Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 23
Camila
Los días siguientes fueron similares. No ocurrió nada extraordinario. Y, sin embargo, todo era distinto.
Cada mañana me descubrí más sensible a su presencia, más atenta a los pequeños gestos, como si recién ahora estuviera aprendiendo a mirarlo de verdad.
Aquella mañana lo sentí volver antes de escucharlo. El sonido suave de la puerta, el olor a aire fresco y a esfuerzo reciente. Nicolás siempre salía a correr al amanecer; yo solía despertar cuando ya no estaba.
Cuando entró al dormitorio, yo salía de ducharme. Me acerqué sin pensarlo y lo saludé con un beso corto, natural, como si lo hubiéramos hecho toda la vida.
—Te fuiste más temprano de lo habitual —le dije, apoyando la frente en su pecho aún tibio.
Sonrió.
—No quise despertarte.
—Ve a ducharte —respondí—. Voy a preparar el desayuno.
Asintió, mirándome con esa expresión tranquila que se había vuelto habitual últimamente. Antes de entrar al baño, se giró.
—¿Vienes conmigo a la empresa?
Negué con suavidad.
—Hoy no. Primero quiero pasar a ver a Keila. Después nos vemos allá.
No hubo reclamos ni explicaciones innecesarias. Solo comprensión.
Mientras lo veía alejarse, pensé en lo extraño y hermoso que era sentir que por fin éramos un matrimonio real. No por los papeles, ni por el hijo que nos unía, sino por esa conexión silenciosa, por la manera en que empezábamos a compartir lo cotidiano.
Después de desayunar juntos y despedirnos, fui a ver a Keila.
Apenas crucé la puerta, me observó con atención… y sonrió de lado.
—Vaya —dijo—. Al parecer alguien tuvo una buena noche.
Negué, riendo, sin poder ocultarlo.
—Creo que… por fin las cosas se están acomodando con Nicolás.
Me senté frente a ella y hablé sin reservas. Le conté cómo me sentía, cómo me sorprendía descubrirlo cada día, cómo no podía creer que durante tanto tiempo me hubiera privado del hombre maravilloso que tenía a mi lado.
Keila me escuchó con calma, sin interrumpirme.
—Lo importante no es lo que no hiciste antes —dijo finalmente—, sino lo que empiezas a hacer desde ahora.
Asentí, sintiendo un nudo suave en la garganta.
—Gracias —le dije—. De verdad. Sin ti, no sé si habría llegado hasta aquí. Me ayudaste cuando estaba perdida… cuando todo era una tormenta.
Keila me sonrió con ternura.
—Y ahora estás en calma.
Respiré hondo.
—Sí. Y espero que esta calma se quede para siempre.
No sabía si eso sería así. Pero lo deseé sin miedo.
Mi día en la empresa fue bastante aliviado. Solo tuve que trabajar desde mi oficina.
Quedaba poco para terminar la jornada, y yo ya estaba libre de pendientes. Así que decidí ir a la oficina de Nicolás para irnos juntos.
Caminé por el paso por el pasillo de la empresa mientras veía como los empleados se preparaban para marcharse pronto.
Nicolás solía terminar a esa altura del día, era de los últimos en marcharse.
Cuando llegué a su oficina, la puerta estaba abierta de par en par.
La oficina estaba vacía.
Fruncí el ceño y miré alrededor, como si él pudiera aparecer detrás del escritorio en cualquier momento. Pero no. Ni siquiera su saco estaba en el perchero.
Oí pasos aproximarse. Era Fernanda, su secretaria, que venía con unas carpetas.
Levantó la vista y se sorprendió al verme allí.
—Señora Camila — dijo —. ¿Está buscando al señor Nicolás?.
—Sí… ¿sabes dónde está?
Fernanda dudó un segundo antes de responder.
—Se retiró hace poco. Recibió una llamada de la señora Morelia. Parecía algo urgente. Se veía muy preocupado. Solo me pidió que le deje listos estos documentos para mañana y se fue.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿No comentó nada más?
—No… solamente dijo que debía irse de inmediato.
