Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 3
Tomás se despertó con un grito.
Al principio pensó que alguien había puesto la alarma del edificio. Luego reconoció la voz.
Era Isolda.
Saltó del sofá —donde había dormido con el televisor encendido— y corrió al pasillo.
La encontró en el suelo, con la manta enredada y la respiración entrecortada.
—¡No! —murmuraba, con los ojos muy abiertos—. ¡No firméis! ¡Es una trampa…!
Tomás se arrodilló a su lado.
—Isolda, tranquila, es solo un sueño.
Ella lo miró, perdida, antes de reconocerlo.
—Soñé… con la noche en que todo acabó —susurró—. Había fuego… y alguien me entregó un cáliz envenenado.
Él tragó saliva. No era la primera vez que mencionaba fragmentos del pasado, pero hasta entonces los había tomado como parte de su fantasía.
Sin embargo, había algo distinto en su mirada ahora: miedo verdadero.
—Quizás solo sea un recuerdo mezclado, producto del estrés —dijo con suavidad.
—¿Estrés? —repitió ella, perpleja—. ¿Así llamáis aquí a la traición?
Tomás tuvo que sonreír.
Incluso en medio del pánico, ella tenía una dignidad que lo desconcertaba.
—Vamos, Majestad. Le haré un té. O lo que en este siglo equivale a una poción calmante.
Una hora más tarde, Isolda estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta, observando el vapor subir de su taza con gesto desconfiado.
—¿Y este brebaje es seguro?
—Sí. Té verde. No muerde ni envenena.
—Habría jurado lo mismo del vino aquella noche —replicó, sin levantar la vista.
Tomás no insistió.
Había aprendido que cuando ella mencionaba su pasado, no debía interrumpirla.
Era como si un hilo invisible la conectara todavía a ese lugar perdido.
De pronto, algo tintineó en el aire.
El reloj antiguo que Tomás había traído del palacio, una reliquia que planeaba restaurar, comenzó a marcar la hora, o al menos recién se dió cuenta de ello.
No lo había hecho desde que lo encontró, días antes.
Isolda levantó la mirada, helada.
—Ese reloj… pertenece a mi salón del trono.
Tomás se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Lo saqué del sótano del palacio.
—No —dijo ella, poniéndose de pie—. Ese reloj se detuvo la noche en que morí.
Él la observó con una mezcla de incredulidad y respeto.
No sabía si creerle, pero algo en su tono le revolvía el estómago.
El tic-tac del reloj llenó la habitación, marcando un compás extraño, casi vivo.
Más tarde, para distraerla, Tomás la llevó a caminar.
Isolda se negaba a usar zapatillas —insistió en que el calzado moderno “aplastaba el espíritu”—, así que terminó recorriendo el parque con sandalias y porte regio.
Cada detalle del mundo moderno la fascinaba: los niños con patinetas, los perros con abrigos, los vendedores ambulantes.
—Es un reino alegre, el vuestro —comentó—. Aunque un tanto ruidoso.
—No es mi reino —replicó Tomás—. Solo vivo aquí, como todos.
—Entonces, ¿quién gobierna?
—Nadie, en realidad. O todos un poco.
—Ah —murmuró Isolda, pensativa—. Una monarquía invisible. Qué peligroso.
Él rió.
Y sin darse cuenta, caminó más cerca de ella.
Hubo un instante breve, apenas un roce de manos, pero suficiente para que ambos se quedaran en silencio.
Al volver al departamento, Isolda se detuvo frente al espejo.
Por un segundo, vio algo que Tomás no pudo ver: su reflejo llevaba corona. Y detrás de ella, un hombre con armadura se desvanecía entre sombras.
Cuando volvió la mirada, solo estaba Tomás, buscándola con preocupación.
—¿Está bien?
—Sí —respondió ella, sonriendo débilmente—. Solo recordé quién fui.
—Y quién es —añadió él—. Porque, sinceramente, no creo que haya mucha diferencia.
Ella lo miró un instante, sorprendida por la ternura en su voz.
Entonces el reloj volvió a sonar, esta vez tres campanadas más.
Algo se estaba despertando.
Y aunque ninguno lo entendía del todo, el tiempo comenzaba a doblarse otra vez.