Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Capítulo 5
Gael volvió a levantar la cabeza con cautela.
—No volverá a pasar.
Adrián asintió.
—Ve a cenar.
Salió y cerró la puerta. Gael permaneció unos segundos en su sitio, arrepentido. No debió dejarse caer en la cama sin siquiera limpiarse.
El celular sonó de pronto. Hasta entonces recordó que no revisaba sus mensajes desde la noche anterior. Se inclinó para tomarlo, pero el movimiento le tiró de los músculos de la cintura.
El dolor le nubló la vista. Se enderezó, apretó los labios y esperó a que pasara.
Solo quedaba dos por ciento de batería. Conectó el cargador y se sentó en la cama. La notificación era de Bruno.
Gael tardó en abrirla. Su expresión mezclaba cansancio y rechazo.
Al final devolvió la llamada. Bruno contestó enseguida; incluso a través del viejo teléfono sonaba como un joven rico acostumbrado a salirse con la suya.
—Gael, ¿ya le preguntaste a Adrián por el proyecto que mencionó mamá?
—No va a aceptar.
—¿Cómo que no? Solo tienes que preguntarle. Ni siquiera puedes hacer algo tan sencillo. Mamá tiene razón: no sirves para nada y nunca luchas por lo que quieres.
Si Gael no tuviera orgullo, no habría conseguido entrar a la UNAM antes de abandonar la carrera. Tampoco trabajaría a escondidas después de casarse para satisfacer las exigencias interminables de Bruno.
—Mamá no me quiere porque soy beta —dijo en voz baja—. Tú eres omega. Por eso te quiere a ti.
Ya podía aceptar ese hecho sin alterarse. Clara era una omega clase B. Se había casado con Octavio Luján porque entonces parecía un alfa con futuro.
Solo después descubrió que la fortuna de los Luján apenas existía. Los negocios de Octavio empezaron a fracasar poco después de la boda. Clara quiso divorciarse, pero ya estaba embarazada.
El nacimiento de Gael terminó de destruir sus aspiraciones. Una pareja alfa-omega tenía cerca de ochenta por ciento de probabilidades de concebir un hijo alfa u omega; Gael había nacido beta.
Clara convirtió aquel sexo secundario en la explicación de todos sus fracasos y culpó a su hijo por la vida que no había conseguido.
Bruno respondió con orgullo:
—Por suerte mamá me tiene a mí. Este fin de semana llevarás a Adrián a cenar. El proyecto es muy importante para papá. El negocio familiar depende de eso. ¿Me escuchaste?
Gael lo había escuchado. Lo que no sabía era cómo responder. Desde que tenía memoria, Octavio no había logrado sacar adelante un solo negocio.
—Los proyectos del Grupo Ferrer no están abiertos a cualquiera. Si algo sale mal, Adrián también asume la responsabilidad. Además…
La vergüenza le cerró la garganta, pero continuó:
—El contrato matrimonial fue muy claro. Adrián ya les dio una casa y una tarjeta.
Odiaba hablar de aquello. Cada palabra dejaba al descubierto que su matrimonio no era más que una transacción.
El tono de Bruno cambió de inmediato.
—¿Qué quieres decir? ¿Que papá no es capaz de manejarlo? Adrián tiene rechazo feromonal. Si pudiera estar con un omega, jamás te habría elegido.
En eso tenía razón. De poder recibir el consuelo de un omega, Adrián no habría escogido a Gael. Tampoco a Bruno.
—Sí, no le gusto —respondió Gael, conteniendo la rabia—. Entonces, ¿cómo esperas que alguien como yo lo convenza?
Clara había enseñado a Bruno a tratar a su hermano con desprecio.
—La familia los espera este fin de semana. Tú verás cómo lo consigues.
Gael sonrió sin humor. Bruno hablaba de Adrián como si fueran cercanos, pero Adrián no quería tener ningún vínculo con los Luján.
Salió de la conversación. Había muy pocos mensajes en el teléfono; su vida social era casi inexistente.
Tomás le había preguntado si se sentía mejor. También contó que Mariano estaba furioso por su ausencia y que había arruinado dos pedidos. A fin de mes dejaría la pastelería. Su familia seguía en contra, pero él pensaba abrir la cafetería de todos modos.
Los mensajes eran desordenados y cotidianos. A Gael le dieron un poco de calor.