Asentí, intentando no mostrar mi inquietud. Saqué el celular y marqué el número de Nicolás.
Apagado.
El nudo se apretó un poco más.
Tragué saliva. Algo no estaba bien. Y comencé a preocuparme.
Salí de la empresa casi sin despedirme y subí a mi auto. Mientras conducía, marqué el número de Tamara.
—Señora Camila, dígame —respondió enseguida.
—Tamara, voy a llegar un poco más tarde. Debo atender un asunto. ¿Puedes quedarte un rato más con Alvarito?
—Sí, claro. ¿Está todo bien, señora?
—Sí, no te preocupes… solo debo pasar por la casa de Morelia.
—Está bien, señora, yo me quedo con el niño.
—Gracias, Tamara.
Colgué y apreté el volante con un poco más de fuerza de la necesaria. Intentaba convencerme de que seguramente era una tontería… pero el silencio de Nicolás me inquietaba demasiado.
Cuando llegué a la casa de Morelia, estacioné rápidamente y caminé hasta la puerta. Toqué el timbre. Unos segundos después, Valeria abrió.
—Camila… —dijo con una expresión extraña, entre preocupación y sorpresa.
—Hola… ¿está aquí Nicolás?
Valeria asintió y se hizo a un lado para dejarme pasar.
Entré. El ambiente estaba cargado, pesado, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Avancé hacia la sala pequeña… y entonces los vi.
Nicolás estaba sentado en el sillón, con Paola recostada contra su pecho. Él la sostenía con un brazo alrededor de sus hombros, murmurándole algo en voz baja.
Paola se veía… devastada.
Tenía el labio partido. Rasguños rojizos en el cuello. Moretones difusos en los brazos. Sus ojos estaban hinchados, llenos de lágrimas.
Morelia estaba sentada enfrente, con un vaso de agua entre las manos. Su expresión reflejaba una profunda preocupación.
Todos levantaron la vista cuando entré.
Nicolás se tensó apenas me vio. Lo noté en la rigidez de su mandíbula.
—Hola… —dije en voz baja —. Fernanda me dijo que saliste por una urgencia ¿Está todo bien?
Nicolás suspiró.
—Sí. Mi madre llamó para avisarme que Paola vino del pueblo… Tuvo un problema muy grave con su jefe.
Miré a Paola. Ella evitó mi mirada al principio, pero después levantó los ojos hacia mí, llenos de lágrimas.
Sentí una punzada de compasión.
—Lo siento mucho… —dije acercándome un poco—. ¿Te encuentras bien?
Ella asintió débilmente.
—Sí… estoy bien… gracias por preocuparse —susurró con la voz quebrada—. Gracias a todos… gracias, madrina, por recibirme…
Se volvió hacia Morelia con un gesto de gratitud temblorosa.
Morelia apoyó el vaso sobre la mesa y habló con un tono cargado de angustia.
—Esta mañana mi comadre me llamó. Estaba muy asustada. Me dijo que tenía miedo de que Paolita corriera peligro en el pueblo… y me pidió que si podía quedarse con nosotros unos días. Por supuesto, no dudé en decirle que sí.
Paola rompió en llanto otra vez, cubriéndose el rostro con las manos.
Sentí que el pecho se me apretaba. Me acerqué impulsivamente, me senté a su lado, quedando ella en medio de Nicolás y yo. Su cuerpo temblaba. Se veía tan frágil… o al menos eso parecía.
—Tranquila… —le murmuré tomando su mano—. Todo estará bien.
Mientras sostenía su mano, levanté la vista. Nicolás me observaba en silencio, con una expresión de alivio.
—¿Qué fue lo que pasó? — pregunté.
Paola me miró de golpe. Como si mi pregunta la hubiera tomado por sorpresa.
—Sí, Paola. Cuéntanos, ¿qué fue lo que te pasó? —. Valeria se sumó a mi pregunta.
Paola pareció recordar algo y rompió en llanto nuevamente. Morelia se acercó para contenerla. Yo le di mi lugar al lado de Paola.