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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 14

Narrador: Leo Ubicación: Instituto San Lorenzo / Calle de San Antonio

El lunes por la mañana tenía el sabor de una moneda de cobre bajo la lengua.

Me desperté antes de que sonara la alarma. Me puse el uniforme limpio, el que mi madre había planchado con tanto esmero mientras yo soñaba con domingos perfectos. Me miré al espejo y vi a un chico que ya no tenía miedo. O eso creía.

Caminé hacia la esquina de siempre. Siete y media.

El sol empezaba a calentar el asfalto. Un perro callejero me saludó con un bostezo. Miré hacia el final de la calle, esperando ver esa figura desgarbada, la chaqueta de cuero, el pelo revuelto y esa sonrisa de medio lado que decía: "Vamos a quemar el mundo, socio".

Siete y cuarenta.

Siete y cincuenta.

—Se ha quedado dormido —murmuré para mí mismo, aunque un nudo frío empezó a apretarme la garganta—. El imbécil se ha quedado dormido después de tanto drama.

Corrí hacia el instituto. Quizás se había ido por su cuenta. Quizás su padre lo había llevado a la fuerza.

Entré por la puerta principal. El patio era un hervidero de murmullos. Sentí las miradas. Los dedos me señalaban. Los "hijos de papá" del equipo de fútbol se apartaban como si yo tuviera la peste, pero no había burlas. Había una extraña cautela. Bruno estaba allí, sentado en una jardinera, rodeado de su séquito. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él apartó la vista de inmediato. Tenía la mandíbula apretada y una expresión de derrota contenida que me dio una satisfacción momentánea.

Fui directo a nuestra aula.

El pupitre de Mateo, el que estaba justo al lado del mío, estaba vacío. Limpio. Sin la mochila tirada en el suelo, sin los garabatos de grafito en la madera.

—¿Dónde está? —le pregunté a Javi, que estaba sentado dos filas atrás.

Javi se encogió de hombros, mirando hacia otro lado.

—No sé, Candelario. Dicen que se ha ido. Traslado voluntario. Sus padres firmaron los papeles anoche.

—¿Traslado? Estás mintiendo.

—Pregúntale a Clara —dijo Javi, señalando hacia la puerta.

Clara entró en el aula. No llevaba su habitual energía de hacker. Caminaba despacio, con la cabeza baja. Me vio y se detuvo. Sus ojos estaban rojos.

—Leo... —susurró.

—Dime que es una broma —dije, acercándome a ella. Mis manos empezaron a temblar—. Dime que Mateo está escondido en el baño esperando para darme un susto.

Clara no dijo nada. Metió la mano en su mochila y sacó un sobre blanco. Tenía mi nombre escrito con esa letra angulosa y rápida que yo tanto conocía.

—Me la dio anoche —dijo Clara con la voz rota—. Me obligó a prometer que no te diría nada hasta ahora.

Cogí el sobre. El papel se sentía como plomo. Me fui al fondo del pasillo, a un rincón oscuro donde el olor a cera de suelo era más fuerte. Abrí el sobre.

Leí.

...el precio es que yo no puedo estar allí... García fue muy claro... no me busques... bórralo todo...

Terminé de leer y el mundo se quedó en silencio. No fue un silencio de paz, sino el silencio que queda después de una explosión, cuando los oídos te pitan y no puedes procesar el sonido.

Arrugué la carta en mi puño.

—¿Leo? —Clara se acercó con cuidado—. Lo ha hecho por ti. Para salvarte.

—No —dije, y mi voz sonó como si viniera de otra persona—. Lo ha hecho por él. Lo ha hecho porque es un cobarde que prefiere ser un héroe trágico que quedarse a pelear conmigo.

—Él te quiere, Leo.

—Si me quisiera, me habría preguntado. Si me quisiera, sabría que prefiero que me expulsen mil veces antes que estar en este edificio sin él.

Sentí una presión en el pecho, un calor líquido que subía por mi cuello. Pero no eran lágrimas. No esta vez. Era algo mucho más oscuro. Mucho más denso. Era rabia. Una rabia pura, volcánica, que quemó la tristeza antes de que pudiera salir.

Saqué mi móvil. Busqué su contacto.

Bloqueado.

Él me había bloqueado primero. Había cortado el cable. Me había dejado a la deriva en el espacio.

—Vale, Mateo —susurré, mirando la pantalla negra—. Quieres que sea invisible. Quieres que siga adelante. Quieres que sea un artista.

Guardé el móvil. Caminé de vuelta al aula. El profesor Martínez ya estaba allí, escribiendo fórmulas en la pizarra.

—Señor Candelario, llegue tarde pero llegue en silencio —dijo sin girarse.

