Amar puede ser tan grande para atravesar fronteras, incluso mundos. Pero el amor será tan fuerte para vencer profesias y guerra
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Capítulo VI Sombras que Reclaman
La noche cayó con una quietud antinatural.
No había grillos.
No había búhos.
Ni siquiera el susurro constante del viento entre los árboles parecía atreverse a romper el silencio.
Ariana estaba despierta.
Sentada en el borde de la cama de Kael, con la espalda recta y la mirada fija en la ventana abierta. La luna no estaba llena esa noche, pero su presencia aún se sentía como una respiración lejana, constante.
Algo no estaba bien.
No era miedo.
Era presión.
Como si el bosque contuviera el aliento.
La marca en su cuello cosquilleó.
Un aviso.
La puerta se abrió sin ruido.
Kael entró con el torso aún tibio por la transformación reciente; el aroma a bosque y lobo se mezclaba con su piel. Sus ojos azules brillaban más intensos de lo habitual.
—También lo sientes —dijo, cerrando la puerta tras él.
No era una pregunta.
Ariana asintió.
—No es como antes. No es energía… es vigilancia.
Kael caminó hacia la ventana y observó la línea oscura del bosque.
—Hay movimiento en el perímetro. No cruzan. Solo observan.
Ella se puso de pie.
—Están esperando algo.
Un golpe seco resonó en la puerta principal de la casa.
Ambos se tensaron.
Kael abrió con rapidez. Selene estaba allí, respiración controlada pero mirada alerta.
—Un mensajero —informó—. No viene armado. Viene marcado con el símbolo del Consejo de Clanes.
Eso sí era inesperado.
El Consejo no intervenía directamente. Se mantenía al margen, regulando conflictos solo cuando amenazaban el equilibrio general.
Kael intercambió una mirada con Ariana.
—Que pase.
El mensajero era un hombre alto, de cabello oscuro y cicatriz cruzándole el mentón. Sus ojos no mostraban desafío. Mostraban cálculo.
Se inclinó apenas.
—Alfa Kael.
Luego miró a Ariana.
Y sus pupilas se dilataron apenas.
—Heredera.
La palabra cayó como una piedra en agua quieta.
Ariana sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
—No sabía que el Consejo utilizaba ese título —respondió con calma contenida.
El hombre sonrió apenas.
—El Consejo utiliza los títulos correctos.
Kael dio un paso adelante.
—Habla.
El mensajero no perdió compostura.
—Los tres clanes del norte han solicitado una audiencia formal. Dicen que el despertar de la energía lunar altera el equilibrio territorial. Exigen ver a la portadora.
Selene soltó un sonido bajo, entre burla y advertencia.
—Exigen.
Kael no reaccionó al tono.
—¿Y el Consejo?
—Considera que la reunión es necesaria. Para evitar guerra abierta.
El silencio se volvió denso.
Ariana sintió el pulso en la marca.
No ardía.
Pero vibraba.
Como si reconociera la dirección del destino antes que ella.
—¿Dónde? —preguntó Kael.
—En el Valle Gris. Territorio neutral.
El lugar era simbólico. Antiguas disputas se habían sellado allí. Y traiciones también.
—¿Cuándo? —continuó Kael.
—Tres noches.
Demasiado pronto.
Demasiado estratégico.
El mensajero inclinó la cabeza nuevamente.
—El Consejo recomienda cooperación.
Recomendaba.
No ordenaba.
Kael lo entendió.
Era una prueba.
Cuando el hombre se retiró, el aire en la casa pareció volverse más pesado.
Selene fue la primera en hablar.
—Es una trampa.
—Es una evaluación —corrigió Kael.
Ariana dio un paso hacia la mesa central.
—Quieren verme para medir cuánto poder tengo.
Selene la miró con firmeza.
—Y para decidir si eres una amenaza que eliminar.
Las palabras no fueron crueles.
Fueron reales.
Kael se acercó a Ariana, sus manos firmes sobre sus hombros.
—No irás sola.
Ella sostuvo su mirada.
—Pero iré.
No había duda en su voz.
Kael estudió su expresión durante un largo momento.
No vio miedo.
Vio determinación.
—Si cruzamos esa línea —dijo con tono bajo— ya no habrá retorno diplomático.
Ariana respiró profundo.
—Ya no lo hay.
El silencio fue acuerdo.
Selene caminó hacia la puerta.
—Entonces entrenamos diferente desde mañana. No solo control. Defensa estratégica.
Cuando quedaron solos, Ariana apoyó las manos sobre el pecho de Kael.
—Están usando esto para desafiarte.
—Siempre buscan una grieta —respondió él.
Ella lo miró con intensidad.
—No quiero ser tu grieta.
Kael inclinó el rostro hasta que sus frentes se tocaron.
—Eres mi fortaleza.
El calor entre ellos no era solo deseo.
Era ancla.
Era promesa.
Pero incluso mientras sus labios se encontraban en un beso profundo y lento, el bosque fuera de la casa cambió.
Un susurro.
Una energía distinta.
Más fría.
Más antigua que los clanes del norte.
Ariana se separó abruptamente.
—Eso no es de ellos.
Kael también lo sintió.
No era olor.
No era sonido.
Era vacío.
Como si algo caminara sin dejar huella.
La marca en su cuello ardió con más intensidad esta vez.
Un destello breve iluminó la habitación.
Kael la sostuvo con fuerza.
—Ariana.
Ella jadeó, pero no de dolor.
De visión.
Por un instante, no estuvo en la habitación.
Estuvo en un lugar cubierto de niebla gris.
Un valle.
Piedras antiguas.
Y en el centro…
Una figura encapuchada.
No lobo.
No humano.
Observándola.
Esperándola.
La visión se rompió como cristal.
Ariana cayó hacia adelante, y Kael la atrapó.
—Lo vi —susurró ella, aún con los ojos abiertos pero lejanos—. El Valle Gris… pero no eran los clanes.
Kael sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío nocturno.
—¿Qué era?
Ariana tardó un segundo en responder.
—Algo que estaba antes que ellos.
El aire en la habitación se volvió más frío.
Más pesado.
Como si el pasado hubiera decidido dejar de observar desde las sombras.
Y reclamar.
Kael la sostuvo con más fuerza.
Tres noches.
No solo enfrentarían a los clanes.
En el Valle Gris los esperaba algo más.
Algo que conocía el linaje lunar mejor que nadie.
Algo que no temía al Alfa.
Y que no buscaba negociación.
Buscaba despertar completo.
La guerra ya no era solo territorial.
Era ancestral.
Y Ariana estaba en el centro del círculo.