semana llegaron los caballos. Cuarto de milla. Eran necesarios para recorrer zonas donde entrar en vehículo era complicado por el agua y el terreno. También llegaron los perros entrenados. Grandes. Imponentes. Vigilantes.
Todo parecía avanzar.
Fui al pueblo para ayudarle a Dora con la preparación de los postres. Estábamos concentradas cuando escuché la voz más horrible del mundo.
—Mi amor… hace mucho no te veía, mi amor.
Me giré despacio.
Ahí estaba Tobías.
Con su típica pose de superioridad. La sonrisa ladeada. El traje caro en un pueblo que no lo merecía.
—No me digas “mi amor” —respondí con frialdad—. Tú y yo no somos nada.
Él acortó la distancia entre nosotros.
—Debiste permanecer fiel —dijo en voz baja—. Como la perra que eres.
Sentí la sangre hervir.
—Respeta —dije, firme—. Tú jugaste con las dos. Ella creyó tus mentiras… pero yo no creo en nada de lo que dices. Déjame en paz, Tobías. Ve con tu familia. Con tu esposa perfecta, con tu hijo perfecto, con tu vida falsa.
Me acerqué un poco más, sin miedo.
—Porque eso es lo único que sabes hacer: mentir y esconderte detrás del dinero.
Seguí caminando, pero sentí su mano cerrarse con fuerza alrededor de mi brazo. Me giró bruscamente.
Y entonces ocurrió.
El golpe fue seco. Directo al rostro.
No gritó.
No avisó.
No dudó.
Sentí el impacto, el ardor inmediato, el sabor metálico en la boca. Hacía mucho tiempo que no recibía un golpe así… y aun así, no lloré.
Me quedé de pie.
La gente alrededor Se quedó en silencio, no se acercaron, no ayudaron, solo observaban, como si fuera una película, un chisme más...
—No vuelvas a tocarme —dije, mirándolo con odio—. Porque esta vez no me voy a quedar callada.