Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 3
El salón estaba de fiesta.
La música resonaba fuerte entre las paredes de piedra, mezclándose con el sonido de copas chocando, carcajadas sueltas y pasos descoordinados de lobos borrachos. El fuego de la gran hoguera central crepitaba fuerte, calentando cuerpos y disolviendo cualquier vestigio de culpa.
Caíque estaba sentado en el trono de madera oscura, una jarra llena de hidromiel en la mano.
Riendo.
—¡Por la Luna perfecta! —gritó uno de los guerreros, levantando el vaso.
—¡Por la Luna que se libró de un error! —respondió otro.
El salón explotó en aplausos.
Caíque llevó la bebida a la boca en un trago largo, sintiendo el líquido quemar por la garganta abajo. El sabor era fuerte, amargo, como le gustaba. Mejor que sentir cualquier otra cosa.
—Nunca vi un ritual acabar tan rápido —se burló un tercero—. La cara de ella cuando fue rechazada…
Caíque soltó una carcajada abierta.
—Eso nunca debió haber pasado —dijo, con desprecio—. Una Luna ciega es un insulto a mi manada.
—Y a su nombre —añadió un anciano más viejo.
Caíque asintió con la cabeza, perezoso.
Por dentro… nada.
Ningún arrepentimiento.
Ninguna duda.
Ningún dolor.
Había hecho lo correcto.
Era lo que se repetía a sí mismo.
Una sirvienta se acercó, llenando nuevamente su jarra.
—Beba, mi Alfa. Hoy la Luna nos sonrió.
La Luna.
El nombre atravesó su mente como algo distante, irrelevante.
Elisabete.
La jarra se detuvo por un segundo en el aire.
Solo por un segundo.
La imagen de ella arrodillada, temblando, atravesó su memoria. El sonido del grito. El olor de la desesperación.
Él empujó el recuerdo lejos con otro trago.
—Ella no era digna —murmuró para sí mismo, más como justificación que como certeza.
La música aumentó.
Dos lobas bailaban en el centro del salón, girando, provocativas. Las miradas se posaron sobre él con expectativa.
—Mi Alfa, ahora que está libre… —dijo una de ellas, con una sonrisa insinuante.
Caíque las observó con indiferencia.
Libre.
La palabra debería significar triunfo.
Aun así, algo pesaba profundo en el pecho… y él odió eso.
—Tal vez más tarde.
Se levantó del trono, tambaleándose levemente por la bebida, y cruzó el salón bajo la mirada halagadora de todos. Del lado de afuera, la noche estaba limpia, fría, con el viento barriendo el patio.
Respiró hondo.
El olor del bosque era diferente.
Errado.
Como si algo hubiera roto un engranaje invisible.
Él sacudió la cabeza.
—Tonterías…
Volvió para adentro.
Más bebida.
Más risa.
Más ruido.
Más fuga.
Horas después, con el salón ya casi vacío, Caíque se apoyaba en una columna, el cuerpo caliente de alcohol. Los últimos lobos se despedían a los tropezones.
Él cerró los ojos por un instante.
Y entonces…
El silencio.
Un silencio extraño.
Pesado.
El alcohol disminuyó.
La soledad golpeó.
Y con ella…
La sensación.
La ausencia.
Caíque apretó los dedos contra el pecho.
El vínculo.
Él debería haber sentido algo al rechazarla. Dolor. Ruptura. Sangrado del alma.
Pero había sentido apenas un vacío frío.
—Mejor así… —murmuró.
Se viró para subir al cuarto cuando una presencia se impuso atrás de él.
Fraca.
Inestable.
Asustada.
Una joven loba se aproximó hesitante.
—Mi Alfa… oí decir que la Luna… que Elisabete…
El nombre resonó diferente ahora.
Más alto.
Más nítido.
—Se fue —respondió él, ríspido—. Y no vuelva a pronunciar ese nombre.
La joven tragó en seco.
—Dicen que ella entró en el bosque prohibido…
El mundo pareció inclinarse por un segundo.
—Se muere rápido en esa dirección —completó ella, temblando.
Por un instante… por un único instante… Caíque sintió algo rasgar por dentro.
Algo próximo del miedo.
Él la despidió con un gesto seco y subió las escaleras apresurado.
Cuando se acostó, el sueño vino pesado.
Pero los sueños no perdonaron.
Él soñó con oscuridad.
Con pasos tropezando.
Con manos sangrando en la tierra.
Con una voz llamando por él—no con odio, sino con decepción.
Caíque despertó sudado.
El corazón acelerado.
—Ella no significa nada… —gruñó, para el cuarto vacío.
Pero en el fondo…
La risa de aquella noche ya no parecía tan alta.
Y el arrepentimiento, aún distante, comenzaba a afilar las propias garras dentro de él.