Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
NovelToon tiene autorización de Santiago López P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
Saori salió de la habitación, sintiendo cómo sus pies se movían casi por inercia, como si el cuerpo tuviera su propia memoria muscular. Qué raro es caminar en una piel que no es la tuya, pensó mientras bajaba las escaleras hacia la cocina. Si lograba convencer a estos dos de que seguía siendo la misma Saori de siempre, el resto del mundo sería pan comido. Solo tenía que actuar: una chica popular, dulce y un poco ingenua. Patético, se dijo a sí misma, pero necesario.
Al entrar en la cocina, el aroma a comida casera la golpeó de lleno. Ahí estaban ellos: Sora, con su semblante serio, supervisando el desayuno, y Yuuta, balanceando las piernas en la silla mientras esperaba con esa energía inagotable que recordaba de los recuerdos del cuerpo.
—Buenos días —dijo ella, soltando el aire lentamente, tratando de que su voz sonara lo más natural posible.
— ¡Buenos días, hermana! —chilló Yuuta, esbozando una sonrisa que le iluminó el rostro.
Saori caminó hacia su asiento habitual, justo al lado de Yuuta. Sintió la mirada de Sora clavada en ella mientras se sentaba.
—Tienes que comer bien —dijo Sora, sin dejar de moverse en la cocina—. Hoy tienes educación física y no quiero que te desmayes a mitad de la clase.
—Gracias —murmuró ella, tomando los cubiertos.
Le dio un bocado a lo que había en el plato. Sus papilas gustativas se abrieron de par en par, sorprendidas. Era exquisito. Sora realmente tenía talento para esto, lo cual le pareció una ironía cruel: una comida de cinco estrellas antes de que el mundo se fuera al carajo.
—Sora, esto está delicioso —dijo, y esta vez no tuvo que esforzarse para que sonara sincero.
—Me alegro de que te guste —respondió él, con un atisbo de satisfacción en su tono, volviendo a enfocarse en sus propios deberes.
Saori se obligó a comer mientras observaba a sus "hermanos". ¿Cómo iba a decirle a este par que, en cuestión de tiempo, el mundo se convertiría en un matadero? ¿Cómo les explicaría que su futuro, tal como lo conocían, estaba destinado a desaparecer entre gritos y sangre? Por ahora, decidió guardar silencio. La tragedia tenía un cronograma y ella no tenía intención de adelantarlo.
Yuuta, ajeno a la tormenta mental de su hermana, le dio un codazo suave.
— ¿Te sientes mejor? Parecías estar en otro mundo cuando bajaste hace un momento.
Saori forzó una sonrisa, esa máscara que había practicado frente al espejo diez minutos antes.
— Solo... fue una mala noche, Yuuta. Nada de qué preocuparse.
Qué mentirosa me estoy volviendo, pensó. Si el autor de esta novela me viera ahora, seguro estaría orgulloso de lo bien que interpreto el papel de la víctima antes del desastre.
El trayecto hacia el instituto se sintió como una marcha forzada. Mientras caminaba, el asfalto bajo sus zapatos parecía recordarle que el tiempo era un recurso limitado. Cada paso, cada cruce de calles, se sentía como un segundo menos en un cronómetro invisible. El peso de la mochila sobre sus hombros no era solo el de los libros; era el peso de una sentencia de muerte que ella se negaba a aceptar.
El edificio del instituto, una estructura imponente de concreto y cristal, se alzó ante ellos. Se veía pacífico, casi aburrido, pero ella sabía que bajo ese suelo descansaba el escenario de su futura carnicería.
—Nos vemos después —dijo Sora, desviándose hacia el ala de los mayores con un gesto rápido de cabeza.
Saori asintió, enfocándose en la tarea inmediata: llevar a Yuuta a su salón. Su mano, apretando suavemente el hombro del pequeño, se sentía sudorosa. Tengo que protegerlo, pensó, apretando la mandíbula. Cuando finalmente se separó de él y caminó hacia su propia clase, el entorno empezó a cambiar.
El bullicio de los pasillos le pareció una estática molesta. Sintió cómo los estudiantes giraban la cabeza a su paso, susurrando. Ella no les devolvió la mirada; mantuvo los hombros rígidos, la barbilla paralela al suelo, creando un escudo invisible de indiferencia. No buscaba caer bien, buscaba sobrevivir.
Al entrar en el aula, el aire pareció enrarecerse. Se deslizó hasta su pupitre, intentando ser invisible, pero el destino tenía otros planes.
—¿Qué sucede, Saori? Estás rara —la voz de Naoko llegó desde un lado. Era un tono meloso, pero en los oídos de Saori sonó como una advertencia.
Saori sintió cómo un frío repentino se instalaba en la boca de su estómago. Sus hombros se tensaron, bloqueando cualquier rastro de la suavidad que solía tener. Evitó mirar directamente a Naoko, concentrándose en el borde de su cuaderno, como si fuera lo más interesante del mundo.
—Es solo que no pude dormir bien —respondió, forzando una neutralidad que le costaba un esfuerzo titánico.
Naoko, lejos de captar la señal, soltó una risita aguda que hizo que a Saori se le erizara la nuca. La chica se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal.
