Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Todos tenemos secretos.
Después de lo que me dijo Ryan, sentí que necesitaba aire. No era enojo. Tampoco tristeza descomunal. Era una mezcla rara. Como cuando esperas algo y de repente te dicen que no. No había esperanzas claras, pero igual dolía un poco. No porque Ryan fuera malo. Él había sido honesto y la honestidad a veces pesa más que las mentiras.
Caminé por el hospital. Pasillos largos. Gente entrando y saliendo. El sonido de los carros con medicinas rodando por el suelo. El murmullo de conversaciones. No quería pensar. Solo caminar, respirar y dejar que la cabeza se vaciara.
Entonces escuché gritos.
No eran gritos comunes.
Eran voces tensas.
Voces llenas de enojo.
Venían de una habitación. Me detuve.
No quería escuchar.
No quería meterme.
Las discusiones ajenas siempre se sienten como algo que no te pertenece.
Pero la voz del chico era fuerte.
—¿Por qué sigues dejando que ese hombre te trate así?
La frase me hizo fruncir el ceño.
No era mi asunto.
Las familias tienen problemas. No siempre entendemos todo y no tenemos derecho a intervenir. Me di la vuelta.
Quise seguir caminando, pero la voz volvió. Más alta. Más desesperada.
—¡Te está destruyendo! ¡Y tú solo te quedas callada!
Sentí incomodidad.
No debía escuchar, pero mis pasos se detuvieron.
No fue a propósito.
A veces el cuerpo reacciona antes que la mente.
Me quedé cerca de la puerta.
No miré adentro. Solo escuché.
La mujer respondió algo.
Su voz temblaba. No entendí las palabras. Solo el tono.
El tono de alguien que está cansado. Que ha escuchado esa conversación muchas veces.
El chico volvió a hablar.
—No lo mereces. No mereces que te traten así.
Había dolor en su voz. No solo enojo.
Dolor.
Como si estuviera defendiendo a alguien que ama.
Quizá su madre.
Quizá alguien importante. No lo sabía y no era mi lugar saberlo. Me sentí intrusa.
Como si estuviera escuchando algo que no debía. Así que decidí irme. Dí un paso atrás, pero entonces la puerta se abrió y salió alguien.
Rápido y molesto.
Jack.
No me esperaba verlo. No aquí.
No en el hospital.
Parpadeé.
Él también me vio.
Hubo un segundo de silencio.
Su expresión pasó del enojo a la sorpresa. Luego a algo parecido a la incomodidad.
Carajo.
Eso fue lo que dijo.
—Carajo, Collins, ¿qué haces aquí?
Su voz sonó brusca.
No agresiva.
Solo sorprendida.
Como alguien que no esperaba encontrarte.
Yo también me sorprendí. No sabía qué decir.
—Eh… yo…
Jack suspiró y pasó una mano por su cabello.
Parecía tenso.
Molesto, pero no conmigo.
Más bien con la situación.
—No deberías estar aquí escuchando conversaciones ajenas —dijo.
Su tono no fue cruel.
Solo directo.
Me mordí el labio.
—No estaba escuchando a propósito.
Jack levantó una ceja.
—¿En serio?
Parpadeé.
—Sí. Solo pasaba.
Él me observó. No con hostilidad. Solo con curiosidad y luego miró hacia la puerta.
La discusión dentro se había calmado.
Pero la tensión seguía en el aire.
Jack suspiró.
—Mira, no es asunto tuyo.
No lo dijo para lastimarme.
Era un hecho.
Las discusiones familiares no son cosas que los extraños deban entender. Asentí.
—Lo sé, no te preocupes.
Jack me miró otra vez.
Pareció dudar.
Como si quisiera decir algo más.
Finalmente habló.
—No te metas.
El comentario no fue agresivo.
Solo una advertencia.
Asentí.
—No planeaba hacerlo.
Él me observó un segundo. Luego soltó una risa corta. No alegre más bien irónica.
—Siempre terminamos encontrándonos en situaciones raras, ¿eh?
Parpadeé.
—Supongo.
Jack sonrió apenas.
No grande. Solo un gesto.
—Collins, tienes talento para aparecer donde no te esperan.
Fruncí el ceño.
—No es mi culpa.
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. No te voy a molestar.
Hubo un silencio.
No incómodo.
Solo extraño.
Jack miró hacia la puerta y luego volvió a mirarme. Estaba demasiado raro.
—No escuchaste nada, ¿verdad?
Su pregunta fue directa y sentí incomodidad. No quería mentir, pero tampoco quería meterme en problemas.
—Solo gritos —dije.
Jack asintió.
—Bien.
Luego añadió:
—No es asunto tuyo.
Asentí.
—Lo sé.
Él suspiró.
—Gracias.
La palabra me sorprendió.
—¿Por qué?
Jack se encogió de hombros.
—Por no meterte.
No era gran cosa, pero sonaba sincero.
Asentí.
—No hay de qué.
Jack me observó.
Luego sonrió apenas.
—Eres rara, Collins.
Fruncí el ceño.
—¿Rara?
Él rió.
—Sí, pero no en mal sentido.
Parpadeé.
—Estás loco.
Jack se apoyó en la pared.
Parecía más relajado.
—Siempre terminas en lugares donde no deberías estar.
No supe si era un insulto o una observación.
—No lo hago a propósito; además, no es como si buscara encontrarme contigo. No te creas tan importante, Jack.
Él sonrió.
—Lo sé.
Hubo otro silencio.
No incómodo.
Solo distinto. Él miró hacia el pasillo y luego volvió a mirarme.
—Gracias por no hacer preguntas.
Asentí.
—No soy buena haciendo preguntas.
Él rió.
—Eso es cierto.
No me ofendí.
Sonreí apenas y Jack suspiró.
—Bueno, Collins, supongo que nos vemos.
Parpadeé.
—Supongo.
Él comenzó a alejarse.
Luego se detuvo.
Se giró.
—Y oye.
Lo miré.
—¿Qué?
Jack dudó un segundo y luego habló.
—No te sientas mal por lo que te dijo ese estúpido "ojos de princesa de Disney".
—Se ve muy afeminado. Tiene poco cerebro.
El comentario me tomó desprevenida.
—¿Qué?
Jack me observó.
—Lo vi en la fiesta y yo si sabía por qué te fuiste toda triste.
Sentí tensión.
No quería hablar de eso.
—No sé qué decir.
Él continuó.
—No es el fin del mundo.
Parpadeé.
—Lo sé.
Jack sonrió apenas.
—Bien.
Luego se fue y me quedé sola. Pensando.
No en la discusión del hospital sino en lo que dijo.
En lo que Ryan dijo.
En lo que sentí y en la extraña realidad de que las cosas no siempre salen como esperamos, pero eso no significa que todo esté perdido. Solo significa que hay caminos diferentes y tal vez, solo tal vez, aún puedo encontrarlos.