Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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Encuentros peligrosos.
El silencio en la casa era tan denso que podía escucharse el eco de sus propios pasos. Maximiliano avanzaba lentamente por el pasillo, cada paso lo conducía hacia un lugar que había evitado con gran esfuerzo. La puerta de la habitación, aquella que había ocupado Valeria durante tres años; aún permanecía cerrada.
Apoyó la mano en el pomo y, por un instante, dudó. Una parte de él quería dar media vuelta y seguir fingiendo que nada había cambiado; pero la otra parte, la que aún sangraba en silencio, lo empujó a entrar.
El leve chirrido de la puerta rompió la quietud de aquella habitación la cual se mantenía igual, como si el tiempo se hubiera detenido el mismo día en que ella desapareció de su vida. El aire conservaba un tenue aroma a su perfume, ese toque dulce y embriagador que tanto la caracterizaba.
Maximiliano avanzó despacio, recorriendo cada rincón con la mirada. Sobre la cómoda aún quedaban algunas cosas que no tuvo el valor de mover; una botella de su fragancia favorita, una pulsera que solía usar y una fotografía enmarcada donde ambos sonreían. Tomó la foto entre sus manos y, sin poder evitarlo, una punzada de dolor le recorrió el pecho.
— ¿Cómo pudiste hacerme esto, Valeria? — Susurró apenas, su voz quebrándose entre la nostalgia y la rabia contenida.
Se sentó al borde de la cama, dejando que los recuerdos lo envolvieran. En su mente aparecieron las risas compartidas, los desayunos apresurados, las discusiones que terminaban en silencio y las noches en que creía tenerlo todo.
Era como si cada recuerdo regresará con la intención de desgarrarlo desde dentro.
Su mirada se dirigió al armario; con un poco de duda lo abrió con cuidado y allí estaban aún colgados algunos de sus vestidos, las prendas que ella había dejado sin mirar atrás. Pasó los dedos por la tela, como si al hacerlo pudiera tocarla nuevamente. El olor a su perfume se aferraba a cada fibra, haciéndolo sentir por un instante que ella seguía allí.
Maximiliano cerró los ojos y aspiró hondo. Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla. No recordaba la última vez que había llorado, pero esta vez no lo detuvo.
— Te di todo. — Murmuró suavemente. — Y aun así, me dejaste sin nada.
Caminó hasta la ventana y apartó las cortinas. El cielo gris del atardecer cubría la ciudad, reflejando perfectamente lo que sentía. Había luchado tanto por mantenerse firme, que no se había permitido vivir su duelo. Y ahora, entre esas paredes, entendía que no solo había perdido a su esposa… había perdido también al hombre que solía ser.
Permaneció allí un largo rato, en silencio, observando el vacío; y entonces recordó aquellas palabras. “Cuando vuelvas a tener los pies sobre la tierra y recuperes tu enfoque… volveré”. Ella tenía razón, debía empezar de nuevo, pero está vez no permitiría que volvieran a engañarlo, no de la misma manera.
Caminó nuevamente hasta la pequeña mesa y tomó la fotografía nuevamente entre sus manos, la miró con tristeza y la volvió a dejar en el mismo lugar..
— Tal vez algún día pueda perdonarte… — Dijo con voz casi inaudible. — Pero nunca podré olvidar lo que me has hecho.
Apagó la luz y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Esta vez, no lo hizo con dolor, sino con la resignación de quien finalmente acepta que todo ha terminado.
Habían pasado varias semanas desde aquella noche en la que Maximiliano decidió dejar definitivamente el pasado atrás. La empresa por fin estaba recuperando su estabilidad y él comenzaba, poco a poco, a encontrar la suya. No era felicidad lo que sentía, pero sí una paz distinta… una que nacía del cansancio y la aceptación.
Pero eso no quería decir que había olvidado; porque se había dedicado a obtener todo lo que necesitaba, esas mismas pruebas que lo habían ayudado a extinguir lo poco que quedaba de ese amor que tanto dolor le causó. Sabía que ella nuevamente aparecería en su vida, y cuando eso sucediera, él la estaría esperando.
Las mañanas ya no eran tan pesadas; el café sabía diferente, y aunque el vacío seguía presente, había aprendido a convivir con él. Pasaba más tiempo en la oficina que en casa, y cada proyecto nuevo era una forma de recordar que aún quedaban cosas por construir, incluso si lo perdido ya no podía repararse. Por eso había decidido comprar un apartamento cerca de la empresa, uno que no tuviera viejos recuerdos, uno donde pudiera sentirse libre y en paz.
Una tarde, una reunión inesperada lo llevó a salir antes de tiempo. El cielo amenazaba con lluvia y la ciudad se movía con el bullicio habitual de los fines de semana. Caminaba hacia su coche, distraído entre sus pensamientos, cuando una escena frente a un hotel llamó su atención.
Una mujer discutía con un hombre junto a un auto de lujo. Su tono altivo y la forma en que movía las manos dejaban claro que estaba acostumbrada a que nadie la contradijera. Pero a pesar de la distancia, Maximiliano la reconoció de inmediato.
