**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 17
Adrián estaba revisando unos documentos cuando su hombre de confianza entró en el despacho.
—Señor, tenemos un problema.
—Si no es un ataque, una traición o un cadáver que alguien dejó en mi propiedad, puedes resolverlo sin interrumpirme.
El hombre guardó silencio un instante.
—Es la hermana de la señora Zhener.
Adrián levantó la mirada.
—Ahora tienes mi atención.
—Está pagando a varias personas para que sigan los movimientos de la señora. También tenemos motivos para creer que una de nuestras empleadas le está proporcionando información desde el interior de la mansión.
Adrián cerró la carpeta.
No parecía furioso. De hecho, su expresión era tan tranquila que su subordinado habría preferido verlo romper una mesa.
—¿Desde cuándo?
—Todavía estamos comprobándolo.
—Entonces compruébalo antes de volver a hablarme.
—Sí, señor.
—Y quiero saber exactamente qué información ha recibido. No quiero que nadie toque a esa mujer hasta que sepamos cuánto ha descubierto.
El subordinado asintió.
—¿Desea que la interroguemos?
—No. Primero quiero saber quién la contrató y quién más está involucrado.
Adrián volvió a abrir la carpeta, dando por terminada la conversación.
Sin embargo, cuando su hombre llegó a la puerta, añadió:
—Y una cosa más.
El subordinado se giró.
—Si esa mujer intenta acercarse a Zhener, me lo comunicarás inmediatamente.
—Por supuesto.
—No. No has entendido. Inmediatamente.
—Sí, señor.
El hombre salió del despacho con la certeza de que aquella investigación iba a convertirse en una pesadilla.
Al otro lado de la ciudad, la hermana de Zhener estaba sentada frente a su tocador, esperando noticias de su espía.
Tenía una bolsa de hielo apoyada contra la mandíbula y una expresión que habría hecho retroceder a cualquiera con un mínimo de sentido común.
Su teléfono vibró.
—Habla.
—Señora, el señor Adrián ha regresado a la mansión.
—¿Y Zhener?
—Sigue de vacaciones.
Ella sonrió.
—Perfecto. Quiero que averigües si él la llama, si le envía mensajes y si ha organizado algo para cuando regrese.
—Haré lo posible.
—No hagas lo posible. Hazlo.
Colgó.
Su primera intención había sido conquistar a Adrián, pero ahora comenzaba a comprender que seducir a un hombre así no sería tan sencillo como quitarle el prometido a su hermana.
Aquel hombre no parecía interesado en ninguna otra mujer.
Eso la irritaba todavía más.
—¿Qué demonios tienes, Zhener? —murmuró.
Su teléfono volvió a sonar.
Esta vez era uno de los hombres que vigilaban a su hermana desde fuera de la ciudad.
—La señora Zhener parece estar disfrutando de sus vacaciones. No hemos observado ningún problema.
Ella apretó los dientes.
—Deja de decirme que está disfrutando. ¡Quiero información útil!
—Hay algo que quizá le interese. El señor Adrián ha llamado a uno de sus hombres para preguntar si todo está preparado para el regreso de la señora.
La mujer dejó de moverse.
—¿Ha organizado algo para ella?
—No lo sabemos.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
Quizá allí había una oportunidad.
Si lograba descubrir qué planeaba Adrián, podría adelantarse. Tal vez pudiera presentarse en el lugar adecuado, ganarse su confianza y demostrarle que ella también podía ser una mujer interesante.
No tenía intención de rendirse.
—Continúa vigilándolos —ordenó antes de colgar.
Todavía no sabía que acababa de cometer el error de llamar la atención del hombre equivocado.
En la mansión, Adrián recibió un mensaje de su equipo de seguridad.
La investigación había confirmado que alguien dentro de la propiedad estaba filtrando información.
El jefe mafioso leyó el informe sin cambiar de expresión.
—Tráiganla.
Veinte minutos después, una empleada entró acompañada por dos guardias. Era una mujer de mediana edad que llevaba años trabajando en la mansión y que ahora no podía dejar de retorcerse las manos.
Adrián señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate.
Ella obedeció.
—¿Sabe por qué está aquí? —preguntó él.
—No, señor.
—Qué curioso. Porque yo sí sé por qué estás aquí.
La mujer palideció.
Adrián deslizó una fotografía sobre el escritorio. En ella aparecía la empleada reuniéndose con un hombre en un estacionamiento.
—¿Quieres explicarme esto?
—Señor, yo…
—Te recomiendo que pienses bien tu respuesta.
La empleada comenzó a llorar.
—No quería causar problemas. Solo me pagaban por informar sobre las visitas y los horarios de la casa. No sabía que aquello fuera tan grave.
Adrián apoyó los antebrazos sobre el escritorio.
—¿Quién te pagaba?
Ella pronunció el nombre de la hermana de Zhener.
Durante varios segundos, el despacho quedó en silencio.
Después, Adrián soltó una risa sin humor.
—Así que quiere jugar.
—Señor, por favor. Necesito este trabajo.
—Lo habrías pensado antes de traicionar mi confianza.
Adrián hizo una seña a los guardias.
—Llévenla con el encargado de seguridad. Recuperen la información que entregó y asegúrense de que no vuelva a tener acceso a esta propiedad. Después, que responda por sus actos ante las autoridades correspondientes.
La mujer se levantó llorando y fue conducida hacia la puerta.
Cuando se quedaron solos, el hombre de confianza de Adrián habló con cautela.
—¿Qué haremos con la hermana de la señora Zhener?
Adrián miró el teléfono que descansaba junto a los documentos.
—Por ahora, nada.
—¿Nada, señor?
—No voy a montar un escándalo que termine preocupando a mi mujer durante sus vacaciones.
Su subordinado tuvo la prudencia de no sonreír.
Adrián tomó el teléfono y abrió la conversación con Zhener. Había recibido una fotografía suya disfrutando de una bebida junto a una piscina.
Debajo, ella había escrito: Cariño, creo que podría acostumbrarme a esta vida. ¿Cuánto tiempo más puedo quedarme?
Por primera vez en toda la tarde, la expresión de Adrián se suavizó.
Escribió una respuesta.
Quédate cuanto quieras, preciosa. Yo me encargo de todo.
La contestación llegó casi inmediatamente.
¿Incluso de pagar?
Adrián soltó una carcajada breve.
Especialmente de pagar.
Su subordinado bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
El mismo hombre que acababa de ordenar una investigación por una filtración de información estaba sonriendo ante una pregunta sobre dinero.
—Señor —dijo con cuidado—, ¿deberíamos informarle a la señora de lo que está ocurriendo?
—No.
—¿Está seguro?
Adrián levantó los ojos.
—¿Quieres que Zhener interrumpa sus vacaciones para preocuparse por una mujer que no sabe cuándo dejar de meterse en asuntos ajenos?
—No, señor.
—Entonces deja que disfrute.
Adrián volvió a mirar la fotografía.
Su mujer estaba lejos, feliz y sin preocupaciones.
Así debía permanecer.
En cuanto a su cuñada, él tenía paciencia suficiente para esperar a que cometiera otro error.
Y, por lo que había averiguado aquella tarde, no tendría que esperar demasiado.
Porque algunas personas confundían la protección de Adrián con una debilidad.
Y él estaba a punto de enseñarles que podían equivocarse una sola vez.
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Lo malo que está en emoción