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El Mafioso Se Robó A La Novia

El Mafioso Se Robó A La Novia

Status: En proceso
Genre:Mafia / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Síndrome de Estocolmo / Poder equitativo / Amor-odio
Popularitas:29k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

⚠️ Precaución Está novela tiene contenido sensible y mala palabras precaucion al leer ⚠️


ella fue secuestrada el día de su boda, el día más importante de su vida

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capítulo 3

El amanecer encontró a Mireya en el mismo lugar donde la noche la había dejado: sentada frente a la ventana de su habitación, una silueta inmóvil recortada contra el fulgor pálido del cielo que comenzaba a teñirse de naranja y azul. La noche había sido larga, una vigilia impuesta por una tormenta interna que no cedía. No había dormido, no había comido, y en sus ojos, secos y fijos en el horizonte, se libraba una batalla silenciosa entre el agotamiento y una resistencia feroz.

Caesar observó la escena desde la puerta, el corazón oprimido por una mezcla de preocupación y una culpa antigua, familiar y corrosiva. En sus manos, una bandeja de desayuno —tostadas doradas, una taza de café humeante, un pequeño ramillete de flores silvestres— parecía de repente un objeto ridículo, un frágil baluarte contra el muro de frialdad que Mireya había erigido a su alrededor. Respiró hondo, cargando con el peso de la atmósfera enrarecida, y avanzó.

—Deberías descansar —dijo, y su voz, aunque suave, resonó como un trueno en el silencio habitación.

Ella no se inmutó. No hubo un parpadeo, un giro de cabeza, un suspiro que delatara que lo había escuchado. Caesar dejó la bandea con cuidado en la mesita de noche, el suave tintineo de la porcelana siendo el único sonido. Se quedó allí, observándola. A la luz creciente del día, podía ver con cruel claridad los estragos de la noche. Las sombras violáceas bajo sus ojos, la palidez cetrina de su piel, los mechones de cabello rebeldes que escapaban de su moño deshecho. Se veía consumida, no solo por el cansancio, sino por algo más profundo: una melancolía densa, un desencanto que parecía haber arraigado en lo más hondo de su ser.

Cada segundo de su silencio era un reproche mudo, más elocuente que cualquier grito. Caesar sintió que el nudo en su garganta se apretaba. Sabía que las palabras serían insuficientes, armas romas contra una herida que él mismo había infligido años atrás, pero la necesidad de hablar, de romper ese hielo, era más fuerte.

—Espero que entiendas que todo lo hago por tu bien —insistió, la frase sonando hueca y repetitiva incluso para sus propios oídos. Era el mantra de su justificación, el escudo tras el que se refugiaba.

Pero en la mente de Mireya, esas palabras se estrellaban contra el muro de la memoria. ¿Cómo podía confiar en la palabra de alguien que ya le había fallado en el pasado? La imagen de otra promesa rota, de otra despedida dolorosa, se interpuso entre ellos como un fantasma. Él hablaba de su bien, pero su historia conjunta era un testimonio de lo contrario. Cada "por tu bien" del pasado había significado, en la práctica, una renuncia, una pérdida para ella.

Finalmente, Mireya rompió su estatuesco silencio. No giró la cabeza, sino que habló hacia el cristal de la ventana, como si le estuviera hablando a su propio reflejo o al mundo exterior que anhelaba.

—Sabes que no te creo, ¿verdad? —Su voz era un soplo gélido, carente de toda inflexión, de todo calor. Era la voz de quien ha agotado sus reservas emocionales.

Caesar bajó la mirada, como si el filo de sus palabras le hubiera golpeado físicamente. Asintió, un gesto lento y cargado de derrota.

—Lo sé. Sé que no. Sé que te hice mucho daño en el pasado —sus palabras brotaron apresuradas, impregnadas de una urgencia desesperada—. Pero te lo pido por favor, que me entiendas. Te amo más que a nada en este mundo, Mireya.

El amor. Esa palabra, tan grande, tan manoseada. Para Mireya, en ese contexto, sonaba a blasfemia. Se volvió entonces, por primera vez, y sus ojos, inyectados en sangre y brillantes con una lucidez febril, se clavaron en los de él. La frialdad de su voz se transformó en un fuego lento y controlado.

—No se arroja al olvido lo que se ama, Caesar. Todo lo contrario, se atesora. Se cuida. Se protege —cada palabra era un latigazo preciso—. Tú arrojaste mi corazón lejos, como si fuera algo sin valor, algo desechable. Lo pateaste a la acera y te fuiste sin mirar atrás. Así que no me pidas ahora que simplemente te perdone, que borre con un suspiro años de ausencia y de dolor. El amor no es un interruptor que se enciende y se apaga a tu conveniencia.

Caesar intentó sostener su mirada, pero fue inútil. La verdad que destilaban sus palabras era como el sol de mediodía, imposible de contemplar directamente sin cegarse. Agachó la cabeza, nervioso, jugueteando con el borde de la bandea. La frustración comenzaba a hervir en su interior, no contra ella, sino contra sí mismo, contra la trampa del tiempo que no podía revertir.

—No te culpo por estar enojada —murmuró, la voz ronca—. Yo también lo estaría en tu lugar. Solo te pido… que me comprendas un poco.

