Sinopsis:
Isabella, una joven y talentosa pianista, ve cómo su mundo se desmorona cuando su gran amor, Nicolás, sufre un trágico accidente de auto y es dado por muerto. Devastada y sola, descubre semanas después que está embarazada. Con el corazón roto pero decidida a salir adelante, se entrega a la música y comienza a trabajar como pianista en eventos y bodas, mientras cría a sus dos hijos gemelos.
Años después, recibe la oferta de tocar en una lujosa boda de alto perfil, con estrictas cláusulas de confidencialidad. Nada la prepara para lo que está a punto de vivir: el novio es Nicolás, vivo… pero sin el más mínimo recuerdo de ella.
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Capítulo 3 – Ecos en Blanco
La noche del accidente era un rompecabezas sin piezas. Nicolás despertó en un hospital rural, con el cuerpo hecho trizas y la mente vacía. No recordaba su nombre, ni su rostro, ni por qué estaba allí. Solo sabía que algo faltaba. Algo —o alguien— que no podía nombrar.
Pasaron semanas antes de que alguien lo reclamara. Una mujer elegante, de rostro cansado pero impecable, irrumpió en la habitación con lágrimas contenidas. Era su madre. Detrás de ella, su padre, un hombre de voz firme y mirada calculadora, lo observaba como si evaluara una inversión que había estado a punto de perderse.
—Eres Nicolás Herrera, hijo único de la familia Herrera-Mendoza —le dijo su madre, acariciándole el rostro—. Estás a salvo ahora.
Le mostraron fotos, le contaron anécdotas, le enseñaron a ser “él” otra vez. Pero algo no encajaba. Había huecos en la historia. Fragmentos que no aparecían en los álbumes familiares ni en las palabras de sus padres. Cuando preguntó si había alguien más en su vida antes del accidente, su madre desvió la mirada.
—No, hijo. Estabas solo. Siempre lo has estado.
Pero no lo sentía así. En lo más profundo, había una ausencia que dolía. A veces soñaba con una melodía suave, con una risa, con una voz que lo llamaba por su nombre. Al despertar, todo se desvanecía, pero el vacío persistía.
Con el tiempo, su familia lo rodeó de comodidades. Lo alejaron de la ciudad, lo mantuvieron ocupado con terapias, compromisos sociales, y una agenda cuidadosamente diseñada. Fue entonces cuando apareció Camila: hija de un magnate empresarial, hermosa, educada, y, sobre todo, conveniente.
—Es una oportunidad para consolidar alianzas —le dijo su padre una noche, mientras compartían una copa de vino—. La familia de Camila puede abrirnos puertas que necesitamos. Y tú necesitas estabilidad.
Nicolás no estaba enamorado. Pero tampoco tenía razones para negarse. Su vida era un borrador, y todos parecían tener claro cómo debía escribirse. Camila era amable, paciente, y nunca le exigía recuerdos. Solo le ofrecía un presente sin preguntas.
La presión fue sutil, pero constante. Su madre hablaba de la boda como si ya estuviera decidida. Su padre organizaba reuniones con empresarios que lo felicitaban por su “sabia elección”. Nicolás, aún con la mente fragmentada, aceptó. Tal vez, pensó, el amor vendría después. Tal vez esa sensación de vacío desaparecería con el tiempo.
Lo que nunca supo fue que, antes del accidente, había amado con una intensidad que sus padres jamás aprobaron. Isabella no era parte del mundo Herrera-Mendoza. Era una pianista de origen humilde, sin apellidos ilustres ni fortuna. Cuando Nicolás desapareció, sus padres vieron una oportunidad. Silenciaron su existencia. No la buscaron. No la nombraron. Para ellos, ella era un error que el destino había corregido.
El día de la boda, Nicolás caminó hacia el altar con una calma ensayada. Pero entonces, la escuchó. Una melodía. Un piano. Una canción que no conocía… y sin embargo, lo estremeció.
Y allí estaba ella.
Una mujer de negro. Dos niños a su lado. Y unos ojos que lo miraban como si lo hubieran amado toda la vida.
El pasado, cuidadosamente enterrado, acababa de resucitar.
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UN AMOR DEL PASADO QUE AL PARECER YA NO ES TAN DEL PASADO.
POR AMBICIOSOS Y MALDITOS