Respondió uno por uno, guardó el celular y salió del cuarto.
Todavía tenía frío. Se puso un abrigo grueso y bajó con las piernas débiles. La cocina estaba en el primer sótano; Gael comía allí con más frecuencia que en el comedor principal.
Esperaba encontrar las sobras que el personal le guardaba o prepararse algo sencillo. Sin embargo, el mayordomo lo esperaba a la entrada.
Gael se detuvo, incómodo.
—¿Vino por algo?
—No. Lo esperaba a usted. Le prepararon arroz caldoso con pollo y jengibre. También hay algo para acompañar.
Gael lo siguió, todavía aturdido. La comida era más abundante de lo que había imaginado. El arroz humeaba, espeso, con un huevo encima. Había empanaditas de carne y verduras frescas.
El aroma le despertó el estómago. El gruñido fue audible, pero aun así preguntó:
—¿Es lo que sobró de la cena o…?
El mayordomo sonrió con cortesía.
—Lo prepararon para usted. Coma primero. El señor Ferrer lo espera arriba.
Gael se sentó. Al notar su incomodidad, el mayordomo se alejó para darle espacio.
La comida caliente le devolvió algo de color. Las porciones eran pequeñas y se las terminó todas.
Cuando acabó, levantó la bandeja. El mayordomo se acercó.
—¿Quedó satisfecho, señor Luján?
—Sí, gracias.
—Seré breve. Sé que sigue trabajando en la pastelería. El señor Ferrer también lo sabe. No pretendo regañarlo.
Gael todavía se veía frágil. El mayordomo observó sus labios sin color y las heridas del cuello antes de suspirar.
—Sé que le da dinero a su hermano. Cuando se casó, el señor Ferrer entregó una compensación generosa a los Luján. No me corresponde opinar, y preocuparse por la familia es algo bueno. Pero ahora el señor Ferrer también es su familia. Es su esposo.
Gael no entendía adónde quería llegar.
—Estos días le quité tiempo. Fue culpa mía.
—No me refería a eso. —El mayordomo suavizó la voz—. He cuidado al señor Ferrer desde que era niño. Con usted hace cosas que normalmente consideraría innecesarias. Tal vez podría dedicarle un poco más de tiempo.
La actitud de Adrián también estaba influida por los problemas de los Luján. Pasaba la mayor parte del día entre trabajo y compromisos; volvía a casa para dormir. Gael trabajaba largas jornadas y todavía debía atender las exigencias de su familia. Después de observarlos durante un año, el mayordomo ya no había podido guardar silencio.
Gael no le creyó. Adrián detestaba que se acercara. La intimidad durante el rut era una necesidad, no una muestra de afecto.
Pero discutir no serviría de nada.
—Entiendo. Gracias.
El mayordomo notó que sus palabras no habían llegado a ninguna parte y suspiró.
—Suba. Lo está esperando.
—Sí.
Gael se marchó aliviado. No dio más importancia a la conversación, aunque agradecía los cuidados recibidos. A esa hora la cocina ya no preparaba comida; el mayordomo debía de haber pedido el plato especialmente para él.
Pensó en hacerle un postre al día siguiente, si averiguaba qué sabores le gustaban.
Llegó a la puerta del dormitorio de Adrián y tocó. Dos segundos después, la puerta se abrió.
Adrián estudió su rostro. Parecía mejor. Luego reparó en su ropa y arqueó una ceja.
—¿Tienes que vestirte siempre con esos harapos? —preguntó, sinceramente desconcertado—. ¿No te alcanza ni para comer? Te dejé una pijama mía.
Así que Adrián lo había cambiado.
Gael no tuvo tiempo de avergonzarse.
—Tenía frío, por eso me puse el abrigo. Me lo quitaré.
Debajo llevaba la pijama grande. Adrián se hizo a un lado.
—Ve a la cama.
Gael obedeció y se sentó del lado interior. Bajó la cabeza para desabrocharse el cuello, pero Adrián le sujetó la muñeca desde atrás.
La postura hacía parecer que Gael estaba refugiado entre sus brazos. Se puso rojo y quedó inmóvil.
—Mañana vendrá un sastre a tomarte medidas.
La mano de Adrián se deslizó bajo la tela. Gael fijó la vista en las cortinas, sin saber dónde más mirar.
—Mi esposo legal no debería vestirse como si no pudiera pagar una camisa.