Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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3.
—Señor, estamos aquí. —La voz del conductor llamó la atención de todos, y por fin la atmósfera incómoda se rompió.
El conductor disminuyó la velocidad del coche frente a un edificio de oficinas y entró al estacionamiento privado de la enorme construcción. Cuando el auto se detuvo en el espacio asignado, tanto el chófer como el asistente se bajaron del auto y abrieron las puertas traseras del vehículo, para que el otro hombre y Julia pudieran salir.
Bajo el ligero nerviosismo que había acumulado en el viaje, Julia bajó rápidamente. En el camino había intentado alisar su ropa, ponerse más presentable, pero no tenía un peine para arreglar su cabello o alguna liga para atarlo. Se había sentido bastante fuera de lugar entre gente de traje. Más que nada después de escanear al hombre que había viajado en silencio todo el tiempo, mientras revisaba papeles o escribía en una laptop.
Fue durante esos minutos de viaje que había cimentado la impresión en su corazón y el desfase de su cosmovisión sobre el protagonista masculino de la novela: el hombre sentado a su lado. Antes solo había visto ilustraciones oficiales, arte de fans en distintos estilos, pero todos tenían este sabor que ahora parecía impregnar la lengua de las personas que lo veían. La novela lo describía finamente, resaltando atributos físicos que estaban pensados para hacerlo destacar entre la multitud, hechos para señalar explícitamente su condición excepcional. Y ahora por fin podía ver las letras que salían de esas páginas y se convertían en una persona que respiraba en el mundo mortal.
Julia por fin creyó que estaba dentro de una novela.
—Señorita Dolce. —Una voz clara y masculina resonó en sus oídos. Rápidamente, levantó la cabeza y se encontró con la mirada directa del protagonista en su rostro. —Sígame.
El hombre se dió la vuelta y comenzó a caminar hacia el ascensor del estacionamiento. Julia lo siguió, justo a tiempo para verlo sacar una tarjeta y ponerla en el escáner junto a la botonera, haciendo un gesto para que entrara cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Ahí se dio cuenta de que estaban ellos dos solos en el ascensor, el asistente había vuelto a salir con el chófer. Apretó la mano que sostenía el vaso comprado, poniéndose algo inquieta.
—El asistente Duan salió a hacer un recado. La llevaré a mi oficina y comeremos ahí, ¿le parece bien?
Había algo de vacilación en la voz del protagonista, como si recién se diera cuenta de que Julia no había dicho nada y solo los hubiera estado siguiendo sin ninguna explicación de su parte. Julia asintió.
Se llevó una mano al pecho para frotar el lugar discretamente. Julia no estaba tan nerviosa como parecía, pero sentía una extraña presión ambiental cada vez que el otro le dirigía la palabra, además del nerviosismo de estar en un lugar reducido con un hombre desconocido. Eso último mantenía su cuerpo tenso, listo para saltar todo el tiempo.
El ascensor iba bastante rápido y pronto llegaron al piso veintiséis. Había un par de escritorios cerca de las puertas del ascensor y una mujer estaba al teléfono en uno de ellos. La mujer se disculpó rápidamente con la llamada y saludó al jefe.
—Puedes tomar tu hora del almuerzo en cuanto llegue el asistente Duan. —El protagonista le hizo un asentimiento con la cabeza y le dio direcciones aparte.
La mujer le agradeció y siguió la llamada, pero sin quitar los ojos de Julia mientras su jefe le abrió la puerta de su oficina y le pidió entrar primero.
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—Puedes sentarte donde gustes.
Mientras el hombre dejaba su maletín y su laptop en el escritorio, le indicó un par de sofás que estaban junto a una ventana con las cortinas corridas, en diagonal a su posición. Se quitó también la chaqueta de su traje, quedando con una camisa blanca.
Julia se sentó en el sofá que todavía estaba a la sombra, colocando su vaso sobre su regazo. El hombre se acercó mientras se subía los puños de las mangas. Se sentó en el sofá opuesto, con la luz del sol tocando parte de su cuerpo. Bajo una luz tan directa, Julia pudo volver a trazar los rasgos del protagonista masculino.
Si uno tomara la descripción de la novela y la desmontara, podría reconocer cada parte de las facciones que florecían en él. De ojos agudos como hojas de laurel, oscuros y brillantes de luz propia. Tenía una nariz recta que terminaba con un lindo lunar claro en el costado de la punta. No parecía excesivamente intimidante, solo poco accesible por voluntad propia. Labios finos que parecían cortar una sonrisa antes de llegar a ellos.
La novela dejaba en claro que era atractivo. Por separado podrían ser rasgos comunes, pero juntos tenía un encanto magnético y exquisito. Julia no había entendido esa frase hasta ahora.
No había fuerza explosiva o una belleza deslumbrante capaz de hacer que las naciones se fueran a la guerra por ella. Era una belleza tranquila que sin importar cuántas veces la vieras, siempre podría tocar tu corazón y hacer temblar tu alma.
Así como Julia analizaba al hombre frente suyo, ella también estaba siendo analizada. El hombre pensó que no estaba insatisfecho con lo que veía.
—Permítame presentarme oficialmente, señorita Dolce —habló de pronto. —Andrew Meyer, a su disposición.
Ah, por fin.
Julia por fin pudo respirar tranquila. La presión que sentía sobre sus hombros se disipó y pudo encontrar la fuerza para hablar.
—Julia Dolce, un gusto —respondió con una sonrisa pequeña. La tensión que había entre ellos había sido demasiado incómoda y cada vez que lo miraba, parecía que estaba a punto de ser enviada a la oficina de su jefe con un reporte mal hecho.
No sabía si era un efecto común al conocer a un protagonista, o si era algo referente a su estado mental después de toda la aventura. Pero finalmente podía dejarlo atrás y ser quien era.
Había leído muchas novelas de este tipo, estaba muy preocupada de que hubiera un problema al conocer a este protagonista.
Cosas como la activación de un sistema de algún tipo, influencia del guión de la novela o cualquier cosa mínimamente negativa había pasado como opción dentro de su mente; la tensión y la influencia que había sentido todo este tiempo había parecido un presagio de mala suerte. Era bueno que no hubiera ocurrido nada.