Me senté en mi sitio. Abrí mi cuaderno de dibujo. Pero no dibujé ojos. No dibujé rostros tristes ni nubes.

Agarré el carboncillo más oscuro que tenía y tracé una línea gruesa, violenta, que cruzó toda la página. Luego otra. Y otra. Empecé a dibujar la ciudad, pero no la ciudad bonita de ayer. Dibujé la Torre Eclipse como una guillotina. Dibujé el San Lorenzo como una cárcel. Y en el centro, dibujé un vacío con forma de persona.

Pasé las siguientes tres clases en trance. No escuché una sola palabra. Solo veía el papel.

Cuando sonó el timbre del recreo, me levanté. No fui a la cafetería. Fui al almacén de arte del subsuelo. La puerta estaba cerrada, pero sabía dónde guardaba la llave el bedel.

Entré. Allí estaban los botes de spray que habíamos confiscado para el mural del festival que nunca se hizo. Rojo. Negro. Blanco. Azul eléctrico.

Metí seis botes en mi mochila.

—¿Leo? ¿Qué haces? —Clara estaba en la puerta, observándome con preocupación.

—Lo que él me pidió —dije, colgándome la mochila—. Voy a ser un artista.

—Te van a pillar, Leo. Acabas de volver. Si te ven vandalizando el colegio...

—No voy a tocar el colegio, Clara. El colegio es pequeño. Quiero que me vea. En todas partes.

Salí del instituto por la puerta de atrás. Me salté las clases de la tarde. Me daba igual. Ya no tenían nada con lo que amenazarme.

Fui al callejón que estaba justo frente a la parada de taxi donde Mateo me dejó anoche. Había una pared de ladrillo gris, sucia y olvidada.

Sacudí el bote de spray. El sonido de la canica mezclando la pintura fue mi nueva banda sonora. Klak-klak-klak.

Empecé a pintar.

No hice letras. No hice grafiti convencional. Pinté un corazón, pero no uno de San Valentín. Un corazón anatómico, realista, rodeado de alambre de espino. Y dentro del corazón, una palabra en letras blancas, goteando como si fuera pintura fresca:

TRAIDOR.

No me detuve ahí. Crucé la ciudad. Fui a la avenida que llevaba a Los Prados. En un muro de contención gigante, pinté una silueta de un chico cayendo desde un edificio de cristal. No tenía rostro, pero llevaba una chaqueta de cuero. Bajo la silueta, una frase:

EL PRECIO DE TU SILENCIO.

La adrenalina me hacía temblar las manos, pero la precisión era absoluta. Era como si Mateo, al irse, me hubiera dejado toda su energía nerviosa.

A las seis de la tarde, llegué a la puerta de la Torre Eclipse.

Había una valla publicitaria vacía justo enfrente, a nivel de calle. Los guardias estaban dentro, protegidos por el cristal blindado.

Saqué el azul eléctrico.

Pinté un ojo inmenso. El ojo de Mateo. Pero en la pupila, en lugar de un reflejo, pinté una jaula de oro. Y debajo, en letras que ocupaban tres metros:

¿CUÁNTO VALE TU LIBERTAD?

Firmé con mi marca: un pequeño cuervo negro con una rama de flamboyán en el pico.

Regresé a casa cuando ya era de noche. Mi madre estaba en la cocina, preocupada.

—Leo, ¿dónde estabas? El colegio llamó diciendo que no fuiste a las últimas clases.

—Estaba trabajando, mamá —dije, dejando la mochila pesada en el suelo. Tenía las manos manchadas de azul y negro.

—¿Trabajando? ¿En qué? Mírate las manos, hijo...

—En la verdad, mamá. He decidido que ya no voy a esconderme.

Subí a mi habitación. No encendí la luz. Me senté en la cama y miré la pared donde Mateo se había apoyado la noche de la tormenta.

Saqué la carta de mi bolsillo. La volví a leer.

"Dibuja por mí. Vive por mí."

—Vete a la mierda, Mateo —susurré.

Rompe la carta en pedazos minúsculos. Los tiré por la ventana y vi cómo el viento se los llevaba hacia la oscuridad de San Antonio.

Si él creía que podía comprar mi seguridad con su ausencia, no me conocía. Si creía que yo me quedaría sentado pintando bodegones mientras él jugaba a ser el mártir en un colegio pijo, se equivocaba.

Iba a llenar la ciudad de él. Iba a hacer que cada vez que García mirara por la ventana de su oficina, viera su pecado. Iba a hacer que Mateo, estuviera donde estuviera, no pudiera encender una pantalla o caminar por una calle sin recordar lo que había dejado atrás.

Me acosté sin cenar. Cerré los ojos y, por primera vez en semanas, no vi su sonrisa. Vi un lienzo en blanco. Y mañana, iba a ser mucho más grande.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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