—¿Comprender qué, Caesar? —la interrupción de Mireya fue cortante—. ¿Comprender por qué apareciste justo ahora, cuando menos te quería a mi lado? ¿Cuándo finalmente estaba aprendiendo a respirar sin el veneno de tu recuerdo? —Se levantó de la silla, su figura delgada temblaba levemente, pero su postura era de un desafío absoluto—. Eso no es amor, es egoísmo. Puro y simple egoísmo. Debiste dejarme ir. Debiste permitirme vivir, o sobrevivir, con el recuerdo de lo que alguna vez fuimos, que al menos era mío, era un tesoro amargo pero íntimo. En cambio, volviste para irrumpir, para reclamar, para exigir una segunda oportunidad que no te has ganado. Eres el intruso en mi paz recién encontrada.

Cada una de sus palabras calaba hondo en Caesar, confirmando su peor temor. Para Mireya, en ese momento crucial de su vida, él no era el salvador, ni el amante arrepentido. Era el antagonista. El villano de su historia. El hombre que había llegado, espada en mano, a segar los frágiles brotes de felicidad que ella había logrado cultivar en el árido terreno que él había dejado atrás. Ante sus ojos, él era la fuerza del caos, el egoísta que, vestido con la armadura del amor, pretendía arrasarlo todo a su paso, creyendo que su sola presencia y sus disculpas eran suficientes para reescribir su historia compartida.

La habitación se llenó de un silencio pesado, cargado de todo lo que había quedado dicho y de todo lo que era imposible de articular. El café en la bandea dejó de humear. La luz del amanecer se volvió más brillante, iluminando sin piedad el abismo que se abría entre los dos.

Caesar alzó la mirada y vio, realmente vio, a la mujer frente a él. No a la chica que había amado, sino a esta mujer fuerte, herida, irreconocible en su fortaleza y en su dolor. Comprendió, con una claridad dolorosa, que sus palabras de amor, por ciertas que fueran, sonaban vacías. Que su "por tu bien" era, desde su perspectiva, una mentira conveniente. Él era el problema, la fuente de su tormento actual, no la solución.

—No voy a insistir más —dijo al fin, su voz era apenas un susurro—. No hoy.

Mireya no respondió. Simplemente volvió a girar hacia la ventana, reconquistando su puesto de vigilancia. El mundo exterior, con sus coches que empezaban a circular y sus pájaros que saludaban al nuevo día, parecía existir en una dimensión paralela, ajena al drama congelado en esa habitación.

Caesar dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un clic suave que sonó como el portazo más estruendoso del mundo. Se quedó un momento al otro lado, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta, vencido. La batalla no se había librado con gritos ni reproches físicos, sino con la verdad cruda y el peso insoportable del pasado. Y él había perdido. Había perdido el derecho a su confianza, a su fe, y quizás, a su amor.

Dentro de la habitación, Mireya siguió mirando por la ventana. Las lágrimas, que se había negado a derramar en su presencia, finalmente rodaron por sus mejillas, silenciosas y calientes. No eran lágrimas de debilidad, sino de duelo. El duelo por la última y tenue esperanza que, contra toda lógica, había albergado en un rincón de su corazón, y que las palabras intercambiadas acababan de extinguir para siempre. El desayuno se enfriaba en la mesilla, un símbolo mudo de un cuidado que había llegado demasiado tarde y que ya no podía nutrir nada, excepto el silencio y la distancia.

1
Rosa Martinez
excelente 🙏
Daria Moreno
hay pobre criatura que malo es Lucas 😭
Maya
Esta feo mejor esta el novio
Maria Guadalupe Osio Guarneros
😒
Eneida Atencio
excelente novela autora mis felicitaciones
Elinor Aro
que vas a pasar ahora con Mireya
Elinor Aro
podrá rescatar a Mireya de Lucas /Sob//Sob//Sob/
Elinor Aro
esperando que todo salga bien con el rescate de Mireya
Elinor Aro
pobre de Mireya que le pasará ahora que está otra vez con el despiadado de Lucas /Cry//Cry/
Maria Esther Perez Hernandez
Excelente
Maria M. Rosario
no entiendo pq siempre deja a uno a la expectativas.
Yolandadanicie Peralta Erazo
porq no hay más cap son muchas novelas buenas q quedan inconclusas
Aniram Malitzin Priego
Excelente
Anabella González
Gracias por este capítulo pero en verdad ella necesita mucha ayuda, para confiar en sí misma, como en Ceaser.....El tiempo lo cura, pero no hay mucho, el loco de Lucas asechara de nuevo
ERLITA ROXANA FLORES MELENDRES
Excelente
Anabella González
Es que en realidad el Lucas es un maestro controlador, egoísta, pata. y por e cima de todo un obsesivo
Yulizza Lopez Ruiz
💖
Anabella González
y Ahora vamos a la guerra, espero y Lucas no consiga lo que desea
Anabella González
Me traes con el corazón en la boca,, espero y logren toso salir ilesos de esto
Nancy Parraga
Desquiciado es ese lucas ojalá y Caesar lo torture lento le arranque cd uña le corté los dedos de a poquito para que se largue al infierno igual que a la esposa esa idiota
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