Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 23
El consultorio era sencillo.
Nada de lujos, nada que recordara al poder. Apenas un sillón confortable, luz tenue y una estantería con libros antiguos. Álvaro se sentó rígido, con las manos entrelazadas, la mirada fija en el suelo.
Del otro lado, el doctor André observaba en silencio.
—Álvaro, antes que nada… —dijo el médico, con voz tranquila— no estoy aquí para juzgarte. Estoy aquí para ayudarte a entender lo que te sucedió.
Álvaro respiró hondo.
—No estoy loco —dijo, en tono defensivo.
—Lo sé —respondió el médico—. Estás enfermo. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas.
Álvaro levantó la mirada, por primera vez.
—¿Enfermo?
—Sí —continuó André—. Y tu enfermedad comenzó mucho antes de la muerte de Bruna, antes de que Ayslan saliera de tu vida. Comenzó con tus padres.
El cuerpo de Álvaro se tensó.
—Tenía poco más de veinte años cuando murieron —dijo, en voz baja—. Un accidente estúpido. Una llamada telefónica. Y… se acabó.
Tragó saliva.
—Eran todo lo que tenía.
El médico asintió.
—Cuando perdemos figuras estructurales de forma abrupta, el cerebro entra en estado de alerta permanente —explicó—. Es como si el mundo dejara de ser seguro.
Álvaro cerró los ojos.
—Después de eso… no dormía. No confiaba. No me relajaba —confesó—. Necesitaba controlarlo todo. Personas. Negocios. Rutas. Territorios.
—El control es una respuesta clásica al trauma —dijo André—. Es el intento de la mente de impedir que algo malo vuelva a suceder.
Álvaro respiró hondo.
—Fue entonces cuando conocí a Bruna.
El nombre salió con cuidado, como si aún doliera pronunciarlo.
—Habla sobre ella —pidió el médico.
El rostro de Álvaro cambió.
—Ella era… luz —dijo, con la voz entrecortada—. Bruna era calma. Cariñosa. Paciente. Ella me tocaba y decía que estaba seguro. Que podía descansar.
Se pasó la mano por el rostro.
—Ella me devolvió la sensación de hogar. De futuro.
—Ella fue tu apoyo emocional —dijo André—. Tu ancla.
—Sí —Álvaro asintió—. Con ella, volví a dormir. A sonreír. A creer que podía ser feliz de nuevo.
El médico hizo una pausa.
—Y entonces la perdiste.
Álvaro se llevó la mano al pecho.
—Estaba embarazada —dijo, casi en un susurro—. De nuestro hijo. Cinco meses. Ellos… —la voz falló— tiraron su cuerpo en un cobertizo, como si no fuera nada.
El silencio en el consultorio era pesado.
—Eso te quebró —dijo André, con cuidado—. Porque tu cerebro asoció dos pérdidas devastadoras al mismo patrón: amar a alguien significa perderla de forma violenta.
Álvaro comenzó a llorar.
No un llanto fuerte.
Un llanto contenido. Antiguo.
—Juré que nunca más sentiría ese dolor —dijo—. Nunca más.
—Pero el trauma no cumplió ese acuerdo —respondió el médico—. Se alojó en tu mente.
André respiró hondo antes de continuar:
—Cuando encontraste a Ayslan, tu cerebro no vio a una mujer nueva. Vio una amenaza emocional. Porque ella despertó sentimientos reales.
Álvaro abrió los ojos con sorpresa.
—Intenté transformarla en Bruna… —murmuró—. Porque así no necesitaba amar de nuevo.
—Exactamente —confirmó André—. No estabas intentando reemplazarla por crueldad. Estabas intentando protegerte del dolor de perder otra vez.
Álvaro bajó la cabeza.
—Pero la lastimé.
—Sí —dijo el médico, con firmeza—. Y eso debe ser asumido. El trauma explica, pero no justifica.
Se inclinó levemente hacia adelante.
—Álvaro, sufres de Trastorno de Estrés Postraumático complejo, agravado por duelo no elaborado y episodios disociativos. Cuando llegó la urna, tu cerebro volvió al momento de la muerte de Bruna. No estabas en el presente.
Álvaro cerró los ojos, temblando.
—Asusté a la mujer que amo —murmuró—. Y a mi hijo.
—Sí —André confirmó—. Pero el hecho de que estés aquí, aceptando tratamiento, muestra que no eres un hombre malo.
El médico hizo una pausa.
—Eres un hombre profundamente herido.
Álvaro lloró de verdad esta vez.
—Quería morir en aquella época —confesó—. Pero sobreviví… y creo que nunca más viví de verdad después de eso.
El médico asintió.
—Ahora vas a aprender —dijo—. A vivir. A sentir. A amar sin transformar eso en dolor.
Álvaro respiró hondo, sintiendo algo diferente.
—Y… —preguntó, con miedo— ¿existe cura?
André sonrió con cuidado.
—Existe tratamiento. Existe conciencia. Existe responsabilidad. Y existe cambio.
Álvaro asintió lentamente.
—Haré todo lo que sea necesario.
El médico cerró la carpeta.
—Entonces este es el primer día de tu verdadera recuperación.
Y, por primera vez en muchos años, Álvaro Mendes no se sintió un monstruo.
Se sintió un hombre quebrado…
…pero aún posible de ser reconstruido.