— Sofía… — Susurró, como si decir su nombre trajera problemas.
Ella lucía igual de deslumbrante que siempre, aunque su mirada era más dura, más arrogante. Vestida con un elegante traje blanco que resaltaba su figura, discutía con el valet del hotel, visiblemente molesta.
— ¿De verdad crees que puedes estacionar mi coche en ese lugar? — Decía con voz cortante. — ¿Sabes siquiera cuánto vale una pieza de este auto?
El joven, visiblemente nervioso, intentaba explicarse, pero Sofía no le daba oportunidad. Fue entonces cuando Maximiliano decidió intervenir. Se acercó con paso firme, atrayendo todas las miradas, y su sola presencia bastó para que el ambiente cambiará.
— Creo que ya fue suficiente. — Dijo con serenidad, interponiéndose entre ambos. — No ganas nada gritándole.
Sofía se giró hacia esa voz, dispuesta a responder con la misma soberbia… pero al ver a Maximiliano, su expresión cambió. Sus labios se entreabrieron apenas, sorprendida y al mismo tiempo una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
— Vaya, pero si es nada más y nada menos que el mismísimo Maximiliano Ferreira. — Dijo con una sonrisa ladeada. — Pensé que te habías vuelto un miserable ermitaño.
Maximiliano optó por ignorar su desagradable comentario y enfocarse en lo importante. Salvar al pobre Valet de una mujer insufrible.
— Para tu sorpresa no ha sido así. Aunque admito que mi vida ha estado más tranquila sin tus… visitas. — Respondió con calma, cruzando los brazos.
Ella soltó una risa suave, arrogante, como si las palabras de él fueran un cumplido.
— Qué aburrido debe ser vivir tranquilo. — Replicó, dándole un vistazo de arriba abajo. — Parece que el tiempo te ha tratado bien.
— Y tú sigues igual… — Contestó él. — Hermosa… y peligrosa.
El silencio que siguió estuvo cargado de algo que ninguno de los dos quiso nombrar. Finalmente, Sofía giró hacia el valet y, con un gesto imperceptible, le arrebató las llaves.
— Olvida lo que dije. — Dijo en tono seco. — Ya no importa.
Maximiliano la observó con atención, el mismo se había sorprendido de sus propias palabras, pero ya no podía retractarse. Debía aceptar que había algo en ella, una fuerza que lo irritaba y lo atraía al mismo tiempo. Sabía que debía alejarse, pero algo en su interior le pedía mantenerse cerca de ella.
— ¿Necesitas que te lleve a algún lugar? — Preguntó al final, al ver que ella se daba media vuelta para marcharse.
Sofía lo miró con esa mezcla de desafío y encanto que siempre la había distinguido.
— Podría aceptar tu invitación, solo por cortesía. Pero podrías acostumbrarte, Maximiliano. No soy de las que se dejan rescatar.
— Eso no parecía antes cuando perseguías a Alexander. — Respondió con una media sonrisa.
Sofía entendió de inmediato a qué se refería Maximiliano, pero en ese momento no estaba para esos juegos. Ella ahora estaba en su papel, uno que muy pronto dejaría por completo, pero primero debía jugar su última carta.
— En estos momentos no estoy disponible para que experimentes tu nueva faceta. Y si lo que intentas es coquetear conmigo, estás a mil años luz de conseguir algo. — Se acercó peligrosamente a su rostro, dejando que su perfume lo envolviera por completo. — No soy una mujer de juegos, y aunque me gustaría jugar contigo, en estos momentos estoy muy ocupada.
Su voz era un susurro cargado de intención, una amenaza disfrazada de tentación. Maximiliano la observó detenidamente, intentando descifrar en su mirada lo que ocultaban sus palabras. Sofía, en cambio, solo sonrió con ese gesto de superioridad que la caracterizaba, y sin añadir nada más, dio media vuelta y se subió al vehículo que la esperaba frente al edificio.
El sonido de la puerta cerrándose lo sacó de su ensimismamiento. Por un instante, pensó que ella lo iba a besar, pero estaba muy lejos de la realidad. Había sido un simple movimiento calculado, una provocación precisa para desestabilizarlo.
Maximiliano permaneció allí, completamente inmóvil, sintiendo todavía el cálido aliento de Sofía sobre sus labios. El aire parecía haberse vuelto más pesado, mezclado con el rastro de su perfume que aún flotaba a su alrededor, una fragancia dulce y amarga que evocaba tanto deseo como peligro.
Observó cómo el vehículo se alejaba entre el tráfico hasta desaparecer por completo. Por un instante sintió cómo una leve inquietud se apoderaba de su pecho. Pero no estaba seguro de lo que era, no sabía si era enojo, curiosidad o el principio de algo que no estaba dispuesto a admitir.
Con frustración, se pasó una mano por el cabello dejando escapar un pesado suspiro.
— Siempre hace lo mismo… — Murmuró para sí mismo. — Siempre sabe cómo alterar mi mundo en un solo instante.