Isabela acepta un trabajo como niñera en una mansión aislada, donde viven Gael Mancini —un reservado CEO viudo— y sus tres hijos de 13, 9 y 4 años.
Los niños, que antes vivían bajo reglas estrictas y una gobernanta impopular, no quieren aceptar a nadie nuevo. Pero Isabela llega llena de vida, risas y juegos, trayendo a la casa lo que parecía prohibido: paseos por el parque, horas en la sala de juegos, saltos en la piscina e incluso una tierna visita al cementerio, donde los niños se conectan con el recuerdo de su madre.
Mientras los niños se encantan con Isabela, Gael observa, dividido entre el miedo a abrirse y el deseo de ver felices a sus hijos.
Entre el personal de la casa hay amor, tensión y secretos, e Isabela tendrá que conquistar no solo a los pequeños, sino también ganarse su lugar en ese hogar complejo.
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Capítulo 13
La luz tenue de la cocina apenas iluminaba el suelo. Amarillenta, cansada, como ella.
Isa entró despacio, arrastrando la maleta con una mano y la mochila colgada a la espalda. El pelo recogido en un moño suelto, el rostro abatido. El pie aún le dolía, pero lo que más le pesaba era el pecho.
La voz de Valéria aún resonaba en su cabeza:
"Estoy aquí desde hace años. Nunca he creado confusión. Nunca he necesitado montar escenas. Y no voy a empezar ahora".
"No quiero a los niños involucrados en estas... cosas".
Isa sintió que el rostro le ardía.
Había sido discreta. Siempre lo fue. Pero al final, parecía que ella era el problema.
Oyó pasos detrás de sí. Fuertes, firmes. Pero silenciosos.
—¿Te vas así?
Su voz. Baja, ronca.
Isa se detuvo en seco al instante. No tuvo valor para mirar. Sintió el olor a alcohol mezclado con jabón. Oyó su respiración, cercana.
Gael estaba en la puerta de la cocina. Sin camisa, en chándal oscuro, el pelo revuelto. La mirada fija en ella.
—Yo solo… iba a llamar a un coche —susurró, sin encarar. —No quiero causar más problemas.
—No has causado ningún problema.
Ella cerró los ojos con fuerza, intentando mantener el control.
—Gael, desde que llegué, todo se ha vuelto una confusión.... No quiero ser motivo de fricción aquí. Soy solo la niñera. Solo eso.
Él respiró hondo. Un silencio pesado se apoderó del lugar.
—Si te quieres ir —dijo, calmado—, no te voy a impedir.
Ella se giró, despacio. El rostro invadido por la culpa, los ojos vidriosos.
—Gracias por entender.
Pero él no retrocedió.
—Solo tienes que saber una cosa...
Mañana Caio se despertará llorando. Y no será por el pañal. Será por ti.
Ella se mordió el labio, intentando no derrumbarse.
—Lucca fingirá que todo está bien. Jugará, reirá. Pero mirará hacia el portón todo el día, esperando que vuelvas.
Y Lunna… Lunna pensará que ha sido culpa suya. Porque tardó en el baño. Porque no quiso dormir. Porque no dio las buenas noches bien.
Isa sintió que la garganta se cerraba. Las manos temblaban.
—No me hagas esto…
—No te estoy pidiendo nada. Solo te estoy diciendo lo que va a pasar.
Él se acercó un paso. Sin invadir. Sin forzar. Solo estando allí.
—Entraste despacio en esta casa, Isa. Pero entraste en el lugar más difícil de todos: en el corazón de ellos.
Y nadie va a ocupar ese lugar después.
Ella no pudo aguantar más. Los ojos se llenaron, la voz murió.
—Solo quería hacer lo correcto...
—Entonces piensa con calma.
Si irte ahora es lo correcto… o si es solo más fácil.
Ella miró la maleta. Al suelo. Al vacío que iba a dejar.
Y entendió.
Sin decir nada, bajó la correa y tiró de la maleta de vuelta por el pasillo. Pasos lentos, silenciosos.
Gael se quedó allí, parado, sin mirarla.
No hacía falta.
Aquella noche, ninguno de los dos durmió.
Apenas había amanecido cuando Isa se despertó con un ruido leve en la puerta. La cabeza aún le dolía un poco. La almohada estaba húmeda, no sabía si era sudor o lágrima.
Abrió despacio. Gael estaba allí, apoyado en el marco con una taza en la mano. El pelo aún revuelto, la mirada más tranquila que la noche anterior.
—He hecho café. —Él levantó la taza—. Pero este es mío. El tuyo está en la cocina.
Isa forzó una sonrisa corta, casi una disculpa.
—Ya iba a levantarme. Tengo que cambiar a Caio y—
—No hace falta. —Él la interrumpió con calma—. Valéria se va a ocupar de los niños hoy.
Ella se quedó parada, sin saber si agradecer o si culpabilizarse más.
—Gael, no quiero dar trabajo…
—No es trabajo. —Él la miró a los ojos—. Es descanso. Y lo necesitas.
Isa sintió que la garganta se cerraba de nuevo. Era extraño ser cuidada. Ella estaba acostumbrada a ser la que resolvía todo. La que se tragaba el llanto, sonreía y seguía. Pero ahora, ya no sabía fingir tan bien.
—Solo hoy, ¿vale? Mañana vuelvo a la normalidad.
—Está bien. —Él dio un paso atrás—. Pero solo si prometes que lo "normal" no incluye desaparecer de madrugada con una maleta a cuestas.
Ella soltó una risa floja. Una punta de vergüenza en el rostro.