Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 10
La primera señal llegó como un error en el viento.
Elisabete estaba sentada cerca de la fogata cuando sintió el aire cambiar. No fue olor. No fue sonido. Fue algo más profundo: una vibración errónea, como si el mundo hubiera contenido la respiración.
Ella se llevó la mano al pecho.
— Alisson…
Él se giró en el mismo instante.
— ¿Qué pasa?
— Algo viene. — Su voz salió baja, pero firme. — Rápido. Fuerte. No es de nuestra manada.
Los guardias aún reían cerca de los portones cuando el primer aullido rasgó la noche.
Alarma.
Ataque.
Caos.
— ¡Protejan el centro! — rugió Alisson, ya en posición.
Elisabete se puso de pie, el corazón acelerado. El sonido de los primeros cuerpos cayendo alcanzó sus sentidos como una lámina invisible. Sentía la desesperación esparciéndose por el territorio como humo.
Niños.
Ancianos.
Los que no podían luchar.
Estaban en el punto más vulnerable.
— ¡Alisson! — gritó, avanzando a ciegas.
Él la sujetó.
— Tú vas al refugio.
Ella giró el rostro en dirección a él.
— No. Están viniendo por el lado este. Por el corredor de los árboles muertos. Y van a alcanzar primero… — la voz falló — la casa de los pequeños.
La sangre de Alisson se heló.
— Eso es imposible de saber…
— Lo sé — respondió ella. — Porque el miedo de ellos ya ha llegado hasta mí.
El segundo aullido confirmó.
Él soltó el brazo de ella.
— Entonces, guíame.
Elisabete corrió.
El mundo para ella era sonido.
Era pulsación.
Era terror esparcido en el aire.
Ella bordeó casas, desvió cuerpos, sintió cuando el suelo cambiaba bajo sus pies. Alisson corría al lado de ella, protegiendo, abriendo camino, pero era Elisabete quien conducía.
Cuando llegaron al refugio de los niños, los primeros invasores ya saltaban las cercas.
— ¡Tranquen todo! — gritó Alisson.
Las puertas eran pesadas. Las manos temblaban. Los niños lloraban. Los ancianos mal conseguían moverse.
— No va a dar tiempo… — murmuró uno de los guardias.
Elisabete avanzó hacia el centro del refugio.
— Silencio. — su voz no era alta. Pero nadie osó ignorar.
El llanto disminuyó.
— Escuchen — dijo ella. — El enemigo está del lado de afuera. Pero ustedes no están solos. Sigan mi voz. Uno por vez. Manos en los hombros.
— Elisabete… — Alisson intentó argumentar.
— Confía en mí — pidió ella.
Y Alisson confió.
Ella caminaba al frente, guiando por la memoria de los sonidos que conocía desde pequeña. Contó pasos. Sintió vibraciones. Cada niño que atravesaba el corredor con vida hacía algo nuevo nacer dentro de ella.
La fe de ellos.
Un estruendo sacudió la pared.
— ¡Están entrando por el tejado! — gritó un lobo.
— ¡Desciendan! ¡Ahora! — ordenó ella.
Una de las niñas tropezó.
Elisabete se tiró al suelo en el mismo instante, agarrando el pequeño cuerpo antes de que los destrozos lo alcanzaran.
Una viga cayó donde ella estaría segundos antes.
El ataque duró minutos.
Parecieron siglos.
Cuando el último invasor fue derrotado y el silencio retornó, la manada estaba herida… pero viva.
Los niños estaban ilesos.
Los ancianos, protegidos.
El refugio… intacto.
Elisabete cayó de rodillas.
El cuerpo temblaba.
La respiración quemaba.
Las manos sucias de tierra.
Pero estaban vivos.
Todos.
Alisson se arrodilló frente a ella.
— Tú los salvaste a todos…
Ella sacudió la cabeza, en shock.
— Yo solo oí…
— No. — Él sujetó el rostro de ella con las manos. — Tú lideraste.
El murmullo comenzó bajo.
Se volvió susurro.
Se volvió clamor.
— La Luna…
— Fue la Luna…
— Ella oyó antes…
Elisabete sintió cuando la energía de la manada cambió.
No era más pena.
No era más cuidado por fragilidad.
Era respeto.
Y vínculo.
En esa misma noche…
Caíque recibió la noticia.
— El ataque falló — informó el mensajero, con tensión en la voz. — Ningún niño murió. Ningún anciano.
Caíque palideció.
— Cómo…
— La Luna ciega los guio.
El vaso cayó de su mano.
— Ella… ¿salvó?
La imagen de Elisabete, siempre silenciosa, siempre ignorada, siempre dejada atrás… ahora se alzaba en la mente de él como un error imposible de reparar.
— Ella nunca fue débil… — murmuró, por primera vez en voz alta.
Y en ese instante…
El rechazo comenzó, en fin, a cobrar su precio.