Liz tiene veintidós años, un hijo de siete y un infierno del que no puede escapar.
Atrapada en una casa de la que no puede salir, sometida a la violencia de un hombre que dice ser su dueño, su única razón para seguir respirando es Dedé, su pequeño, que cada noche la mira con esos ojos tristes que lo saben todo.
Pero una madrugada, Dedé hace lo que ella nunca pudo: huir.
Y su camino lo lleva hasta Cobra, el dueño del cerro, el hombre más temido de la comunidad. Un narcotraficante despiadado con sus enemigos... y con un corazón que ni él mismo sabía que tenía.
Lo que empieza como un rescate se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba. Gael —porque así se llama cuando baja la guardia— descubre que la mujer rota que cargó en brazos aquella noche le despertó algo que no tiene nombre. Y Liz descubre que el amor no siempre llega vestido de príncipe: a veces llega con un fusil en la espalda, tatuajes en los brazos y un imperio de pólvora y lealtad.
Pero la felicidad en el cerro tiene precio. Enemigos del pasado vienen a cobrar deudas con sangre. Secretos familiares enterrados durante décadas salen a la luz. Y Liz tendrá que decidir si la mujer que fue puede convertirse en la mujer que merece ser.
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DEDÉ
COBRA
Un día más tranquilo aquí en la comunidad. No me gusta el desmadre, aquí todos tienen que andar derechitos o se van al ajuste de cuentas. Derel, mi segundo al mando, y yo administramos todo muy bien. Cuando necesito apoyo recurro a mi viejo.
Estaba aquí en la boca haciendo la contabilidad del último baile y la recaudación fue altísima.
Un soldado entra al cuarto.
— Patrón, hay una señora de la escuela que quiere hablar contigo.
No entendí mucho, pero la mandé pasar.
Me puse de pie esperando a la mujer. Entró, era una señora de unos 60 años, con rostro amigable.
— Hola, Cobra, soy Dirce, soy maestra de la escuela. Doy clases en segundo año.
— Dígame, maestra, ¿qué pasó?
Noté que le costaba trabajo hablar.
— Bueno, Cobra... Pensé mucho antes de venir aquí... porque conozco tus formas de resolver las cosas... Pero tengo una situación en la escuela y no sé qué hacer, tal vez tú puedas intervenir.
Seguí mirándola serio y ella continuó.
— Bueno... Tengo un alumno que tiene muchos problemas de convivencia. No habla con nadie, siempre está triste y sus padres nunca se presentan a las reuniones... Intenté platicar con él, pero no logré nada.
Continuó...
— Bueno... Le pregunté a la mujer que lo recoge todos los días en la escuela y ella me confesó que ese niño vive un verdadero infierno en su casa. Que la mamá es golpeada a diario y vive en cautiverio, y que el padre es un borracho.
Derel ya me miró serio. No permitimos violencia contra mujeres y mucho menos contra niños aquí adentro, y el castigo es duro.
— Cobra, te pido que...
— Quédese tranquila, señora. ¿Cómo se llama el niño?
— Es André, pero le decimos Dedé.
— Señora, averígüe en la escuela todo lo que sepa sobre la familia y me lo trae aquí. Mañana mismo voy a empezar a actuar.
— Muchas gracias, Cobra.
— Señora, puede decirme Gael. Mucho respeto por su actitud.
— Está bien, Gael, mañana temprano te traigo todo.
La mujer salió y Derel se sentó frente a mí.
— Carajo, hermano, una cosa así sucediendo y nosotros sin enterarnos.
— La comunidad es muy grande, compa. Hay vecinos que ni siquiera conocemos. Pero ese cabrón va a sufrir las consecuencias de la peor forma posible. Bueno que va a servir de ejemplo.
Ya era de noche. Yo siempre me quedaba en la boca hasta muy tarde. Por las noches el movimiento en los doce puntos repartidos por la favela es frenético y me gusta siempre seguir todo de cerca.
Estaba en la puerta de la boca viendo el movimiento. Ya eran como las dos de la mañana y todo estaba quedándose desierto.
Miré hacia un lado y vi al final de la calle a un niño pequeño, flaco, con una pijama vieja y descalzo. Caminaba abrazándose a sí mismo, llorando y mirando para todos lados.
💭 ¿Pero qué carajo es esto? 💭
Fui hacia el niño, que al verme intentó huir, pero logré agarrarlo del brazo. Temblaba y lloraba mucho.
Lo cargué en brazos y lo llevé a la boca.
Lo senté en mi mesa y me senté frente a él.
— Tranquilo, amiguito, nadie te va a hacer nada.
— ¿Qué haces solo en la calle a esta hora? ¿Cómo te llamas?
— De-Dedé.
Al instante se me heló la sangre. Ya me acordé de la señora que vino hoy.
— ¿Y qué haces en la calle solo de madrugada?
Empezó a llorar.
— Me escapé... Creo que él mató a mi mamá. Está tirada en la cocina con sangre —dijo entre sollozos.
— ¿Él quién, Dedé?
— Mi papá.
— ¿Y dónde está tu papá?
— Está dormido.
— ¿Dónde queda tu casa?
— Es la casa de cemento.
— ¿Sabes el nombre de la calle?
Negó con la cabecita.
— Dedé, vas a tener que ayudarme para que podamos salvar a tu mamá, ¿sí? Vas a salir conmigo e intentar recordar el camino a tu casa, ¿está bien, amiguito?
Le marqué a Derel para ponerlo al tanto.
Llamé a dos soldados para que me acompañaran, me colgué el fusil a la espalda y cargué al niño en brazos. Fui con él al frente señalándome la dirección de su casa.
COBRA (GAEL)
LIZ
DEDÉ