—Entiendo, seguro pensaste en Haruto —dijo Naoko, con esa burla juguetona que antes, en los recuerdos de la Saori original, parecía una broma inofensiva.
Ahora, cada sílaba era un insulto a su inteligencia. Saori giró el cuello lentamente, clavando sus ojos en los de Naoko. No había rastro de la sonrisa complaciente de siempre. Solo había un vacío gélido.
—No —respondió, cortante.
La palabra cayó entre ellas como un bloque de hielo. La atmósfera, antes cargada de complicidad adolescente, se volvió pesada y hostil. Saori veía en Naoko no a una amiga, sino al fantasma de la traición que estaba por venir. Su cuerpo reaccionó instintivamente: se echó ligeramente hacia atrás, distanciándose, evitando cualquier contacto físico.
Naoko parpadeó, desconcertada por el cambio de temperatura emocional. Su sonrisa se desdibujó, dejando paso a una mueca de duda.
—Oh... entiendo —logró articular, dando un paso atrás ante la intensidad de la mirada de Saori.
Saori volvió a mirar al frente, recuperando su postura rígida. Ya no se trataba de ser popular o agradable; se trataba de no bajar la guardia. Porque en este escenario, la persona que te sonreía hoy, podría ser la que te empujara hacia los zombies mañana.
El resto de la jornada escolar se sintió como una actuación de bajo presupuesto en la que nadie le creía el papel. Saori sentía los ojos de Naoko clavados en su nuca cada vez que se giraba; no era una mirada de confusión pasajera, sino de sospecha genuina. Había murmuraciones en el pasillo, susurros que se apagaban apenas ella pasaba a su lado. Se dio cuenta de que no solo estaba rompiendo la imagen de la Saori "perfecta", sino que estaba creando un vacío a su alrededor. La gente no sabía cómo tratarla, y esa incomodidad, ese silencio tenso que dejaba a su paso, era su primera victoria contra el destino.
Al terminar las clases, fue directo a recoger a Yuuta. Sora se había quedado en el club, así que, por primera vez, Saori tuvo el control total de la ruta de regreso.
En lugar de tomar el camino habitual, giró hacia el centro comercial. Caminó despacio, analizando cada callejón, cada valla y cada ángulo de visión desde los tejados. Sus pies empezaban a dolerle, pero no se detuvo. Necesitaba saber qué rutas serían trampas mortales cuando el caos estallara.
—Yuuta, entremos —dijo ella, deteniéndose frente a la entrada del centro comercial.
El niño la miró con los ojos muy abiertos, totalmente desconcertado.
—¿Sí? —preguntó él, retrocediendo un paso, como si Saori hubiera sugerido cometer un crimen.
—¿Pasa algo? —inquirió ella, ajustándose la mochila.
—Es que, hermana... a ti nunca te gustaba ir de compras. Siempre lo hace el hermano Sora —respondió Yuuta, frotándose un brazo con nerviosismo.
Saori soltó un suspiro, dándose cuenta de que debía ser más sutil si no quería alarmar a su hermano menor.
—Bueno... eso cambió. Pero será un secreto de nosotros, ¿sí? —respondió, dedicándole una sonrisa forzada pero convincente.
—¡Bien! —exclamó él, olvidando instantáneamente sus dudas.
Dentro del centro comercial, Saori no perdió el tiempo con ropa o accesorios. Compró suministros, herramientas y materiales de ferretería pesada. Cuando llegaron a casa, hizo algo que dejó a todos atónitos: llamó a un equipo de contratistas urgentes para una remodelación completa.
La casa, que antes era solo una exhibición de riqueza vacía y excesiva, se transformó ante sus ojos. El sonido de los taladros y los golpes de metal contra metal resonaba en los pasillos, un martilleo constante que, irónicamente, era música para sus oídos. Cada placa de acero que se atornillaba a las ventanas y cada refuerzo en las puertas blindadas le devolvían un poco del aliento que había perdido desde que despertó en este cuerpo. No era paranoia; era sensatez pura. Mientras los trabajadores murmuraban entre ellos, lanzándole miradas de reojo como si estuviera perdiendo la cordura, Saori sentía una oleada de alivio gélido. Por primera vez desde que la pesadilla comenzó, los muros ya no se sentían como una prisión de lujo, sino como una armadura necesaria.
—¿Segura de que quiere este tipo de cierre en todas las ventanas, señorita? —preguntó el capataz, limpiándose el sudor de la frente—. Esto es casi una bóveda bancaria.
—Exactamente —respondió Saori, mirando las vigas de refuerzo que cruzaban su sala principal—. Quiero que nada entre, a menos que yo abra la puerta personalmente.
El hombre la miró con preocupación, pero ella no se inmutó. Saori sabía que la gente la tomaría por loca. Sabía que los vecinos chismorrearían sobre la chica que de repente se había vuelto obsesiva con la seguridad. Pero mientras veía cómo su casa se convertía en una fortaleza, el nudo en su pecho comenzaba a aflojarse.
Que piensen lo que quieran, pensó mientras el capataz se alejaba con la cabeza negando. Cuando el mundo se vaya al infierno, seré la única persona en todo este vecindario que podrá dormir tranquila sabiendo que su puerta aguanta más de dos golpes.