Isabella Rinaldi y Alessandro Salvatore
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Capitulo 15
Isabella.
Hemos vuelto al principio. Logramos encontrar fruta, pero no algo donde podamos pasar la noche, la cual estoy segura caerá en algunas horas.
Caminamos por los alrededores y veo un lugar que podría ser perfecto para hacer algo donde pasar la noche. Se lo hago saber a Alessandro, quien está de acuerdo conmigo.
Yo voy por la fruta que dejamos donde estábamos y él va a buscar palos.
Cuando llego, lo veo haciendo huecos en el suelo.
—¿Eso para qué es? —le pregunto.
—Para enterrar los palos y así sean más resistentes —responde como si fuera obvio.
Hace cuatro huecos primero y lo ayudo a colocar los palos. Luego empieza a poner otros para hacer el techo y, mientras hace eso, me armo de valor para buscar hojas de palmera.
Camino mientras recojo todas las que encuentro, hasta que me detengo al encontrar unos bolsos.
Dejo las hojas de palmera y camino un poco más hasta que un olor fétido llega a mis fosas nasales. Me cubro la nariz y sigo el olor.
Entonces los veo.
Un par de cuerpos descompuestos, llenos de gusanos.
—¿Se puede saber qué es tan importante como para que me… Dios, qué huele así? —pregunta Alessandro cuando lo llevo al lugar.
Señalo los cuerpos en el suelo.
Él se acerca un poco más, ignorando el olor que a mí me provoca náuseas.
—Bueno, lástima. Al menos dejaron pertenencias que podemos tomar —dice, tomando los bolsos.
Lo miro con incredulidad.
—¿Por qué eres tan insensible? —le pregunto.
—Será porque soy un mafioso —responde.
—¿Los vamos a dejar así? —pregunto.
—Si quieres, ahorita les hacemos un velorio y luego los enterramos… —dice con sarcasmo—. Obviamente los dejaremos. Están descompuestos y son unos desconocidos.
Al final abrimos un hueco lo suficientemente grande como para que quepan los dos cuerpos y luego los enterramos.
Alessandro no ha parado de quejarse, pero terminó ayudándome.
Fue complicado moverlos sin tocarlos, pero se logró y al menos el olor ha desaparecido un poco.
—Estaban bien como estaban. No entiendo por qué perder el tiempo en enterrarlos. Ese tiempo habría servido para terminar el refugio —dice cuando regresamos.
Deja las hojas a un lado y yo los bolsos.
Empiezo a revisarlos ignorando las quejas de Aless.
Hay poca ropa, cosas de uso personal, unas sábanas y otras cosas.
—En vez de quejarte deberías agradecer que les dimos una sepultura digna a las personas dueñas de estos bolsos, que traen cosas que nos hacían falta —digo.
Él solo hace una mueca.
Se pone a terminar el techo y luego coloca hojas para cerrar el espacio.
Mientras tanto, yo pongo otras en el piso y después extiendo una de las sábanas que encontramos en los bolsos.
Cuando finalmente anochece, tenemos un lugar donde dormir.
Comemos algo de fruta mientras una pequeña lámpara de gas nos alumbra.
Esas personas estaban muy preparadas… y no entiendo cómo pudieron morir.
Alessandro y yo nos acomodamos en el refugio y, ahora que todo está en silencio, los sentimientos me invaden.
Extraño a la pequeña.
A mi madre.
A mi abuela.
A mis amigas.
Y a mi novio.
Todos deben estar preocupados.
Estoy segura de que Antonio debe estar buscándome.
⸻
La mañana llega y camino con Alessandro buscando un lugar donde el celular de esas personas pueda agarrar algo de señal.
Solo espero que encontremos señal antes de que se apague, ya que esas personas no trajeron cargador portátil.
Pero después de intentar durante mucho tiempo, no conseguimos nada.
Eso resulta frustrante.
Volvemos al refugio.
Alessandro deja el celular a un lado y luego se va hacia el mar sin decirme nada.
Yo, por otra parte, camino hacia el arroyo y no dudo en desnudarme para entrar al agua.
Lavo toda mi ropa y la pongo sobre una piedra para que se seque.
Cuando termino mi baño, vuelvo al refugio.
Al llegar, encuentro a Alessandro saliendo del mar con dos pescados en la mano.
Sonrío.
Después de cocinar el pescado, preparo una mesa improvisada con fruta, haciendo que se vea como un pequeño banquete.
—No pensé que supieras pescar —le digo.
—No sabía, pero eso no significa que no pueda aprender.
—¿Aprendiste en un par de horas? —pregunto.
—A mí nada me queda grande, Principessa —responde.
Ruedo los ojos, ignorando lo que provoca en mí que me diga así… y más con ese acento italiano tan marcado.
—Así que Alessandro Salvatore sí o sí debe ser bueno en todo.
—Por supuesto que sí —responde con orgullo.
—Dios, qué ego —digo.
Él sonríe.
Sus hoyuelos aparecen y otra vez surge esa sensación a la que ya me he acostumbrado cada vez que lo veo.